“Debemos enseñar a cuidar a los enfermos y a los ancianos”
Día de los Cuidados Paliativos. Ayer se conmemoró esta jornada que recuerda el trabajo de quienes acompañan a las personas que están en situación terminal.
“Todavía no puedo permanecer mucho tiempo frente a la muerte, es algo que me afecta”, le dije en 1995 a Xavier Gómez Batiste, quien era jefe del servicio de Cuidados Paliativos del Instituto Catalán de Oncología en Barcelona. Casi 20 años después, recuerdo esta frase y pienso: “Sigo trabajando en esta área, donde la cercanía con la muerte es una realidad cotidiana”.
Cuando regresé a Argentina trabajé entre 1997 y este año en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital Tránsito Cáceres de Allende. En esta tarea, tomé contacto con muchos pacientes que padecían enfermedades respiratorias, como cáncer de pulmón, y me ocupé de los derechos del enfermo terminal. En esa época, y desde la Pastoral de la Salud, nos dimos cuenta de que acompañarlos no alcanzaba, que era necesario formarse para ayudar a aliviar el dolor. Así que me especialicé en Geriatría y, con un grupo de profesionales, creamos una unidad específica.
Los cuidados paliativos contemplan el abordaje integral de pacientes adultos, niños y sus familias frente a enfermedades que amenazan la vida. En este enfoque se tratan no solo los problemas físicos, sino psicológicos, espirituales, sociales y económicos de las personas enfermas. No sólo nos ocupamos de paliar el dolor físico, sino también el dolor del alma. Porque no sólo duele el cuerpo, también está el dolor moral.
La Casa de la Bondad de Manos Abiertas recibe pacientes con mal pronóstico de vida en su etapa final. Tratamos de mejorar la calidad de vida de personas indigentes a través de un equipo interdisciplinario integrado por médicos, psicólogos, psicoterapeutas, trabajadores sociales y enfermeros que están las 24 horas. El acompañamiento es permanente, tanto para el paciente como para su familia. Y el apoyo espiritual de laicos y religiosos es fundamental para contenerlos.
En mi especialidad, he visto mucho dolor y abandono en adultos mayores. Hay personas solas –porque se puede tener mucho dinero, pero estar solo– y otras, en estado de indigencia que no tienen donde estar.
La persona que está por morir tiene muchos miedos. A veces nos confiesan que no le tienen miedo a la muerte en sí, sino al dolor de morir solos. Como decía María Teresa de Calcuta: “Morir con dignidad es morir con los síntomas aliviados, morir acompañado, estar en un lugar, contenido”. Ella fue la madre de los cuidados paliativos, rescataba a personas en situación de calle y los acompañaba hasta el final.
A la Casa de la Bondad llegan personas con problemas producidos por la propia enfermedad, y que tratamos de aliviar, y otros pacientes con graves problemas vinculares. Algunos de ellos pudieron sanar vínculos con familiares que no veían hace 40 años. Y gracias a la gestión de las trabajadoras sociales, y a la predisposición de ellos, logramos reunirlos de nuevo. Todos tenemos una historia, el tema es qué hacemos con ella.
Tenemos una paciente que padece una enfermedad terminal y, gracias a la labor de las asistentes sociales, logramos que se reencontrara con sus hijos, con los cuales tenía un quiebre vincular desde hacía muchos años. Es una maravilla la posibilidad de sanar vínculos. Otra paciente que tiene una patología crónica se fue adaptando a la casa de a poco; con acompañamiento y mucha contención afectiva, le fuimos bajando la dosis de opioides porque sentía menos dolor. Y esto es producto del amor, de la contención, porque no todo pasa por la medicación o el aumento de las dosis de opioides.
El servicio que brinda la Casa es para personas que quisieran morir en su casa, pero o no tienen o quisieran estar acompañados con sus familias, pero están solos. Las personas tiene derecho a elegir dónde morir y, frente a una situación de enfermedad irreversible, a decidir no permanecer en una Unidad de Terapia Intensiva y estar en su casa, rodeado de su familia. Tienen derecho a no ser invadidos. Hay que evitar toda forma de encarnizamiento terapéutico con pacientes terminales.
En este trabajo vemos que hay mucho miedo de los familiares por no saber si están atendiendo bien a sus seres queridos. A algunos les cuesta mucho dejarlos acá y otros claudican, porque no tienen tiempo de hacerlo, se la pasan trabajando o no quieren cuidarlos. Hay quienes quieren, pero no pueden y hay otros que pueden pero no quieren. La voluntad hay que educarla, debemos educar a los jóvenes, a los niños y a los adultos en esto de querer a los ancianos, respetar a los enfermos y enseñar a cuidarlos. Con esta filosofía de vida, podemos construir una sociedad más solidaria y más atenta a lo que le pasa al otro. Aprendemos que la muerte es parte de vida.
Perfil
Ana Silvestre es especialista y tiene una maestría en Geriatría. Desde 1997, y hasta marzo, trabajó en el Servicio de Cuidados Paliativos del Hospital Tránsito Cáceres de Allende. Jubilada, sigue trabajando como directora médica de la Casa de la Bondad de la ONG Manos Abiertas.
Educción periodística Rosana Guerra

