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“Médicas del espacio”: 20 años sin salir

Sigue la búsqueda, pero no aparecen pistas firmes sobre el paradero de las hermanas Azategui. Testimonios suman datos sobre la actividad que desarrollaban en su campo cercano a Embalse. No hay indicios de si desaparecieron por su voluntad o por la fuerza.

27 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Mariela Martínez y Carina Mongi
“Médicas del espacio”: 20 años sin salir
Sin rastros. La casa rural, en el paraje El Quebracho, en un campo dominado por montes y cerros (La Voz).

Embalse. El misterio no se aclara: se acentúa con el paso de los días. El enigma que sembró la desaparición, hace 14 días, de las hermanas Ada (68) y Ana (65) Azategui, envuelve al mismo tiempo el estigma que las abraza por su tarea como "médicas del espacio", tal como se autodenominaban.

Numerosos testimonios recogidos por este diario son coincidentes: ellas decían “estar cautivas”, supuestamente por órdenes de extraterrestres, por lo que no salían de su campo desde hacía unas dos décadas.

En ese campo serrano de 300 hectáreas, dominado por el monte, en el paraje El Quebracho –entre Embalse y Almafuerte– sigue concentrado el rastrillaje de policías, bomberos y lugareños. Allí nacieron y vivieron las hermanas Azategui toda su vida.

La Justicia lleva dos semanas buscando por tierra y aire, sin resultados. La última pista que se sigue, pero entre otras, es una heladera a gas que les pertenecía, hallada no muy lejos de la casa, con un aparente uso reciente.

No hay ninguna certeza de si Ana y Ada se fueron por decisión propia o de terceros. La modesta casa rural que habitaban estaba en orden y abierta.

En el valle de Calamuchita el sello de la leyenda está instalado hace tiempo. Vecinos y conocidos creen “imposible” que se hayan ido por sus propios medios por “el miedo” que manifestaban, cuando contaban “estar presas, por órdenes superiores”. Es parte del misterio, como esa certeza de que creían ser intermediarias para supuestas sanaciones.

“Algo les pasó”

Con la tranquera del campo sin candado, ya sin cerco perimetral, este diario visitó la casa de la intriga. El silencio era sepulcral. El camino serpentea el monte de espinillos. En el patio de la casa, junto a un viejo molino, cuatro policías aguardaban la llegada del almuerzo.

Al rato, dos amigos de la familia también entraron. Hugo y Elsa Aguirre, de Villa Rumipal, están convencidos de que las mujeres “no se fueron por sus propios medios”. Ambos reconocían que les generaba “un poco de miedo” la desaparición, a la que no le encontraron explicación. “Ellas tenían un poder”, apuntó Elsa. Hugo arrimó, con algo de pudor: “Nosotros decíamos que eran los marcianos, los que no se veían, los que se comunicaban con ellas”.

En un campo vecino, Ángela Azategui –prima de las desa­parecidas– aseguró que “algo les pasó, o les hicieron algo”. Ratificó que “nunca salían” y que sólo supo alguna vez, hace años ya, encontrarlas votando en alguna elección. Aparentemente, era la única salida que Ada y Ana tenían.

Nahuel, peón de un campo cercano, deslizó que miles de personas han visitado a las Azategui para buscar una cura o alivio a enfermedades. “Unas 40 mil habrán sido”, arriesgó, con un número que parece sobredimensionado, como el misterio. Lo cierto es que a diario se veía gente llegar a la casa de “las médicas del espacio”.

Nahuel contó que Paulino, el hermano de Ada y Ana que falleció hace tres semanas por una enfermedad, “salía muy de vez en cuando a comprar carne y otras provisiones”.

En la casa se encontraron 15 kilos de azúcar, coincidente con el dato –confirmado por todos–de que las mujeres no cobraban por sus servicios y recibían retribuciones en alimentos.

Testigos de fe

También este diario indagó entre personas que acudieron a la consulta de las “médicas del espacio”. Casi todos pidieron mantener su anonimato.

Angélica (50), de Río Tercero, fue siete veces a ese campo. Dijo que los tres hermanos hablaban “de una guardia militar, de jerarquías que debían respetar,

si no eran castigados y que esos superiores decidían si alguien entraba o no”. Entre los consultados, nunca nadie vio allí a otras personas más que a Ana, Ada y Paulino.

En los alrededores, la his­toria que se teje en torno a los hermanos Azategui despierta tanta intriga como temor y respeto, en dosis parecidas. Tanto como su hasta ahora inexplicada desaparición.

Ada, Ana y Paulino

Ada y Ana ­Azategui eran solteras, sin hijos. Vivian solas desde que el 30 de septiembre pasado murió su hermano mayor, Paulino. No cobraban por su servicio de “mediadoras” para curaciones: sólo ­recibían alimentos a cambio.