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Verle la cara al fondo

En la noche del martes, disparos de armas de fuego parecían sonar en todas las direcciones del horizonte oscuro. Era la Córdoba estallada.

05 de diciembre de 2013 a las 12:55 p. m.
Redacción La Voz
Verle la cara al fondo

¿Qué fragmento / porción /parte / sector / ¿acaso clase? / de la sociedad integrábamos cada uno de nosotros el martes a la noche? ¿Saqueábamos o destruíamos; defendíamos a los comerciantes que estaban armados o devastados o desesperados; tirábamos tiros al aire; mirábamos la TV o navegábamos en Internet con un ruido en las tripas hasta bien entrada la madrugada; pusimos doble llave y nos fuimos a dormir; salimos a acompañar con gestos resueltos a los vecinos en riesgo; nos perdimos en la ciudad sin colectivos ni taxis y caminamos sin saber si íbamos a ser asaltados o castigados por sospechosos; amanecimos con una pistola en la cintura o con un pañuelo tapando la boca? Hay tantas maneras de estar vivo y pertenecer a la sociedad. Pero desde la tarde del martes hasta el mediodía de ayer, lo que cada uno de los cordobeses vivió y lo que vivimos todos no se parece a ninguna experiencia de las que hemos registrado entre tantos barquinazos de nuestra historia y de nuestro devenir en el destino de habitar esta tierra y, sobre todo, esta ciudad.Para hacer la pintura o mejor dicho intentar un retrato de lo que nos pasó a los cordobeses durante la huelga policial, caben todos los fragmentos, todas las maneras y las condiciones de ser y estar en esta ciudad, en este tiempo y en este momento de la historia. Acaso a lo que se parezca lo que vivimos los cordobeses en general fue a una ciudad en condiciones casi extremas de negación de la convivencia y hasta casi de la sobrevivencia.En lo que va de la democracia, aun en los momentos más difíciles, no hemos vivido situaciones como esta. Aquellos aciagos días de diciembre de 2001 tenían que ver con una profunda crisis política y económica que llegó al fondo de su desbarranco. Pero lo que ahora pasó no puso en juego las mismas cosas –es decir, el arrebato de la necesidad– sino más bien hubo intenciones de robo aprovechando la ciudad desnuda, incluso matizado con sentimientos antipoliciales y obvios rasgos de sociedad fracturada, con una intensidad de la que quizá no habíamos tenido muestras tan elocuentes. El acuartelamiento deparó la abolición de las reglas de convivencia social en Córdoba, y entre los saqueos y las barricadas con fuego que armaban algunos vecinos, Córdoba vivió una de las noches más encendidas por la lumbre de la desventura social. Y más allá, por ejemplo, en Nueva Córdoba, pasaban algunas motos con jóvenes celebrando la ciudad liberada de policías, mientras algunos del mismo barrio se atrevían a intentar hacer justicia con puño propio contra algunos de las motos.En la noche del martes, disparos de armas de fuego parecían sonar en todas las direcciones del horizonte oscuro, de una urbanidad disimulada detrás de balcones a oscuras. Era la Córdoba estallada. En alguno de esos fragmentos en los que estalló Córdoba estábamos cada uno de nosotros. "¡Qué sociedad de mierda que tenemos!", nos sugirió alguien al pasar. Tenemos esta sociedad, y todos somos parte. Sus contradicciones se parecen a las del país y algunas son nuestras, bien cordobesas, y tienen que ver con lo que vivimos en los últimos años. Acaso podamos ser mejores, pero, por ahora, le vimos la cara al fondo.