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Una despedida que escribió Rafecas

Mientras la Presidenta seguía hablando, llegó la respuesta del mismo periodista, Joseph Cotterill: los bonos suben porque Cristina se va.

02 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Una despedida que escribió Rafecas

Era su último discurso sobre el estado de la Nación y parecía haber elegido un mensaje extenso, acaso desordenado, donde el eje argumental fuese la despedida de su gestión con cifras que validen un legado histórico.

Citó de arranque a un periodista del diario Financial Times que había anunciado en Twitter un dato relevante: por primera vez desde 2003, hay bonos de deuda argentinos que cotizan por encima de su valor nominal. Cristina entendió que esta afirmación la habilitaba para decirle al Congreso y a su sucesor después del 10 de diciembre que el país está definitivamente desendeudado.Minutos después, mientras la Presidenta seguía hablando, llegó la respuesta del mismo periodista, Joseph Cotterill: los bonos suben porque Cristina se va.Fue piadoso. Si alguna herencia ominosa deja hasta el momento el actual Gobierno es la del sector externo en default y una deuda interna en niveles inéditos, en especial por fondos detraídos del sistema previsional.Ese tropiezo inicial es indicativo de una certeza: un mensaje para la buena ponderación social de la gestión, basado en la evidencia de los números, no es precisamente el mejor registro discursivo para Cristina.No porque algunos de los logros que mencione sean inexistentes. Sino porque al detonar hace años el sistema de estadísticas, el Gobierno le transmitió a la sociedad argentina una convicción: toda cifra enunciada por voces oficiales nace con la presunción de falsedad. Con el índice de inflación a la cabeza.Bastó que la Presidenta entreviera en las bancas opositoras un par de carteles que le reclamaban por la causa Amia para que estallara con un tono iracundo.Recordó primero sus antecedentes parlamentarios en relación con el esclarecimiento del caso y recurrió a los papeles que tenía preparados para defenderse ante la sombra presente del fallecido fiscal Alberto Nisman.En ese punto, su discurso y el fallo del juez Daniel ­Rafecas –quien desestimó la denuncia del procurador muerto que luego hizo suya Gerardo Pollicita– pasaron a ser una sola y la misma cosa. Con sarcasmo, un observador inavisado se habría preguntado en ese momento: ¿Tan pronto, a una semana de conformado, el Partido ­Judicial ya adhirió al oficialismo?Porque la tesis de Rafecas sobre las contradicciones de Nisman pasaba de pronto a ser el motor argumental del discurso presidencial.Pero el fastidio regio no reparó en esas identidades comprobables y escaló hasta denunciar que uno de los poderes de la república, el integrado por los jueces, se ha autonomizado de las leyes y la Constitución.Una denuncia gravísima, si la Presidenta no hubiese dejado, minutos antes, argumentos para fundamentar lo contrario. Y, en conse­cuencia, para dudar de su ­seriedad.En realidad, Cristina le hizo un favor flaco al juez que descartó su imputación. La larga exposición presi­dencial sobre sus creencias, pero sobre todo sobre su actuación en la causa Amia, abona más la necesidad de una investigación como plantearon Nisman y Pollicita que la desestimación que decidió Rafecas.En el medio, la Presidenta se envolvió en llamas, acusó a Israel y a la gran conspiración internacional que la desaira, se imaginó como la jefa de una oposición futura haciéndole un país más que incómodo a su sucesor. Y salió, sin abrir las sesiones, hacia una muchedumbre organizada.Entró como una estadista, se despidió de una facción.