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Un tiro de gracia para la causa Amia

La causa por el atentado de 1994 ha sido denigrada por todas las estructuras del Estado.

25 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
Un tiro de gracia para la causa Amia
18 de julio de 1994. Explota la mutual judía en Buenos Aires (AP/Archivo)

A Alberto Nisman lo mataron su mano y su culpa, un agente de inteligencia, Irán, Estados Unidos, Israel, Occidente y el capitalismo internacional. Juguemos a ver quién mató al fiscal; total, las adivinanzas son gratis. Estamos tan acostumbrados a que un presidente dicte su veredicto antes que la Justicia, que ya no nos sorprende nada.Tenemos tan internalizada la relación de los agentes de inteligencia con la política, que no produce ni cosquillas.Es tal la falta de respeto a las víctimas y familiares del atentado contra la Amia, que una muerte más ni despeina a quienes podrían sentir –al menos– algo de vergüenza por esa situación.La causa por el atentado de 1994 ha sido tan denigrada por todas las estructuras del Estado, que ya no hay forma de pisar terreno firme.Lo que queda después de 21 años de investigación es un futuro juicio por encubrimiento –con Carlos Menem como principal acusado, junto a Hugo Anzorregui, Rubén Beraja y el exjuez Juan José Galeano, entre otros–; un futuro juicio a Carlos Telleldín –el mecánico que entregó el coche bomba–; sospechosos iraníes a los que no se podrá interrogar; nuevos sospechosos de encubrimiento –Cristina Fernández y compañía–; 21 absueltos y ningún condenado como responsable de aquel hecho.Lo más revelador es comparar ambos países –aquel de 1994, cuando se inició la causa judicial, y este– en sus niveles de institucionalidad, para descubrir que asistimos a una tragedia y a una comedia. Y que no sabemos cuál es cuál.En 2005, el entonces presidente Néstor Kirchner prometió una reforma a la Ley de Inteligencia. El Congreso se está tomando su tiempo. La resolución del crimen de Nisman podrá tener giros copernicanos o seguir en cámara lenta, pero hay algo que no cambia, que está ahí, que es explícito: el contexto en el que murió el fiscal. O sea, el de los ataques a su persona y a su trabajo, la denigración de la que fue objeto por parte de los soldados más obedientes, la ofensiva contra la Justicia que osa investigar al poder, la oscura Secretaría de Inteligencia, de cuyas carpetas todos han hecho uso y abuso. Ningún monigote Las escuchas que muestran la relación entre el dirigente kirchnerista Luis D'Elía y el dirigente –¿comunitario?, ¿iraní?– Jorge "Yussuf" Khalil no serían reveladoras en otro contexto. No es infrecuente que dos países mantengan una diplomacia paralela antes de oficializar negociaciones para un acuerdo importante, en especial cuando se trata de dos partes en pugna por algún motivo. Lo significativo en este caso es que esas conversaciones encajen tan bien con las denuncias y con la realidad.Ni el canciller Héctor Timerman pudo explicar nunca con coherencia las razones que llevaron a firmar el pacto con Irán, aun con la oposición que surgió en el país, y en vista de los costos políticos que tuvo que pagar el Gobierno. ¿Por qué persistir en una actitud que sonaba tan inconducente?Esa incógnita adquirió una respuesta tentativa con la denuncia de Alberto Nisman, que sostenía que se trató de un acuerdo de impunidad a cambio de una contrapartida comercial entre ambos países. Es una teoría verosímil, en especial ante la ausencia de otras y ante el hermetismo oficial.Si sus argumentaciones eran o no válidas, debía demostrarse en la Justicia.Pero las reacciones ante todo lo sucedido llaman la atención.Todos –desde el dirigente más encumbrado y poderoso, hasta el militante que cree que lo hace por amor– se transformaron desde hace una semana en títeres tan grotescos para bailar al ritmo que les imponía su titiritero, como incapaces de mover un hilo por sí mismos. En yunta Lejos de colocar el valor de la independencia, la Justicia y la institucionalidad a la altura de un estadista, los representantes del Gobierno atacaron y escracharon sin piedad a un hombre que vivía amenazado desde hacía al menos dos años, con muchas de esas denuncias en la Justicia. Antes del domingo, la diputada oficialista Diana Conti le advirtió a la hija del fiscal, con cinismo obsceno, que se quedara tranquila porque "no iban a maltratar" a su padre en la presentación ante el Congreso. Ese séquito parece desesperado por encontrar alguna falta de Nisman que lo hubiera conducido a la muerte –como su estrecho contacto con Estados Unidos–, como si alguna falta lo ameritara y como si no hubiera otra solución para despegarse del caso.Las consecuencias de esta muerte difícilmente cambiarán, aunque algo se dilucide. La cuestión de fondo es otra, como acierta el pensador Héctor "Toto" Schmucler cuando insta a preguntarse si "tenemos o no tenemos interés social de vivir en democracia".El interrogante suele pasar de largo al creerlo sobreentendido. Pero parece no estarlo. Nos interpela, como ciudadanos de a pie o funcionarios, a responder esa pregunta con sinceridad. Y a tratar de ser más coherentes con la respuesta.