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Política

Datos. ¿Por qué el super-Rigi no alcanza para resolver el problema de la inversión en Argentina?

El Gobierno quiere ampliar los beneficios para grandes inversiones, pero el desafío de fondo sigue siendo más grande: Argentina no logra transformar el ahorro en inversión productiva. ¿Sirve crear más regímenes especiales para algunos sectores?

14 de mayo de 2026, 10:05
¿Por qué el super-Rigi no alcanza para resolver el problema de la inversión en Argentina?
Caputo. Ministro de Economía del gobierno de Javier Milei.

Durante una década, Argentina invirtió en promedio el 15,8% de su PIB. Es un número bajo para una economía que necesita ampliar capacidad productiva, incorporar tecnología y generar empleo de calidad. Y es, en parte, la explicación de por qué el potencial de crecimiento se fue achicando año tras año.

En 2025, primer año de vigencia del Rigi, la inversión llegó al 16% del PIB. La diferencia con el promedio de la década anterior es de dos décimas. Casi nada.

El Rigi fue diseñado para atraer grandes proyectos –superiores a los U$S 200 millones– mediante beneficios impositivos, aduaneros y cambiarios. Hasta ahora, la mayoría de los proyectos adheridos se concentra en energía y en minería: sectores con lógica exportadora propia, no necesariamente representativos del tejido productivo general.

Ante eso, el Gobierno anunció un "super-Rigi" orientado a inversiones industriales en actividades que hoy no se desarrollan en el país. La iniciativa busca extender los incentivos. Pero abre una pregunta que el régimen original nunca terminó de responder: ¿el problema de la inversión en Argentina se resuelve sumando excepciones o hace falta cambiar las reglas para todos?

Dólares bajo el colchón que la economía no puede usar

La compra de dólares para ahorro alcanzó en 2025 el equivalente al 4,7% del PIB, mientras la inversión se mantiene en niveles reducidos. El contraste no se explica por falta de ahorro: los recursos existen, pero no encuentran condiciones para volcarse hacia proyectos productivos dentro de la economía formal.

Cuando el ahorro se refugia en divisas en lugar de financiar empresas, ampliar capacidad o incorporar tecnología, el costo no es solo financiero: es producción y empleo que no ocurren. El problema de fondo es que las reglas actuales no ofrecen incentivos suficientes para que ese ahorro se transforme en inversión.

Dos factores explican en gran medida esta parálisis. El cepo cambiario erosiona la previsibilidad de cualquier proyecto que dependa de importar insumos, repagar deuda externa o girar las divisas que genera. Y la superposición de tributos nacionales, provinciales y municipales eleva los costos, complica la planificación y achica la competitividad.

El Rigi reconoce implícitamente estos obstáculos: sus principales beneficios son, precisamente, mayor acceso a divisas y un esquema tributario más estable. Pero eso lo convierte en una excepción, no en una solución. Puede mejorar las condiciones para ciertos proyectos de gran escala, pero deja intactos los factores que desalientan la inversión en el resto de la economía.

Argentina no necesita un super-Rigi. Necesita un super-IVA

La alternativa más sólida es recuperar la idea original del Rigi: un mecanismo transitorio, una isla de normalidad mientras las condiciones no pudieran extenderse al resto de la economía. El problema es que esa lógica se invirtió. Cada nuevo problema convocó un nuevo régimen especial, y el resultado es una acumulación de parches sobre causas que nadie resuelve.

El Rimi llegó para dar beneficios más modestos a empresas medianas. Ahora se propone un "super-Rigi" para grandes proyectos industriales. El camino tiene atractivo político en el corto plazo: permite anunciar inversiones y mostrar sectores favorecidos. Pero también multiplica la burocracia, abre espacios de discrecionalidad y profundiza la brecha entre quienes acceden a beneficios y quienes quedan afuera.

Por eso, más que un "super-Rigi", Argentina necesita un "super-IVA": una reforma tributaria integral que unifique el impuesto a las ventas y absorba Ingresos Brutos y las tasas municipales que, en los hechos, ya operan como un Ingresos Brutos local. Un esquema así reduciría acumulaciones, simplificaría el cumplimiento y aliviaría costos para todos los sectores por igual.

A eso debe sumarse la eliminación del cepo cambiario. Sin acceso normal a divisas y sin reglas tributarias simples, invertir seguirá siendo una decisión de excepción. Un régimen especial puede atraer algunos proyectos. Un entorno institucional ordenado puede transformar toda la economía. La diferencia no es de escala: es de naturaleza.