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Señal del país que viene

Cientos de miles de argentinos a los que el poder sólo les admitió el derecho de expresarse callándose hicieron ayer de ese módico despojo el instrumento más poderoso y elocuente de contestación al poder.

19 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Señal del país que viene

Cientos de miles de argentinos a los que el poder sólo les admitió el derecho de expresarse callándose hicieron ayer de ese módico despojo el instrumento más poderoso y elocuente de contestación al poder.

Nunca desde la restauración democrática una manifestación ciudadana fue tan atacada por tantas voces oficiales y con descalificaciones tan agraviantes. Desde que la Presidenta trazó un tajo para establecer la frontera entre el Gobierno y el llano, entre el canto y el silencio, el oficialismo cerró filas alrededor del propósito de restar adhesión a la marcha que ayer desbordó las calles del país. En un último intento, la jefa del Estado levantó la voz ayer al inaugurar otra vez la Central Atucha II: "Puedo ir a cualquier país del mundo, pararme y decir que en Ar­gentina impera la ley", dijo.Pocas horas después, esa advertencia era imposible de ser cumplida en las calles de su propio país.A un mes de la muerte del fiscal Alberto Nisman, la Presidenta demostró que sigue sin capacidad de elaborar una respuesta política adecuada a la conmoción social que provocó ese hecho. Tanto más levanta la voz, tanto más exhibe su desconcierto.Cristina eludió quedarse en la sede de Gobierno o en la residencia de Olivos durante la marcha del silencio, y partió hacia Chapadmalal. Como en una ficción reconocida, cerró la puerta y tiró la llave. A temprana hora y con la plaza tomada.Pero el análisis de sus gestos ya es insuficiente para entrever el país futuro. Es necesario descifrar a la Argentina que viene en el rescoldo caliente que deja la que se va.Hay una Argentina que no se resigna a vivir sin democracia, sin poderes limitados, sin jueces independientes y fiscales que cumplan su tarea sin resultar por eso condenados a muerte. Hay otra, cada vez más pequeña e indolente, que se resiste a admitir que cuando los ciudadanos actúan de manera concertada, su libertad es poder.