Se aceleran los tiempos de la política cordobesa
El 14 de noviembre los cordobeses irán a expedirse sobre la gestión nacional, como en las Paso. La dirigencia cordobesa ya está jugando otro partido. Y se nota.
La política de Córdoba se adentra en una disputa de titanes y supuestamente es por una banca. A la luz de los resultados de las Paso, y salvo que ocurran eventos excepcionales, Juntos por el Cambio –que ya tendría garantizados cinco de los nueve escaños en juego en Diputados y dos senadores– buscará en las generales los votos necesarios para hacerse de una sexta banca en la Cámara Baja. El peronismo de Juan Schiaretti procura esos mismos votos para garantizarse la tercera banca a la que apunta en Diputados, y ya descuenta que Alejandra Vigo será senadora.
Todo indica que si Hacemos por Córdoba logra obtener ese tercer escaño, será porque Juntos por el Cambio no llegó al sexto. El kirchnerismo tuvo un resultado exiguo en las Paso, pero debería sufrir un derrumbe mayor para no llegar a asegurarse la renovación de la única banca que pone en juego en Diputados el 14 de noviembre. ¿Es esa disputa por una banca la que tiene a la dirigencia cordobesa en el estado de ebullición en que se encuentra? Por supuesto que no.
Los tiempos de la política mediterránea se aceleraron el 12 de septiembre pasado y hoy todos están peleando por algo muy diferente a lo que los cordobeses van a votar en seis semanas. El electorado cordobés dio en las Paso un mensaje nacional contundente y volverá a aplicar esa lógica en las generales: será contra el Gobierno central. Pero la dirigencia política cordobesa está jugando otro partido y se nota: los tiempos se aceleraron, los discursos cambian y los protagonistas ya son otros.
Un tablero nuevo
El detonante del proceso vertiginoso en el que entró la dirigencia cordobesa fue el triunfo holgado de la fórmula que casi por descarte terminaron conformando Luis Juez y Rodrigo de Loredo. Ese resultado pateó el tablero opositor, sacó momentáneamente de juego a la dirigencia histórica del radicalismo, minimizó al PRO y posicionó en un lugar relevante a los triunfadores de las Paso. La flamante sociedad Juez-De Loredo hoy conduce de hecho la oposición cordobesa, se autoproclama representante del futuro y piensa sólo en un paso fugaz por el Congreso, porque apuesta todo a 2023.
¿Está concluido ese proceso de recambio en la oposición? Más bien está comenzando, aunque lo hace envalentonado por un triunfo contundente, y ante la confortable seguridad de otro éxito electoral a la brevedad. La gran incógnita de la política de Córdoba desde ahora y por dos años más es si de este proceso saldrá una construcción que ponga en riesgo el largo dominio del peronismo cordobés. Esa es la pregunta que se hace toda la dirigencia política, comenzando por la de Hacemos por Córdoba.
No es la primera vez que la oposición llega a una elección nacional de medio término con la sensación de haber dado vuelta de antemano el partido provincial que se juega dos años después. Pero este partido tampoco es uno más: la escena nacional es un tembladeral y el peronismo cordobés enfrenta el delicado momento del primer recambio generacional en dos décadas largas.
Así y todo, lo más relevante sigue siendo qué hará la oposición. En primer lugar, qué harán Juez y De Loredo desde la noche misma del 14 de noviembre. ¿Habrá un candidato a gobernador esa noche o habrá dos lanzados en el mismo festejo?
La prédica antikirchnerista hoy iguala a todos en Juntos por el Cambio, pero no hay mucho más en común entre la praxis política de Juez y el discurso planificador y productivista de De Loredo. Y todavía faltará constatar cómo asumen esos liderazgos el amplio universo del radicalismo y el pequeño satélite del PRO. Lo concreto es que en ese espacio la política cordobesa puede producir sus mayores novedades en los dos años intensos que vienen.
Trasvasamiento en ciernes
El peronismo cordobés acusó recibo. El tenor de los dos actos que encabezó el gobernador Juan Schiaretti entre la tarde del jueves y el mediodía del viernes –uno de recreación mística hacia la militancia; el otro, de tono imperativo hacia los 225 intendentes propios– no deja lugar a dudas sobre la relevancia de la elección: lo que está en juego es mucho más que una banca, y también en el PJ se aceleran los tiempos. La gestión municipal de Martín Llaryora en la ciudad de Córdoba ya está en el centro de la escena. Y lo estará cada vez más.
Al fin y al cabo, es más que probable que en dos años la discusión provincial consista en una encarnizada comparación de gestiones municipales: lo que hizo el juecismo a su paso por el Palacio 6 de Julio, los ocho años del radicalismo en la Capital y lo que pueda concretar el peronismo con Llaryora. Los niveles de aprobación de la gestión provincial son un activo que el peronismo confía en capitalizar una vez más.
El schiarettismo es fanático de la previsibilidad. Schiaretti apostó a la Capital y proyectó en Llaryora la figura de un gestor para la sucesión. El rol cada vez más destacado de Natalia de la Sota en la campaña, la relevancia que le adjudican las encuestas y el aporte de cercanía que ella representa para un peronismo desafiado, la colocan también en el primer plano. El peronismo no habla de 2023, pero nadie piensa en otra cosa.

