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Qué ocurrente, doctor

La oposición, entretanto, no debería entusiasmarse en demasía con los barquinazos del proceso electoral. A fuerza de trampa y maña, el oficialismo viene ganando las elecciones.

31 de agosto de 2015 a las 12:01 a. m.
Qué ocurrente, doctor

Puesto en el compromiso de actuar como movilero en la Casa Rosada, la frase del título hubiese sido acaso la reacción del humorista Daniel Rabinovich cuando el jefe de Gabinete de la Nación explicó que dormía el sueño de los justos mientras en Tucumán la policía montada apaleaba ciudadanos y una nube de gases lacrimógenos respondía al reclamo popular de elecciones limpias.

Aunque grosera, la respuesta de Fernández superó en sofisticación a las alusiones que la presidenta de la Nación hizo sobre las elecciones tucumanas y sus resonancias en la oposición.

Cristina Fernández reclamó a sus adversarios aceptar la derrota. Luego, los acusó de poner en duda el sistema democrático.

Es lógico que los opositores aguarden para convalidar, por previsible que fuese, el resultado de la elección en Tucumán: el escrutinio definitivo todavía no existe. La oposición provincial ha pedido la nulidad de los comicios.

Y son las innegables irregularidades en la votación –que no cesan de aflorar en ese recuento– las que condujeron a los opositores a cuestionar los procedimientos electorales.

Sólo a un nostálgico de la década infame se le ocurriría asimilar esa crítica con una impugnación a la democracia en su compleja totalidad.

Por eso, el desparpajo de Aníbal resulta una respuesta de mejor factura que la reflexión de la jefa del Estado.

Lecciones caníbales

El jefe de los ministros es de una sinceridad feroz.

Al Gobierno no le importa dar palos en una manifestación popular y masiva si con eso justifica sus fines. Duerme tranquilo con esas vicisitudes. Aunque se parezcan al último delarruismo o a los excesos dictatoriales, no le quitan el sueño.

Pero las declaraciones de Aníbal Fernández tienen otra veta aleccionadora, que excede la justificación de los nuevos desequilibrios oficiales entre coerción y consenso.

Está demostrando el estilo que tendrá el kirchnerismo en la etapa que viene.

Fernández estuvo con Daniel Scioli en la Tucumán de Alperovich y Manzur (y el vecino fantasma de Robustiano Patrón Costas), la noche de los comicios.

Scioli quedó pagando al día siguiente. Explicando cuántas urnas quemadas conformarían la presunción de fraude. Aníbal se fue a dormir.

Patios camporistas

Un anticipo ineludible de estas descortesías ya había sido colgado en los balcones de la Casa Rosada, donde no crece unhelecho sin instrucción de la Presidenta.

En su patio, hizo desplegar un cartel enorme con la inscripción “Zannini, para la victoria”.

Curiosamente, quien ejecuta ahora las operaciones de desprecio al sucesor indeseado –para seguir convirtiéndolo en pura irrelevancia frente al liderazgo de Cristina– es la agrupación cuyo nombre reivindica al presidente peronista más ninguneado de la historia: Héctor Cámpora.

Scioli, si es elegido presidente, estará rodeado por Carlos Zannini en la vicepresidencia y el control del Senado, Eduardo “Wado” de Pedro en Diputados y Axel Kicillof en la comisión que le destripará los presupuestos.

Máximo Kirchner será el espía de Cristina en el bloque oficialista.

Con mayoría en la Cámara Alta, el cristinismo podrá también designar al reemplazante de Raúl Zaffaroni en la Corte Suprema de Justicia.

Si el juez Carlos Fayt se retira, al concluir el mandato de Cristina, el kirchnerismo también dispondrá de una segunda vacante que lo acercará a la mayoría en el máximo tribunal del país.

La administración será un campo minado con miles de militantes rentados y las empresas públicas tendrán una cláusula cerrojo por inminente ley del Congreso.

Las similitudes con el desafío que tuvo Cámpora deberían incorporar también el complejo escenario económico que heredará el próximo presidente, con una inflación galopante, el dólar planchado a fuerza de endeudamiento y venta de reservas, las tarifas de los servicios públicos subvaluadas y altos niveles de desocupación, sólo maquillados con la explosión del empleo estatal.

Si además hereda una elección cuestionada por sus métodos decimonónicos, el poder–aunque sea por nostalgia– seguirá residiendo en El Calafate.

El nombre de Cámpora 

debería ser cada vez menos para Scioli el de la troika con la que intenta congraciarse y cada vez más el precedente histórico del que debería cuidarse.

El más genuino de los camporistas, el exministro del Interior Héctor “Bebe” Righi, puede atestiguar sobre ese riesgo. Cuarenta años después, siendo ya procurador General de la Nación, la Presidenta canjeó su nombre por el de un juglar de los médanos, el vicepresidente Amado Boudou.

Oposición distraída 

La oposición, entretanto, no debería entusiasmarse en demasía con los barquinazos del proceso electoral. A fuerza de trampa y maña, el oficialismo viene ganando las elecciones, y los gestos de unidad de sus adversarios suenan siempre lógicos pero tardíos.

Habrán de recordar ahora algunos de los que se sentaron en la mesa común de la oposición, la generosidad cándida con la cual le aprobaron al kirchnerismo las iniciativas vinculadas a la reforma política: las primarias obligatorias y anticoalicionales, la ley de control de medios y la doctrina de la emergencia que convirtió al Estado –sin auditoría ni control– en el financista por excelencia de las campañas políticas.

Ni aún ahora despunta un acuerdo eficiente de los opositores en torno de un único proyecto reformador, para frenar a un oficialismo que (como decía Julio A. Roca, para atribuir a los demás un defecto propio) parece guardar los votos en las cartucheras de la policía. El Gobierno, que bien duerme con la represión, caminará hacia los comicios con el antiguo y mañoso sistema electoral vigente.