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Política

Los postigos de la cuarentena

01 de abril de 2020, 00:01
Los postigos de la cuarentena
Alberto Fernández.

Un barco hospital entra como una ballena de Melville en la bahía de Nueva York. Le entrega la novedad de su silueta blanca y doméstica al horizonte de rascacielos. La prensa dice que tiene 1.500 camas y 12 quirófanos.

El Papa sale a la plaza de San Pedro para dar su bendición. No hay nadie. Un ujier a sus espaldas; una luz mortecina que parece porteña y un enorme vacío de adoquines que padece la garúa. A los feligreses recluidos, la imagen los consuela un poco. El resto del mundo mira en silencio. Como si Dios también hubiese cerrado los postigos de la cuarentena.

Las imágenes de la pandemia tienen algo en común. Desolación, solidaridad, desconcierto.

En Argentina, el Presidente confirmó lo que se suponía: la espera inmóvil se extenderá. La sociedad lo asumió con resignación, aunque todavía quedan preguntas sin respuesta.

Una es de política sanitaria: después de la cuarentena, ¿estaremos preparados para combatir con el General Invierno?

Otra, de política económica: ¿por qué el Gobierno continúa posponiendo el fin de su receta inicial, el ajuste sobre los hombros de quienes no lo votaron?

Aunque cuenta con una alta adhesión política para enfrentar la emergencia, Alberto Fernández sumó cuestionamientos al descalificar como “miserables” a los empresarios.

El único momento de la cuarentena donde irrumpe el rumor de lo colectivo –los aplausos en los postigos de las 9 de la noche– se transformó en incipiente cacerolazo. Techint no tiene tantos votantes. Algo en el discurso presidencial mordió la banquina del error.

No es difícil deducirlo: en medio del sufrimiento, la intolerancia es sal en la herida. Y el recurso más frecuente de la intolerancia suele ser la generalización.

Es comprensible la estrategia de comunicación del oficialismo. Aunque cometa errores, al Presidente nunca le conviene perder el centro de la enunciación. Tenderá a ocupar todos los espacios posibles para liderar el esfuerzo colectivo. Ha conseguido que en ese empeño por la enunciación positiva, lo elogie incluso Jaime Durán Barba. Pero no está para nada claro que ya estemos “dominando al virus”.

Se ha vuelto un lugar común decir que China lo hizo. Hay un escrito de Franz Kafka que acaso permitiría reflexionar sobre eso. Un texto que describe la construcción de la Gran Muralla china.

Refiere que el poder imperial había dispuesto que se construyeran tramos inconexos, para que el ánimo de los esclavos no decayese ante ese esfuerzo infinito, que les robaría la vida entera. Mientras, de un pueblo a otro, corría el rumor de que otro grupo vecino estaba avanzando más. Nadie vería el resultado final.

Esa es la China que dice haber edificado el muro profiláctico sobre Wuhan. Después de haber censurado a los médicos centinelas del virus, el régimen muestra los tramos construidos. ¿Omite los que no empezó?

Tampoco se le puede caer con todo a Fernández por derrapar así. En el mundo, nadie acertó. Con los filósofos del milenio, no se puede. Son celebridades urgentes. Escriben antes de pensar.

Desde el tedio de su silla en Berlín, el coreano Byung Chul Han pontificaba –antes del virus– que el neoliberalismo se había sofisticado tanto, que llegó a socavar, a fuerza de algoritmos, la esfera profunda de la psique. Hasta conseguir que su poder opresor se transforme en una seducción irresistible y los oprimidos se sometan, satisfechos consigo mismos.

Tras la sopa de murciélago, el pensador de esa libertad secuestrada por los taimados de siempre teclea ahora indignado que el autoritarismo chino superó a Europa... ¡por su condición de big brother para enfrentar la pandemia!

Antes de la crisis, su psicopolítica podría haberse resumido así: “El animal arranca la fusta de manos de su dueño y se castiga hasta convertirse en el dueño. No comprende que no es más que una ilusión producida por un nuevo nudo en la fusta”.

La cita no es de Han, sino de Kafka. Un desolado de verdad, tímido en exceso para una filosofía presumida. Sólo imaginaba ficciones atroces. Algunas sobre murallas e imperios infinitos.