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Paraguas a la intemperie

La multitud que a lo largo y ancho del país marchó en silencio el 18-F recibió como respuesta de la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, una breve referencia al horóscopo chino, primero. Y una larga diatriba, después.

23 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Paraguas a la intemperie

La multitud que a lo largo y ancho del país marchó en silencio el 18-F recibió como respuesta de la presidenta de la Nación, Cristina Fernández, una breve referencia al horóscopo chino, primero. Y una larga diatriba, después.

A propósito de su cumpleaños, Cristina Fernández escribió el prólogo de su reacción al 18-F con una anécdota de su última cena con Xi Jinping, presidente de la República Popular China. Recordó una serie de coincidencias astrales con los líderes orientales. Comentó con entusiasmo que ella es serpiente de agua en el calendario lunar cuyo Año Nuevo chino vino a suceder sorpresivamente el día de su cumpleaños. Del mismo signo ofídico ha resultado ser Jinping. Así como el extinto Mao Tsé Tung, con quien no desea que la comparen. No aclaró si por admiración o por vergüenza de quien fue el dictador más sangriento del siglo pasado.Mientras, la esposa de Jinping es tigre, como lo era Néstor Kirchner.Refiere la Jefa del Estado argentino que, para mayor alineamiento zodiacal, su hijo Máximo vino al mundo el mismo día que Argentina y China firmaron, hace décadas en Bucarest, Rumania, un comunicado conjunto de restablecimiento de relaciones diplomáticas.Luego de este prólogo, Cristina Fernández escribió una larga parrafada en la que sólo vio en las multitudes del 18-F la conformación de una suerte de partido político de jueces y fiscales. Como novedad, rebautizó como "Partido Judicial" a lo que durante años llamó Justicia ilegítima.Se trata de los jueces y fiscales que la investigan a ella por encubrimiento en la causa Amia. A su hijo, por las operaciones de su empresa hotelera con el empresario Lázaro Báez. Al mismo Báez, por lavado de dinero. Al vicepresidente Amado Boudou, por coimas, enriquecimiento ilícito y raterías con un auto usado. Al jefe del Ejército, por un crimen de lesa humanidad y enriquecimiento ilícito. Y a sus ministros y funcionarios por causas tan innúmeras que su detalle se extendería a lo largo del milenario calendario lunar.De reojo, también vio la Presidenta en la marcha del 18-F a dirigentes opositores y a manifestantes que por su presunta condición de clase, estilo de vestimenta y costumbres de lenguaje no alcanzó a identificar como ciudadanos de su país. A la familia del fiscal Alberto Nisman –acaso por las inclemencias del tiempo–, apenas llegó a divisarla.Tampoco alcanzó a ver que un reclamo social por valores anclados en el derecho a la vida es siempre, por esencia, cualitativo. Pedir justicia por un fiscal presuntamente asesinado no se mide según las planillas de la demanda agregada, como bien puede aprenderse en la historia de la lucha por los derechos civiles.Sin embargo, Cristina se internó en cálculos de demografía de los que sólo concluyó, para el próximo domingo, la convocatoria a una contramarcha del Estado. Una que la acompañará cuando inaugure las sesiones ordinarias del Congreso nacional.Sus visires le escriben que está en discusión el justo texto de la sangre derramada, que por primera vez parece ajena. Y le advierten que el Gobierno está en riesgo de perder el supuestamente beneficioso lugar de las víctimas. A ese nivel de alienación ha llegado el oficialismo, de cara a una sociedad que marcha en silencio justamente porque ya no quiere víctimas de ningún tipo. Nunca más. Esperanzas frustradas De modo que si los miles de ciudadanos que marcharon callados guardaban una esperanza de ser comprendidos por la máxima autoridad política de su Nación, deberán guardar esa democrática expectativa junto al paraguas que enarbolaron el 18-F. Han quedado tal como fueron ese día a las plazas y calles del país: a la intemperie. Sin embargo, sería impropio reclamarle sólo al oficialismo la comprensión y representación de esas esperanzas. Mientras la sociedad civil converge unida frente al Estado levantando un reclamo esencialmente democrático, las dirigencias opositoras caminan un paso atrás, sorprendidas y desbordadas en su propio calendario de acuerdos electorales y transas de canonjías.Atinaron a sintonizar con el reclamo popular de justicia porque la condición previa de la unidad en la marcha fue la renuncia a las consignas partidarias.Pero ese es el punto cero de la reconstrucción. Podrán exhibir algún avance cuando los consensos prácticos reflejen la unidad que la calle ya demostró. El resto es literatura.