No hay corrupción buena y corrupción mala
Argentina figura entre los países menos transparentes del mundo. Si el debate sigue siendo que las acciones de uno justifican las del otro, hay pocas chances de salir del pozo.
Si el debate de la corrupción y la ética pública se instaura como en la lógica de un juego de naipes, en el que una carta le gana a la otra, Argentina tiene casi asegurado que se consolidará como uno de los países menos transparentes del mundo, según coinciden diversos índices globales. Mientras la discusión política se instale en que los corruptos míos son entendibles porque forman parte de la causa y los otros execrables, el tema tendrá la misma profundidad que una partida de truco.Mauricio Macri ha recibido su primer sacudón en serio desde que asumió. Los intentos del Presidente y del Gobierno de generar la sensación de "acá no pasa nada" naufragan a la hora de mitigar el impacto político de la revelación de que el jefe del Estado integra o integró sociedades en paraísos fiscales. Macri y los suyos podrán acertar al argumentar que no se trata de una acción ilegal o cometida en el ejercicio de la función pública (a diferencia de otros casos mencionados en el Panamá Papers que involucran a integrantes del anterior gobierno), pero parecen no dimensionar el impacto en la faz ética del asunto. La creación de una sociedad offshore y la participación en su directorio no se trata en sí mismo de hechos fuera de la ley, pero lo que está en cuestión no es lo legal sino lo ético. Esas empresas tienen como finalidad ocultar el origen de fondos, escapar a controles y gambetear obligaciones impositivas. Por ende, así no haya tenido ningún tipo de movimiento de capital, es incompatible desde muchos puntos de vista ejercer el cargo de presidente y tener participación en una offshore .Eso es así independientemente de haber asumido después de un gobierno atravesado por la corrupción. El relativismo moral de justificar ciertas acciones porque otro cometió peores es inconducente y riesgoso. Como lo es desconocer lo actuado por uno mismo a la hora de evaluar a los otros.Por caso, el pronunciamiento del bloque de diputados del Frente para la Victoria tiene una riqueza republicana que sería plausible e irreprochable si no fuese por lo acontecido en los últimos 12 años en Argentina.Dijeron los legisladores kirchneristas ante el Panamá Papers: que el Congreso debe investigar las cuentas en paraísos fiscales; que Laura Alonso no puede encabezar la Oficina Anticorrupción por militancia abierta en el proyecto gobernante; y que el Presidente debe someterse a una conferencia de prensa con periodistas especializados. O sea, que Macri debe hacer lo que no hicieron Néstor y Cristina Kirchner, que bloquearon cualquier control parlamentario, desmantelaron organismos de control, pusieron a incondicionales en puestos clave de la Justicia y no aceptaron casi ningún intercambio con periodistas en 12 años.En la política argentina, el ejercicio de arrojar la primera piedra se ha tornado hace tiempo bastante complicado. Lo que no obsta que deben separarse caso por caso y que todo lo ocurrido en los años de desfalco kirchnerista avale al Presidente a participar de sociedades en paraísos fiscales. En ese sentido, si la detención de Ricardo Jaime fue una acción para contrarrestar los efectos de la difusión del informe mundial es más que irrelevante. El condenado corrupto cordobés acumuló sobrados méritos para estar tras las rejas. Su accionar no puede interpretarse como el del marginal que se excedió en algunas acciones sino como una pieza fundamental de la construcción política de Néstor Kirchner, que actuó –tal como el mismo Jaime dijo en la Justicia– por cuenta y orden de los jefes del proyecto.

