Megajuicio La Perla: una larga memoria del horror
Tras dos años y ocho meses de audiencias, el jueves terminó la etapa testimonial del proceso judicial. Ahora siguen los alegatos de las partes.
"Perdón por tantos años de silencio". Esas palabras que acababa de decir sentado frente a los jueces, Miguel Andrés Quiroga las repetía un puñado de segundos después, abrazado por la gratitud de Sara Waitman, que saltó de su asiento para interceptarlo mientras él subía los escalones para salir de la sala de audiencias. Ella, que también había sido testigo y que sufrió las garras de la represión, quería saludar su coraje. En ese mismo momento, y mientras aún sonaban aplausos, el presidente del Tribunal, Jaime Díaz Gavier, con la cuenta en la mano de que había pasado el testigo número 581, dejaba un párrafo para la conciencia del hito de la mañana del jueves 27 de agosto en la intensa rutina del gran juicio oral y público llamado megacausa La Perla: había concluido la etapa testimonial, después de más de dos años y ocho meses.Es decir, el inmenso horror que desplegó el terrorismo de Estado en Córdoba había sido contado una y otra vez, las puertas del espanto se abrieron cientos de veces en esa sala de luces tenues, mientras afuera estalla la vitalidad verde de la ciudad.Y acaso el último testimonio vino especialmente cargado de sentido. Miguel era un niño que vivía en el paraje La Ochoa, en medio de los campos militares cercanos a La Perla, y tenía 12 años la tarde en que fue a jugar con su hermano a los hornos que había en el lugar. Removiendo piedras, su hermano encontró algo y lo arrojó hacia donde estaba él: era una mano de hombre, todavía con algún giran de carne. El miedo y el olor fueron un estremecimiento que nunca lo abandonaría. El día en que se decidió hablar hacía más de un año que el gran juicio estaba en marcha. Fue el 24 de marzo de 2014, cuando visitó el Museo de la Memoria en el que fue convertido el campo de exterminio de camino a Carlos Paz. Su testimonio fue decisivo para renovar el impulso de las excavaciones que lleva adelante el Equipo Argentino de Antropología Forense, que en octubre pasado anunció el hallazgo de restos que fueron identificados como cuatro estudiantes asesinados en 1975. Sí, el testimonio final venía a decir de algún modo que esta historia todavía no ha terminado, que aún quedan por iluminar muchas de las sombras que dejó la tiniebla organizada. Después del silencio Además de jueces, acusados, fiscales, abogados querellantes, abogados defensores, otras personas han acompañado cotidianamente la marcha del juicio, entre militantes de organizaciones de derechos humanos y quienes abordan el tema desde distintas tareas. Ana Mariani, autora del libro La Perla. Historia y testimonios de un campo de concentración (junto a Alejo Gómez) lleva todos los días hasta allí su convicción de dejar su memoria de escritora."Hemos llorado un montón de veces, hasta varias en un mismo día. Yo creía haber escuchado mucho, pero siempre había un horror distinto, que no se había contado. Hubo veces que tuve que dejar de venir por un par de días porque no lo soportaba. Aquí se junta lo inhumano con lo humano. Nadie va a salir igual después de haber pasado por este juicio", decía en la sala de prensa, ubicada en el segundo piso del edificio de Tribunales Federales, junto al Parque Sarmiento."Aquí, a través del televisor, o en la sala de audiencias, hemos visto a los familiares cuando se tapan los oídos para no escuchar, los ojos para no llorar. Hemos visto a personas volver a pasar por el horror, y hacerlo con valentía, entereza. También hemos visto aquellos que dicen: 'Me morí en La Perla', que han seguido viviendo sin poder encontrar un sentido", apuntaba. "Entre las cosas espantosas que quedaron reveladas en el juicio, los delitos sexuales, por ejemplo, tenían una dimensión que ni se había imaginado", cuenta, y luego recurre a una frase de Gustave Flaubert que la sigue marcando: "Con mi mano quemada escribo acerca del fuego". Mechi Ferreyra tiene todas las mañanas un par de minutos para tomar fotos, sobre todo de los represores. Ellas es artista visual y militante de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, y sus fotos son publicadas en Será Justicia , el diario del juicio de esa organización.Más de una vez ha vuelto a sentir los gritos de desesperación de su padre cuando se llevaron a su hermano y a su compañera (Diego Ferreyra y Silvia Peralta); y poco antes de que sobreviniera el largo exilio familiar en México. "Mi obra como artista plástica estaba atravesada por ese dolor, que no había podido sacar de adentro, y en este tiempo del juicio, cuando entendí lo que estaba haciendo acá, pude empezar a separar las cosas". El disparador de su cámara es el instrumento al que se aferra para desactivar los fantasmas que arrojan las miradas de los represores. "La primera vez creí que había estado bien, y luego me dijeron que temblé todo el tiempo. No les gusta que le saquen fotos, y menos que sea una mujer, pero yo insisto. Alguna vez (Luciano) Menéndez me dijo que me iba a cobrar las fotos. También otros me dicen cosas y me hacen señas de todo tipo". A Mechi, que también dio testimonio, le queda claro cómo es el ánimo de los testigos una vez que aportan su verdad a toda la verdad. "Salen sonrientes, con la cara cambiada. Darle palabra a lo sucedido después de tantos años de silencio no puede ser sino algo reparador. Así, cada memoria pasa a ser parte de la memoria colectiva". Rodear a la abuela Susana Ammann, quien pasó más de dos años presa (nacida en Villa Dolores, fue detenida en Córdoba; pasó por La Perla, campo de La Ribera y fue liberada en Devoto, Buenos Aires), tenía algunas sensaciones ambivalentes. Declaró el martes 25, y fue uno de los últimos relatos. "Si hubo algo que me empujó decididamente a venir, fue escuchar en los medios a gente que habla de reconciliación en un sentido que parece elegir la impunidad. Sentí que era muy importante sostener estos juicios. De todos modos, yo había tratado de no escuchar otros testimonios. No quería venir a repetir cosas, sino apelar sólo a mis recuerdos", señalaba.El jueves de los últimos testimonios, mientras Miguel Quiroga contaba que ni su hermano sabía que había declarado, Sara Waitman, la que se levantó a abrazarlo, volvía a reconocerle la valentía por desafiar el mandato de callar.Sara, ha trabajado años en apuntalar la figura del preso político, y no pudo asistir al juicio sino hasta que brindó su propio testimonio de una tragedia que comenzó el 20 de noviembre de 1976, cuando la detuvieron junto a su novio Carlos "el Nona" D'Ambra, quien ya no volvería a aparecer. "Me vas a esperar", le preguntó él aquel día. "Claro que sí", le respondió ella, que hoy siempre lleva consigo la foto de él en su pecho."Todos los juicios son importantes, siempre aportan algo nuevo. Que cada testigo pueda contar lo que vivió es una manera de llegar a la Justicia que antes teníamos negada. No sólo es bueno para nosotros, sino para el pueblo. Se trata de terminar con la impunidad", decía.A la audiencia del jueves asistió un numeroso grupo de alumnos de la escuela secundaria Ricardo Rojas. "Es muy duro, pero fue bueno venir" decían Brenda, Eugenia, Karen y Aldana, con huellas del impacto en la cara. Yesica, incluso, decía haber confirmado su decisión de estudiar abogacía.Antes, en un rincón del hall que antecede a la sala, los alumnos habían rodeado a Sonia Torres, la abuela de Plaza de Mayo, emblema de lo inclaudicable de la lucha. Ella les hablaba de su búsqueda. Con una sonrisa y esa ternura inalterable, les decía que su nieto está entre nosotros, que un día de estos lo va a encontrar.A los 86 años, ya no reconoce otro modo de vivir que no sea el de estar de pie. "Uno aprende que debe vivir pensando en el otro, no tanto en sí mismo, y en guardar la paz para este país tan generoso".

