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Política

La trastienda. Llaryora va por la “peronización” de su gestión

Varios intendentes peronistas desembarcarán en la gestión provincial. El cambio más destacado es el del intendente de Alta Gracia, Marcos Torres, quien se hizo cargo del Ministerio de Desarrollo Social. Los demás irán a las segundas líneas de distintas carteras. El objetivo es electoral.

27 de febrero de 2026, 20:25
Llaryora va por la “peronización” de su gestión
Daniel Passerini, Miguel Siciliano y Martín Llaryora, durante una recorrida en una obra de desagüe. (Prensa Gobierno de Córdoba)

Martín Llaryora no modificará su discurso en público. Seguirá repitiendo que su gestión está abierta a otras opciones partidarias, que no hay exclusiones ni fronteras rígidas. Sin embargo, puertas adentro, las señales van en otra dirección: el gobernador busca “peronizar” su gobierno con el desembarco de intendentes del PJ del interior en puestos clave de la administración provincial.

Después de dos años de gestión y, sobre todo, tras la dura derrota en las elecciones legislativas del año pasado, Llaryora llegó a una conclusión, que muchos peronistas venían repitiendo como un mantra: el PJ es la columna vertebral del oficialismo que gobierna la provincia desde hace más de un cuarto de siglo. Por eso, el gobernador volvió su mirada hacia el espacio en el que militó toda su vida, en busca de volumen político y territorial.

Eso no implica una ruptura con Provincias Unidas, la coalición nacional que impulsó junto con Juan Schiaretti y el radical santafesino Maximiliano Pullaro. Llaryora no abandonará ese armado, pero sí dividirá con nitidez su estrategia electoral. En el plano local, el PJ volverá a ser prioridad. En el escenario nacional, en cambio, intentará evitar una confrontación directa con el presidente Javier Milei y se moverá en el Congreso con el ecléctico bloque “federalista” de Provincias Unidas, sosteniendo un equilibrio delicado.

Impacto Capital

Días atrás, el gobernador anunció un ambicioso plan de obra pública para la ciudad de Córdoba. La intención obvia es relanzar la gestión del intendente Daniel Passerini. También encumbró a varios dirigentes capitalinos, como Miguel Siciliano, Juan Pablo Quinteros y Marcelo Rodio.

El gobernador Martín Llaryora decidió algunos cambios en su equipo de gestión. Empoderó a varios intendentes peronistas del interior. (La Voz)
El gobernador Martín Llaryora decidió algunos cambios en su equipo de gestión. Empoderó a varios intendentes peronistas del interior. (La Voz) (La Voz)

La decisión, sin embargo, encendió luces amarillas en el interior. Los intendentes peronistas, que desde el inicio de la gestión llaryorista miraron con desconfianza el acercamiento del gobernador a jefes municipales radicales, sintieron que la balanza volvía a inclinarse hacia la Capital.

En sus recorridas por el interior, Llaryora escuchó algunos reproches, a veces en voz baja y otras sin rodeos. “Es cierto que la elección provincial que ganaste se basó en la Capital, pero los seis triunfos anteriores de (José Manuel) De la Sota y del 'Gringo’ (por Schiaretti) fueron por el interior. No te olvides de eso”, le habría dicho, con tono cordial pero firme, un intendente del departamento San Justo, pago chico del propio gobernador.

Consciente de ese malestar, Llaryora entendió que debía enviar una señal política hacia el interior. La respuesta llegó con la designación de al menos cinco intendentes peronistas que se sumarán a la gestión provincial.

No será –aseguran– sólo una cuestión de nombres. Los nuevos funcionarios desembarcarán con la promesa de recursos para dinamizar las administraciones locales. Nadie lo dirá en público, pero el gesto apunta, sobre todo, a contener al peronismo territorial.

Este verano, el gobernador intensificó sus visitas al interior, incluso más que el año pasado. A las actividades protocolares y de gestión les agregó un ingrediente político: cenas reservadas con intendentes para “hablar de política”, una demanda reiterada de los jefes comunales peronistas, que además de fondos reclaman diálogo y protagonismo.

“Si no hay plata, al menos que haya café”, ironizó tiempo atrás un dirigente del interior, sintetizando el reclamo de mayor cercanía desde el Centro Cívico.

Optimismo y realidad

En el despacho principal del Centro Cívico siempre habita el optimismo, incluso para algunos oficialistas con una excesiva cuota de entusiasmo.

Llaryora está convencido de que el plan de obras en la Capital y el refuerzo político que llega desde el interior empiezan a pavimentar el camino hacia su reelección. Cree que la combinación de gestión y territorialidad ejercitará el músculo electoral.

Pero el entusiasmo convive con datos menos alentadores. La Provincia contará con el alivio de U$S 800 millones provenientes de la última toma de deuda. Sin embargo, los recursos nunca parecen suficientes, menos aún en una etapa preelectoral anticipada como la que proyecta el llaryorismo.

En el Centro Cívico siguen con atención un indicador preocupante: la caída de la recaudación producto de la parálisis económica. A eso se suma la rebaja impositiva que el gobernador se vio obligado a conceder, tras el triunfo libertario en las legislativas de octubre pasado.

El contexto económico también condiciona la discusión paritaria con los estatales, que comenzó con los docentes. La UEPC rechaza que los aumentos se limiten a acompañar la inflación y exige una recuperación salarial.

La respuesta oficial fue tajante. “No hay más que eso. Pregunten cómo les va a los estatales en otras provincias y al sector privado”, replicó el secretario general de la Gobernación, David Consalvi, ante la conducción sindical. El mensaje es claro: en un año en el que el gobernador quiere priorizar la obra pública para apuntalar su reelección, el margen para otorgar subas salariales es estrecho.

Hay, además, un tema que se comenta en voz baja dentro del oficialismo. Una pregunta que inquieta a no pocos peronistas: ¿cómo está hoy la relación entre Llaryora y Schiaretti?

En ambos entornos aseguran que es “normal”. Los schiarettistas remarcan que el exgobernador sólo opina cuando es consultado y que no interfiere en la gestión, respetando una tradición no escrita entre exmandatarios peronistas. Sin embargo, en el PJ circulan versiones sobre cierto enfriamiento del vínculo o sobre una menor frecuencia en el diálogo.

Probablemente la verdad esté en un punto intermedio: Llaryora y Schiaretti hablan menos de lo que afirman sus allegados, aunque sin riesgo de un quiebre.

También asoma una diferencia estratégica de fondo. Schiaretti considera que la alternativa a Milei no pasa por el peronismo. Llaryora, en cambio, ha vuelto a recostarse en el PJ. Por ahora, con la mirada puesta en Córdoba.

La discusión sobre el escenario nacional quedará para más adelante, si logra ratificar su liderazgo provincial el año próximo. En la política argentina, de todos modos, un año puede parecer un siglo.