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Las internas fueron un gran palo en la rueda

Demasiados intereses oscuros en el interior de las fuerzas de seguridad se superponen en medio del escándalo por los operativos que se realizaron para capturar a los fugados de la cárcel de Alvear.

09 de enero de 2016 a las 02:35 a. m.
Las internas fueron un gran palo en la rueda
Laguna Paiva. La búsqueda llegó a esa ciudad santafesina (DyN)

“Cercados”. “Ya los te­nemos”. “Cuestión de horas”. Y nada. Ya pasaron 14 días y el escándalo alrededor de los tres prófugos parece agigantarse cada vez más.

¿Cómo sucedió que tras localizarlos en varias oportunidades costara tanto atraparlos? La pregunta se repite en todos los ho­gares que siguen por los medios

de comunicación los entretelones de una búsqueda que roza el bochorno.

A esta altura, ya no hay duda de que el operativo fue saltando de fracaso en fracaso.

Aunque no se perdió la esperanza de poder localizarlos y anoche se vislumbró una salida, quedó en evidencia la precariedad con que trabajan las distintas fuerzas de seguridad.

“Hay mucha molestia con las autoridades políticas encargadas de esta búsqueda. Está quedando en evidencia que se manejaron con mucha improvisación, que no conocen las estructuras de seguridad con las que cuentan, que están en pésimo estado”, señaló ayer un hombre que desde hace años se mueve en lo más alto de la seguridad pública a nivel nacional.

El especialista apuntaba a que tanto la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, como la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, quedaron cercadas por el fuego de las internas en las distintas fuerzas que tienen a cargo.

La primera comenzó su gobierno dudando sobre cuánta mano iba a meter realmente en la Policía bonaerense y el Servicio Penitenciario de esa provincia, mientras que Bullrich no midió hasta ahora los frentes abiertos que tiene en Gendarme­ría, Policía Federal y las otras estructuras nacionales.

Pasos en falso que las dejaron sin reacción.

Todo esto se les vino encima, a propósito –no hay dudas–, con la triple fuga. A muy poco de haber arrancado sus gestiones, ya deben caminar en un terreno demasiado embarrado.

Desconfianza

Martín Lanatta, Cristian Lanatta y Víctor Schillaci se fu­garon en la madrugada del 27

de diciembre de la cárcel de ­General Alvear, al oeste de Buenos Aires.

Pese a ser considerados delincuentes de máxima peligrosidad y figurar como el objetivo número uno de búsqueda para todas las fuerzas de seguridad, el movimiento del grupo fugado durante los primeros días fue un duro golpe para el gobierno bonaerense de María Eugenia Vidal.

Martín Lanatta fue dos veces a la casa de su exsuegra, en Quilmes. Primero le pidió dinero. Luego, tomó una Renault Kangoo, que de manera sugestiva había sido comprada apenas nueve días antes de la fuga.

Los tres prófugos, que jamás se separaron hasta ahora, al otro día de haber escapado estuvieron en una quinta de Florencio Varela, también al sur bonaerense, donde los alojó un íntimo amigo de los Lanatta, Marcelo “el Faraón” Melnyk.

Se cree que luego viajaron a Chascomús, trayecto en el que habrían participado de una balacera en un control policial, en Ranchos.

Era 31 de diciembre y la Po­licía bonaerense le dijo al ministro de Seguridad de Buenos Aires, Cristian Ritondo, que los tenían “cercados”. Jamás los atraparon.

Fue entonces que Vidal, la ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich, y el resto del entramado macrista comprendieron lo que estaba sucediendo: los prófugos tenían protección policial (y muy posiblemente también política) en Buenos Aires.

De inmediato, se activó el plan para sacar a la Bonaerense del medio.

Once días después de la fuga, Bullrich se presentó ante la Justicia federal y la búsqueda salió de la órbita de la Bonaerense. Quedó en manos de Gendarmería, Policía Federal y Policía de Seguridad Aeroportuaria.

En paralelo, ¿casualidad o reacción?, los Lanatta decidieron que era hora de dejar Buenos Aires.

El miércoles último a la noche, Inteligencia de Gendar­me­ría tuvo un dato muy preciso sobre la ubicación de los prófugos en la zona rural de San Carlos, provincia de Santa Fe.

“Inteligencia se cortó sola para llevarse los laureles”, razonó una fuente de la fuerza.

Y explicó: “Inteligencia tuvo un dato certero, pero su función era diagramar el operativo y no ejecutarlo. Para eso está la división de Operaciones de Gendarmería. Pero no. Decidieron diagramar y ejecutar el operativo ellos solos, y por eso les fue mal. Los tres gendarmes baleados son de Inteligencia”.

La parte de Inteligencia debió poner sobre la mesa el lugar indicado, las posibles rutas de acceso y egreso, además de marcar otros sectores críticos: lugares para guarecerse, familias que pueden ser tomadas de rehenes, zonas de poca visibilidad, etcétera.

Operaciones tuvo que hacerse cargo de ejecutar el operativo. Pero no sucedió así.

Los gendarmes de Inteligencia fueron directamente al blanco apuntado (el dato habría sido aportado por un narcotraficante, según dijo ayer una fuente) y al no encontrar a nadie, se marcharon.

Jamás pensaron en recorrer las zonas más próximas. Sólo se toparon con los delincuentes prófugos los tres gendarmes que se retrasaron al volver. Los vieron de casualidad y cuando intentaron reaccionar, ya habían sido baleados.

“Se debió armar un equipo especial con todas las áreas de Gendarmería, pero no se hizo”, completó la fuente.

Esto deja al descubierto que en el apuro de ganar la interna en Gendarmería, un sector eligió jugar su propio partido y no dio juego al resto del equipo. Se planificó casi en secreto y a las apuradas.

Una historia de internas y desencuentros.