La libélula vaga
Vivimos en un país donde Amado Boudou dejó la Vicepresidencia, en diciembre de 2015, procesado. Y todavía nadie lo sentó en el banquillo de un juicio oral y público.
Puede suponerse, como sugería Albert Einstein, que el azar no existe porque Dios no juega a los dados. Que las coincidencias se explican por una lógica a la que bautizamos casualidad porque la desconocemos.
El escritor kirchnerista Hernán Brienza eligió dos conceptos para explicar su mirada actual sobre la realidad del país. “Estamos polarizados y fragmentados”, dijo. Por azar, sólo un par de días después de que ambos términos titularan esta columna, el lunes pasado.
Quién sabe las razones de la coincidencia. Quién sabe si antes de que Brienza se iluminara con esas ideas comunes y diminutas, un monje tuvo que soñar con un ancla, o nueve hombres tuvieron que morir en Borneo.
Como quiera que haya ocurrido el azar, la consecuencia no deja de proveer un pequeño efecto moralizante. En estas líneas se afirmó algo simple: que la polarización y la fragmentación tienden a configurar el escenario electoral. Brienza opina –nada menos– que son la inminencia de una guerra civil.
La alucinación de Brienza podría quedar en otra simple anécdota de la psicodelia política. Si no fuese porque expresa de un modo torpe un discurso que otros actores con mayor poder real intentan imponer como una provocación al debate argentino.
Eugenio Zaffaroni no es Brienza. Ejerce poder como juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Ante hechos en los que el Gobierno nacional decidió cumplir sus obligaciones en orden a garantizar el derecho a la libre circulación y preservar el carácter público del espacio público, no encontró mejor recurso que predecir la pronta llegada de un muerto al escenario de la discusión política.
Brienza imagina el enfrentamiento violento; Zaffaroni ya anticipa la víctima.
El razonamiento que utiliza el juez no es ilógico. Sostiene que si el Gobierno nacional se endurece frente a la protesta social, nadie podría descartar que un desquiciado –que nunca falta en las fuerzas de seguridad– termine provocando lo peor.
La teoría es irrefutable. Si algo todavía puede enseñar la historia es que el desquicio es connatural a la condición humana. Pero Zaffaroni razona en sentido unidireccional. Descarta, contra su misma lógica, cualquier descontrol en filas ajenas a las del Gobierno. Allí es cuando su palabra suena más bien a un ejercicio de profecía con aspiración de autocumplida.
Eso convierte a su argumento en una celada en la que no deberían caer ni el Gobierno ni la oposición. Que Zaffaroni procese como pueda sus inconsistencias lógicas. Después de todo, ha demostrado capacidad adaptativa con los procesos. Pero la sociedad no debe someterse al chantaje que propone.
¿Cuál sería esa extorsión? Se trata de una formulación política muy extendida en la actualidad: quienes tuvieron responsabilidades políticas relevantes en la década pasada consideran inadmisible que se les reclame una rendición de cuentas. Pretenden que todo lo ocurrido, desde los desaciertos políticos hasta los delitos perpetrados, sean amnistiados de facto.
Y si la sociedad no accede a esa demanda, dicen, es porque un impulso nefasto persiste en el propósito de agigantar la grieta, profundizar la polarización y fragmentar el país. A lo que prometen responder con resistencia activa y –llegado el caso– violenta. Pero Zaffaroni sólo mira al Estado represor.
Si la Justicia argentina funcionara de manera adecuada, ninguna de estas discusiones tendría el mismo sentido. Vivimos en un país donde Amado Boudou dejó la Vicepresidencia, en diciembre de 2015, procesado. Y todavía nadie lo sentó en el banquillo de un juicio oral y público.
Esa impunidad es la que agiganta las grietas. No el deseo de la sociedad de que alguna vez la corrupción tenga condena.
A medida que el clima electoral se torne más intenso, estas maniobras serán frecuentes. Todas conducen a Cristina Fernández, que busca contagiar al país entero de la detonación dramática que ha elegido como su principal recurso político.
Es la estrategia de la expresidenta: parlanchina, la dueña dice cosas banales. Y vestido de rojo piruetea el bufón. Persigue, detenida en las urnas su carroza argentina, la libélula vaga de su vaga ilusión.
Esa libélula extinta ahora lleva su nombre. Como ha informado hace unos pocos días Johann Sebastian Mastropiero, becario del Conicet.

