La deconstrucción de la indiferencia
Argentina ha perdido más de dos décadas cavando las trincheras de atroces indiferencias. Durante los años delmenemismo, frente a la cuestión social. Durante el kirchnerismo, ante la diversidad política.
Como si el tiempo no hubiese transcurrido, cuando Cristina Fernández entregue el bastón de mando al próximo presidente, quien lo reciba se encontrará con el mismo desafío inicial que Néstor Kirchner debió enfrentar en un mes de mayo, hace ya una docena de años. Quien obtenga la más alta responsabilidad constitucional se verá otra vez obligado a reconstituir la autoridad presidencial. La jefa del Estado ejerce ahora un poder débil, de tono siempre alto, pero de menguadaeficiencia para resolver problemas. Tanto más crispado el discurso, tanto menos práctico el ejercicio de la administración.La enunciación siempre privilegiada del Poder Ejecutivo ya no evita un paro, no desarma un piquete, no frena una tanda de despidos ni coagula ningún enfrentamiento. Las secuencias del conflicto social se desenvuelven con una inercia independiente de la conducción política del país.El día en el que la Casa Rosada usó su poder para devaluar la moneda de los argentinos, se autoinfligió, en términos políticos, la misma depreciación.Sin embargo, el sucesor de Cristina tendrá un reto adicional, que Néstor Kirchner pudo ignorar por la profundidad de la crisis que heredó. La reconstitución de la autoridad presidencial tendrá que asentarse sobre acuerdos políticos. A diferencia de transiciones anteriores, los actores de la carrera presidencial no parecen apostar a una salida traumática. Una coincidencia benéfica para la población, que implica márgenes menores para la imposición unilateral y un ejercicio más dialógico del principio de autoridad.En su última convocatoria pública, el cristinismo demostró que tiene la percepción de ese futuro inmediato y, pese a todo lo que hizo y hace todavía en el ejercicio del poder, comienza a reclamar su nueva silla en el diálogo por venir.Mientras, acumula fuerzas con artes de todo tipo allí donde los recursos institucionales son inaccesibles para los protagonistas que están en el llano. El colectivo de jueces y fiscales autodenominado Justicia Legítima –cuya existencia se asienta en la denegación de cualquier equilibrio esperable en la magistratura– es hoy su herramienta más valiosa. Aquella que busca potenciar como un enclave que le garantice impunidad frente a un nuevo gobierno y cualquier intento de investigación de los gravísimos casos de corrupción administrativa que han corroído al kirchnerismo de la cabeza a los pies.El tiempo de Norberto Oyarbide ya fue cumplido, el que viene es más bien de Alejandra Gils Carbó.El riesgo para quien suceda en el mando a Cristina será el de volcar el péndulo con tanto impulso en sentido contrario que termine tan lejos del kirchnerismo como cerca de aquello que el kirchnerismo vino a reemplazar. El giro económico del Gobierno ha demostrado ser sólo la dosis de ortodoxia necesaria para profundizar su convicción populista. Pero ha sido motivo suficiente para despertar algunas reivindicaciones de políticas macroeconómicas que confirmaron su ineficacia en la década de 1990. Encontrar ese inestable espacio en el centro político que ha sido el objeto de todas las denostaciones desde la restauración democrática, tan afecta a la narrativa épica y las refundaciones históricas, acaso sea un objetivo menos modesto y tibio de lo que parece. Después de todo, la tarea pendiente no es menor. Argentina ha perdido más de dos décadas cavando las trincheras de atroces indiferencias.Durante los años del menemismo, se quiso indiferente de la cuestión social. Durante el kirchnerismo, se embelesó con la indiferencia frente a la diversidad política. La disidencia fue considerada siempre como una suerte de cómplice putativo de algún lejano e indeterminado crimen que lesionó a la humanidad.Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz, narrador exquisito y sobreviviente de los campos de concentración, ensayó alguna vez una filosofía de la indiferencia. En cualquier enfrentamiento, opera siempre como el amigo del enemigo, decía, porque la negación de lo diferente sólo puede favorecer al agresor.Con Carlos Menem o con el matrimonio Kirchner, el país se embarcó en esa tarea. Construir la indiferencia, más peligrosa aun que el enojo y el odio. Sin demandar respuesta; sin tampoco proveerla.

