Temas del día:

La crisis interminable

Más allá de la inapropiada conducción de los asuntos públicos demostrada por los gobiernos que se alternaron desde 1983, Río Segundo carga desde hace años con una crisis que se manifiesta políticamente pero reconoce profundas raíces sociales.

31 de mayo de 2014 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma (Periodista)
La crisis interminable

En El Día de la marmota, película del año 1993, Bill Murray personifica a un meteorólogo de televisión que debe transmitir desde una pequeña población de Pensilvania la tradición basada en una marmota que, cada día 2 de febrero, determina el tiempo que queda hasta el invierno. Connors tiene que pernoctar en el pueblo y, cada mañana siguiente, vuelve a vivir misteriosamente el mismo día.

Algo parecido ocurre con los vecinos de Río Segundo, acostumbrados todos los meses a despertarse durante varias jornadas como si cada día fuera igual, desde hace muchos años: con las bombas de estruendo de los municipales que protestan y el cielo oscurecido por las gomas quemadas. Y siempre con el intendente de turno y el secretario general del gremio repitiendo los mismos argumentos para explicar la monótona situación. Cuando aparece plata, todo se tranquiliza hasta el mes siguiente, en que la historia vuelve a repetirse.

Más allá de la inapropiada conducción de los asuntos públicos demostrada por los gobiernos que se alternaron desde 1983, Río Segundo carga desde hace años con una crisis que se manifiesta políticamente pero reconoce profundas raíces sociales. Pese a la presencia de algunas industrias que absorben buena parte de la mano de obra (una fábrica de golosinas, un frigorífico), el municipio es casi la principal fuente de trabajo, con más del 80 por ciento de su presupuesto afectado al gasto en personal.

El desánimo es moneda corriente en una ciudad que históricamente se caracterizó por su perfil de clase media obrera, cuyo nivel de ingresos no parece lo suficientemente sólido como para darle vigor a la economía local. Pagar y cobrar tasas municipales se vuelve así una odisea.

Ese escenario es inmejorable para el clientelismo político, practicado cada vez con menos pudor. Cuando llegan las elecciones, comienza a funcionar la ley de oferta y demanda: aparecen los punteros cargados de billetes y las promesas de un trabajo en el municipio, una torta cada vez más chica pero no por eso menos tentadora para la siempre voraz dirigencia política vernácula.