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La condición humana precede al antagonismo

En esta encrucijada, el kirchnerismo ha quedado preso de la opción que hizo por una definición de la política.

11 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
La condición humana precede al antagonismo

Si la mayoría de las estructuras políticas del país se ha sentido llamada a pronunciarse sobre la marcha del 18-F, es porque presumen que la convocatoria despierta el interés de un amplio sector de la ciudadanía. Resulta innecesario a esta altura que los colegas de Alberto Nisman nieguen el carácter político de la convocatoria. Tanto como que el oficialismo objete la marcha por ese motivo. Toda demanda manifestada en el espacio público tiene una proyección política –aunque fuere involuntaria– y está bien que así sea, sobre todo si el reclamo se ancla en cuestiones valorativas. Un fiscal que aparece muerto en circunstancias dudosas plantea esa demanda, que traza una línea entre el derecho a la vida o su lisa y llana vulneración. Aunque política, únicamente una distorsión intencional puede asignarle a la marcha convocada una identidad par­tidaria determinada. Y sólo si el oficialismo decide por sí confrontar con el pliego axiológico del 18-F, este tendrá, por lógica, un color más cercano al de sus adversarios. En esta encrucijada, el kirch­nerismo ha quedado preso de la opción que hizo por una definición de la política como antagonismo irreversible. No hay necesidad de que el enemigo político sea moralmente malo o estéticamente feo, decía Carl Schmitt. "El enemigo es simplemente el otro que está en contra de mi posición". A esa definición de lo político adhirió hace tiempo el oficialismo. La marcha del 18-F, en cambio, apela a la condición humana que subyace y precede a la distinción amigo-enemigo. Es lo más lejano al golpismo que le pueda ocurrir a una democracia: que la comunidad se reconozca como sujeto político en el punto de inicio del derecho a la vida.