La ansiedad cambió de cancha
Donde el vértigo es inusual es en las filas de los que aún dependen de una decisión de Cristina.
Todos los malabarismos tendrán un primer límite el 10 de junio próximo. Ese día vencerá el plazo para la constitución de alianzas entre las fuerzas políticas que presentarán candidatos a presidente y vice para competir, 60 días después, en las elecciones primarias.
Por primera vez desde su incorporación al régimen electoral, las Paso asoman como un escenario competitivo para la renovación presidencial.
Néstor Kirchner las imaginó como un instrumento para mantener unida la coalición que lo llevó al poder y promover la fragmentación de sus adversarios.
En un sistema electoral de doble vuelta, sin exigencia de mayoría absoluta para el balotaje, sólo el oficialismo corre con ventaja de recursos institucionales y económicos para sostener campañas de largo aliento y contener la disidencia interna.
Pero el esquema funciona en tanto y en cuanto el partido predominante reconozca un liderazgo único en el presente y una expectativa certera de su continuidad en el futuro.
Cristina sigue conduciendo la coalición gobernante, pero dejará el gobierno este año. Como dirían los economistas, eso impacta en su valor presente neto.
No ocurrió nunca antes durante los mandatos presidenciales kirchneristas y por eso la novedad se refleja en la expectativa por las elecciones primarias dentro del oficialismo.
Desde que el radicalismo aprobara en una línea de acción conjunta con el PRO, se reveló por contraste el tablero de conflictos que atraviesa la veterana alianza oficialista.
En realidad, el primer cimbronazo lo padecieron aquellas fracciones que ya se habían escindido hace un par de años, cuando el fracaso del emprendimiento reeleccionista anticipaba el final de la autosucesión que el kirchnerismo había conseguido hasta allí con éxito.
Tras el acuerdo entre Mauricio Macri y Ernesto Sanz, Sergio Massa y su grupo de intendentes y aliados del frente sindical quedaron jaqueados entre la fuerza centrífuga de esa novedad opositora –ajena a la tradición peronista– y la desesperación centrípeta que ganó a la Casa Rosada. El gobernador cordobés, además precandidato, también se vio afectado por ese cambio de tendencia en el escenario electoral.
Pero este desafío no es nuevo a las construcciones de origen peronista que enfrentaron al kirchnerismo. Donde el vértigo es inusual es en las filas de los que aún dependen de una decisión de Cristina.
En el radicalismo, una resolución colectiva volcó el fiel de la balanza para el espacio político opositor. En el oficialismo, esa prerrogativa se subsume en una sola persona y esa voluntad única es la de Cristina Fernández.
Daniel Scioli imaginó tal vez que este año la coalición oficialista explotaría a su favor la ventaja posicional que le proveen las Paso a todos los que gobiernan. Que la Presidenta encolumnaría temprano al conglomerado que lidera, en una transición ordenada hacia la sucesión, mientras se dejaba para la oposición el desgaste de las pujas internas.
Por el contrario, Cristina parece estar promoviendo otras alternativas.
Y sin definir siquiera si lo hará por dentro o por fuera de la coalición gobernante. Hasta el 10 de junio la Presidenta puede construir o romper, según convenga al plan de repliegue que imagina como relato para su retirada.
Otros actores del acuerdo gobernante ya no ocultan los nervios por el tiempo que pierden frente a la acechanza opositora, mientras la Presidenta cavila, o especula, al límite del acuerdo que los llevó al poder. Gobernadores e intendentes enfrentan esa incertidumbre con sus propios cronogramas electorales en marcha.
La ortodoxia cristinista, entretanto, advirtió que no sería extraño promover listas separadas en las Paso, todas con el supuesto apoyo presidencial. Carlos Kunkel dejó entrever, con suspicacia, que la jefa de su proyecto político no descarta postularse en algún cargo parlamentario. Convendría sin embargo no confundir la capacidad de construcción política que todavía cree retener Cristina, con su poder residual de daño. Cada día que se acerca al final de mandato, la Presidenta se acerca más a lo segundo que a lo primero.
El suyo es un Gobierno que desde la muerte oscura del fiscal Alberto Nisman padece una epidemia de descrédito. Todos los días, sus voceros se encargan de agravar esa crisis. ¿Acaso suena creíble Aníbal Fernández hablando de las fotografías de Nisman muerto tras una semana en la que destrató la memoria del fiscal de la peor manera?

