Ideologías
Nadie puede hoy asegurar si la actual división de la oposición política en dos permite el triunfo del Gobierno o garantiza su derrota electoral.
Momento complejo el que vivimos, el mayor nivel de pensamiento se termina expresando en el espacio de los periodistas. Los partidos, sus funcionarios y militantes suelen repetir supuestas convicciones como lecciones aprendidas de memoria para superar el examen. Respuestas rápidas, rígidas, sin dudas; uno percibe que también sin pensar demasiado. La rigidez permite imaginar que sus catecismos no soportan la duda. Somos una sociedad donde el equilibrio que toda política necesita entre las ideas y las ambiciones se ha roto hace tiempo; las ambiciones convirtieron a las ideas en meras excusas justificadoras del poder.Los supuestos, pretendidos o necesarios debates se desarrollan como conjunto de acusaciones, resentimientos y golpes bajos, como si la impotencia para expresarse impusiera la simple idea de que el otro es peor que nosotros. Y esa demencia nos lega el kirchnerismo: una enorme estructura de medios oficialistas donde algunos opinadores rentados llegan a ser tan permeables al salario recibido que nos cuentan las delicias oficiales con tanta o mayor fe que los pastores que nos invitan a sus Iglesias.Las filípicas presidenciales no habrán dado herederos políticos pero algunos periodistas están tan fanatizados que podrían crear sus propias sectas.Son pocos los análisis que nos ayudan a entender la coyuntura; las universidades casi no aportan proyectos; rectores y decanos que ayer basaban su prestigio en su formación hoy parecen reducidos al triste papel de administradores. Tenemos una proliferación de universidades cuya cantidad es inversamente proporcional al prestigio que generan. Ni las academias nacionales se salvan del oportunismo. Una absurda concepción que aparenta progresismo termina equiparando conductas en la construcción de una pretendida igualdad asentada en la impunidad. El éxito está asimilado al logro económico.
Agobiados por Cristina
La dirigencia política que en los setenta arriesgó la vida y hasta encontró la muerte por la vía de las ideologías parece haber reducido sus ambiciones a las ganancias. Los partidos fueron sustituidos por personalismos, los disidentes expulsados por conversos y oportunistas, cultores de negocios que ofrece el Estado.
Las viejas oligarquías eran conservadoras; las nuevas, basadas en el juego y la obra pública, se autoconsideran progresistas sólo por su pasión por destruir las leyes y crear otras nuevas que les sirvan para defender su soñada impunidad y perpetuación.
Nos quedan tres candidatos frente a los cuales vendría bien recordar aquella genial frase de Borges: “No nos une el amor sino el espanto”. Pocos se refieren a las virtudes de cada candidato, todos relatan sus preferencias, desde donde depositan sus odios.
Pertenezco al ejército de agobiados por Cristina, fuerza desarrollada con éxito en todos los espacios de clase media pero con dificultades para sobrevivir donde la misma necesidad convierte al Estado en un opresor. El oficialismo ya no puede negar que su vigencia existe donde se imponen la necesidad y el atraso, un modo práctico de develar por qué en lugar de integrar a los pobres los han ido convirtiendo en simple clientela electoral.
El Pro desarrolló una fuerza de centroderecha donde el respeto a la democracia los ubica mucho más adelante que el autoritarismo vigente. El cuento de la derecha vale en lo económico y recuerda tristes pasados, pero la democracia es hoy una necesidad muy superior a la mentira de un estatismo que dice ser para los necesitados y sólo cubre a los funcionarios.
Massa convoca a sectores populares, en su mayoría peronistas que siguen creyendo que el estatismo económico más el estalinismo político solo suman un agresivo atraso.
Burocracia o sociedad
Nadie puede hoy asegurar si esta división de la oposición permite el triunfo del gobierno o garantiza su derrota. Scioli no logra salir del encierro al que lo someten los imbéciles que dicen “el candidato es el modelo”.
El verdadero modelo es el triunfo de la burocracia sobre la sociedad, los beneficiados son ellos, los necesitados sólo ocupan el lugar de sus víctimas.
El radicalismo primero y el peronismo después vinieron para superar la vieja enfermedad del fraude patriótico y el voto cantado. Esta versión retrógrada de la izquierda autoritaria convocada para defender los negocios de una nueva burocracia improductiva nos remite a lo peor del pasado.
La derecha económica ocupó el lugar del retroceso en los tiempos de Menem, la izquierda estalinista decoró este triste capitalismo de Estado.
Necesitamos que llegue la hora de la cordura. Es el único camino que conduce a la estabilidad, tanto económica como política. Y puede lograr la integración social. Habremos aprendido que el atraso es hermano de los extremos. Alguno de los candidatos debe comprometerse a que si surge como ganador va a gobernar convocando a los otros dos.
Ese simple dato sería el fin del kirchnerismo y de todas las demencias y definitivamente, el ingreso al futuro. La fractura es el pasado, es simplemente lo que necesitamos superar.
* Exsecretario de Cultura de la Nación

