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Ganar a ciegas y cambiar el juego

El kirchnerismo ha redescubierto el rédito social de la incoherencia. La oposición enfrenta un ajedrez de partidas simultáneas. 

11 de mayo de 2015 a las 12:01 a. m.
Ganar a ciegas  y cambiar el juego

En voz baja, el kirchnerismo admite que nunca tuvo un desafío de la gravedad del caso Nisman. En la docena de años que administró el poder jamás su credibilidad se vio tan frágil, ni su imagen externa quedó tan dañada.

Para la ciudadanía, los valores puestos en juego tras la muerte del fiscal que acusó a la Presidenta estaban lejos del cuadrante de los intereses sectoriales y económicos, como ocurrió en la crisis de las retenciones al agro o el default de la deuda externa.

Por el contrario, se dirimían cuestiones como un atentado terrorista impune, la demanda de verdad y justicia de los afectados y de la sociedad en su conjunto, y el derecho a la vida de quien se animó a apuntar con su investigación hacia la cúspide del poder.

En aquellas horas difíciles de febrero pasado, reconocen voceros del oficialismo, aun en la intimidad del Gobierno se pensaba que todo había terminado. La sociedad había dejado de creerle a la Presidenta en las más elementales de las afirmaciones posibles: aquellas que se enuncian sobre la vida o la muerte.

Sin embargo, con una estrategia fascistoide y sostenida

–pero eficaz– de hostigamiento sobre la vida privada de Nisman y ataque directo a sus familiares, el Gobierno logró que la agenda comenzara a virar hacia otros temas; en especial, el escenario electoral en ciernes.

La discusión política se transformó en un híbrido que aún perdura entre chismes de negociaciones por candidaturas y numerología de encuestas, por lo general erróneas. Sólo la mora en las discusiones paritarias y el irresuelto conflicto por la presión fiscal sobre el trabajo registrado trajeron al debate público las dificultades de la economía real.

Pero el sistema político pudo tomar nota del modo con el cual el kirchnerismo superó la crisis del caso Nisman. Corrió los límites hacia un espacio de realpolitik donde los pruritos institucionales y las convicciones democráticas cedieron definitivamente frente a los objetivos de sostenimiento del poder a cualquier costo.

El ataque desatado sobre la Corte Suprema de Justicia es al mismo tiempo la consecuencia necesaria y el ejemplo

emblemático de esas nuevas reglas de juego. No cabe esperar concesiones al honor, ni frenos inhibitorios del oficialismo frente a la impiedad, en casos como el del juez Carlos Fayt. Quien pudo con Nisman lo más, podrá con la Corte lo menos, razonan los estrategas del oficialismo. Es sólo la sumatoria de manchas para el tigre.

El kirchnerismo ha redescubierto el rédito social de la incoherencia. Intenta ampliar la cantidad de miembros de la Corte con la misma justificación ética con la que condenó –por lo mismo– a los últimos roncos y silbantes estertores del menemismo.

Cosecha su siembra de versatilidad moral y espera coronarla, dentro de un mes, con la siempre inestimable bendición del Papa.

Hay, en el fondo, dos actitudes fundantes de esta nueva etapa de la facción en el poder: un acre resentimiento de la presidenta Cristina Fernández ante la cercanía del final, y la temprana claudicación de su sucesor, el gobernador bonaerense Daniel Scioli, quien ya cedió en los valores centrales en disputa, antes que en la discusión de cargos. Quien entrega lo más, entrega lo menos, razonan con aquella misma lógica en el cristinismo.

El nuevo oficialismo, cuya oratoria más exquisita abandonó los oropeles de Carta Abierta por el escarnio cotidiano de Aníbal Fernández, no se explicaría sin el caso Nisman, pero menos aún sin esas dos actitudes clave: las de Cristina y Scioli.

El sistema político, no obstante, no se agota en ellos. La oposición creyó tener asegurado un triunfo en los días de la protesta por la muerte oscura del fiscal de la causa Amia. Enfrentó luego el complejo mecanismo electoral al que ha dado lugar la proliferación de elecciones primarias en todos los niveles de gobierno.

Se entusiasmó con algunas victorias, aunque sus perspectivas sean todavía objeto de una partida simultánea en todos los distritos y niveles.

En muchos casos, a ciegas, en aquellos territorios alejados de sus dominios, donde el kirchnerismo acumula diferencias electorales de escala feudal: el Conurbano bonaerense, las provincias pauperizadas del norte y el sur.

La oposición hará presidente a uno de los suyos si logra sortear, como el maestro Miguel Najdorf, la mayor cantidad de tableros desconocidos.

En sus últimos años, aquel veterano ajedrecista, exiliado en el país por la Segunda Guerra Mundial, dejó una enseñanza adicional. Se había alejado de los trebejos para dedicarse a la organización de competencias.

“Es más difícil armar un torneo de ajedrez que jugarlo”, decía Najdorf. Resumen equiparable al enorme desafío que enfrenta la oposición en Argentina.

Además de ganar la simultánea a ciegas, está obligada a triunfar sobre el oficialismo en la reinvención democrática de las reglas de juego.