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Esas ingratas balas de tinta

Algunos propagandistas oficiales quisieron ver en la mesura del tono una señal de cambio en el estilo de conducción presidencial. Es sólo apasionamiento de cautiverio.

02 de septiembre de 2013 a las 02:00 p. m.
Esas ingratas balas de tinta
(Ilustración Gustavo Dagnino).

No en vano Juan Bautista Alberdi advertía que quien tiene mucho talento para hacer folletines, puede no tenerlo para administrar los negocios del Estado.

Fue casi simultáneo. Mientras la Corte Suprema de Justicia de la Nación llevaba adelante una audiencia pública de elevada precisión para avanzar en el estudio de la ley de medios, desde otro poder del Estado se incurría en una innovación: el gobierno de la metáfora.

“Balas de tinta que por ahí intentan derrocar o destituir gobiernos populares”, ensayó la Presidenta, en su enésima carga contra el periodismo que le molesta. La incursión literaria, rudimentaria y a tono con la coacción política ejercida por la representación oficial ante la Corte, le sacó el velo al tono de conciliación que la jefa del Estado había conseguido impostar al anunciar el envío al Congreso de un proyecto para reabrir el canje de deuda. Decisión que llegó precedida de una soberana rogatoria al Dios de los Ejércitos para que interceda ante la Suprema Corte. Pero de los Estados Unidos.

El mismo estilo atribulado y tenue utilizó al frente de su equipo de recaudadores para anunciar la reducción parcial del impuesto al trabajo al que ha sometido con niveles inéditos a los asalariados argentinos. Sin embargo, no se privó de rubricar la zapatilla impar del clientelismo.

En los recibos de sueldo aparecerá, con sello y firma, la concesión mayestática. Desde lo alto de su poder, la presidenta de la Nación despeñará una limosna a los trabajadores que, como reza el estribillo de moda, “vienen bancando este proyecto”. Literalmente.

Como poseídos por el síndrome descubierto hace 40 años en Estocolmo, algunos propagandistas oficiales quisieron ver en la mesura del tono una señal de cambio en el estilo de conducción presidencial. Es sólo apasionamiento de cautiverio.

El rostro descarnado de ese modo de gobernar lo expresó Mariano Recalde: al pueblo, las cosas se le han de decir para negarlas. Nadie en la Casa Rosada le pidió la renuncia por innovar con esa metáfora de la honestidad.

En la audiencia pública convocada por la Corte Suprema argentina, algunos de los expositores convocados en condición de amicus curiae arrimaron elementos teóricos que permiten interpretar, más que la ley de medios, la coyuntura del país.

Antes de que desembarcaran los partisanos (el término, curiosamente, fue utilizado por Horacio Verbitsky para calificar a otros), los amigos del tribunal propuestos por la representación del Estado sinceraron el porqué del atropello previsto en esa norma contra el derecho a la libre expresión.

Para el oficialismo, es el Estado quien puede constituir una fuente de libertad, cuando estime –a discreción– que algún individuo o sociedad acumula un poder excesivo. Un joven jurista doctorado en Yale, Lucas Grosman, respondió con simplicidad irrefutable: puede ocurrir así, pero no con nuestra Constitución.

Citando con una mirada oportuna la doctrina de Ronald Dworkin, recordó que nuestro sistema jurídico se asienta sobre la “viga maestra” (la expresión es de propiedad del juez Raúl Zaffaroni, reconoció con agudeza) de la esfera sagrada de autonomía de la libertad individual frente al Estado.

Es en la supremacía precisa de las leyes adonde se despejan las exageraciones de pretensión literaria. Se respeta el derecho a la expresión libre o se sucumbe al miedo a la libertad. La tinta no forja balas.

Ejemplos provee el azar: el encuentro entre el gobernador José Manuel de la Sota y el papa Francisco se adelantó –sorpresivamente– un mes. El Gobierno provincial no quiso difundir la información del viaje anticipado del mandatario. Sin embargo, la noticia se conoció. Un periodista de La Voz del Interior lo encontró en Italia.

Funciona así la metáfora: la noticia es una bala que jamás derroca a nadie. Sólo destroza el secreto.