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El tratamiento Z

Miles y miles de desaparecidos siguen en esa condición a partir del silencio de sus asesinos.

11 de octubre de 2015 a las 12:09 a. m.
Redacción La Voz
El tratamiento Z

"Hay otros mundos, pero están en este", ha dicho Paul Eluard. Y todo lo que aquí sucede tiene un lugar, así la vida como la muerte. Hay un lugar donde se está vivo y uno donde se está muerto. Para todos es así, incluso para los desaparecidos. Sólo que no se sabe dónde están. No lo saben la Justicia, las instituciones encargadas de llevar los asientos existenciales de la gente y, sobre todo, no lo saben los seres que tienen su rastro en la sangre, en los afectos esenciales que le dan sentido a esta travesía.En la muerte también sucede el desamparo, y quizá no hay muerte más desamparada que la de un desaparecido, así como no hay lágrima más seca que aquella que no puede humedecer el sitio del final del camino del ausente querido.La humanidad, en su viaje por la evolución y la cultura, ha construido una manera de entenderse con la muerte aquí en la tierra, de sobrellevar el dolor como la inevitable condición de la vida, de guarecerse del infinito misterio del que estamos hechos. Son miles de años en esta dirección.Los desaparecidos han sido asesinados y sus cuerpos tirados en un lugar como un mero amasijo de huesos. Los asesinos no dicen dónde. Sus crímenes son en contra de toda la humanidad. El peso del silencio Secuestro, tortura y asesinato, esa es la secuencia por la que transitan la mayoría de las historias por las que se repiten los pedidos de condenas a prisión perpetua en estos días de alegatos en el gran juicio La Perla y la Ribera. Y al final, la desaparición."Siempre los buscaremos/ en el aire polvoriento del camino/ al paso de un río presuroso/ entre el fresco verdor de las horas/ o bajo el tibio manto de la noche/ Pero ya lo sabemos:/ allí donde un hermano sufra/ ese duro vivir de la ­pobreza injusta/ allí te encontraremos".El poema es de Susana, la madre de Ignacio Manuel Cisneros, y el jueves último lo trajo a la sala de audiencias la abogada Adriana Gentile, que expuso un puñado de historias como la de este joven que fuera secretario Académico de Agronomía de la Universidad de La Plata, secuestrado el 15 de febrero de 1977 y fusilado en Córdoba."Si (el desaparecido) apareciera, tendría una tratamiento X. Si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, un tratamiento Z", dijo el sangriento dictador Jorge Videla en aquella cínica conferencia de prensa de 1979 en la que soltó también su descarada frase: "Es un desaparecido, no tiene entidad. No está ni muerto ni vivo, está desaparecido... Frente a eso no podemos hacer nada".Años después, en sus confesiones a Ceferino Reato, para el libro Disposición final , asumió que habían sido ejecutados. "No había otra solución; (los comandantes militares) estábamos de acuerdo en que era el precio a pagar para ganar la guerra contra la sub­versión y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta", dijo.Y sí, lo consiguieron: una enorme parte de la sociedad no se dio cuenta: hubo quienes no vieron, quienes no quisieron ver, quienes lo vieron y lo callaron. Es posible convenir lo difícil que resulta imaginar que en el mismo escenario donde se vive exista otra dimensión, la de un indecible horror clandestino y oficial.Marta Cisneros, hermana de Ignacio Manuel, contó durante la etapa testimonial (y Gentile lo recordó luego en su alegato) que en 2014 la había llamado una vecina para pedirle disculpas. "Le dijo a mi madre que ella siempre ­había creído que mi hermano estaba en Europa. A ella y a ­todos los que creen eso, que ­sepan que tanta búsqueda no fue por gente que estaba tomando sol en Europa". Juicios como este le han puesto momento y lugar del final de las vidas de los desaparecidos, y han adjudicado las responsabilidades por sus asesinatos. Es decir, "el tratamiento Z".Numerosos desaparecidos han aparecido gracias al empeño, al coraje, la investigación de muchos, y a la gigante tarea científica y humana del Equipo Argentino de Antropología Forense. Pero son miles y miles los que aún no han ­podido ser rescatados a la luz. Dijo Marta Cisneros: "Queremos sus restos para darles un lugar de homenaje y de memoria. La cobardía del silencio de los asesinos quiere prolongarse". Ya no se trata de evitar el castigo, pues igual ha ido llegando; de todo el salvaje poder que tuvieron, aún les queda un modo de vejar.