El segundo retorno de Cristina
En debate está la noción de liderazgo que Cristina siente como propia.
En la cenagosa noche del sábado, Buenos Aires registró el segundo desembarco de Cristina Fernández desde que dejó la presidencia. Esta vez, su feligresía lució en desventaja. Tuvo que competir con los porteños que se congregaron bajo sus paraguas, en el Obelisco, para pedir por otro regreso: el de Lionel Messi a la selección. Segundas partes no son buenas. La expresidenta se vio forzada a repetir la épica del retorno porque en Santa Cruz la Justicia está husmeando en sus propiedades. Entre aquel regreso en abril y este en el crudo invierno, su fuerza política se ha diezmado y las evidencias de corrupción en su gobierno herrumbraron su prestigio público residual.Las peroratas por Facebook ya no alcanzan. Debe defenderse, en tribunales, de acusaciones concretas. La Cámara Federal ordenó al juez Sebastián Casanello que investigue a la expresidenta en la causa por lavado de dinero en la que permanece detenido Lázaro Báez.La diputada Margarita Stolbizer pidió que las causas abiertas contra Cristina sean consideradas desde la óptica integradora de una asociación ilícita.Algunos asesores de Cristina le sugieren no preocuparse por esa complicación. Horacio Verbitsky advierte que la asociación ilícita es la figura penal que se emplea cuando es imposible encontrar un delito imputable.Sólo a un improvisado le podría llamar la atención ese tropiezo argumental que considera a la asociación ilícita una figura penal, pero escasamente un delito. Verbitsky eludió con esos disturbios jurídicos sus antiguas responsabilidades por los crímenes de Montoneros. Pero no es un mandamiento escrito de las tablas de Moisés que Cristina logre obtener el mismo beneficio. Cristina tiene enfrente, además, el colapso de su liderazgo en el peronismo. Todo aquello a lo que se opuso, y ordenó a sus legisladores que obstruyan, fue obtenido exitosamente por el Gobierno de Macri.Ocurrió con el pago a los holdouts , al que ella caracterizó como una traición inexcusable. También con la ley ómnibus que calificó como un mamarracho jurídico. Y con los pliegos para integrar la Corte Suprema, que además obtuvieron votos en el Instituto Patria.El cristinismo se encoge y advierte que el peronismo se despide. En la desesperación, el progresismo (cuya ética pública claudicó con José López y por él fue sepultada) le agita ahora nuevos fantasmas a sus compañeros.Plantea que si el establishment consigue con Macri un orden político gobernable, no habrá alternancia para el peronismo. Y que si fracasa, será tiempo de reivindicar al kirchnerismo, que entonces no habrá estado muerto, sino sólo de parranda.Esa formulación nostálgica oculta una década entera: la de Carlos Menem, cuando el peronismo se travistió en los mismos términos del orden conservador que el cristinismo le objeta a Macri. Al igual que a Sergio Massa o a Juan Manuel Urtubey.No todas las alternancias son una reiteración de los ciclos históricos pasados. En rigor, podría conjeturarse que ninguna.En el fondo del debate, está la noción de liderazgo que Cristina siente como propia.Tulio Halperín Donghi decía que Hipólito Yrigoyen había encontrado en la fe cívica de la causa contra el régimen la coartada ideológica para construir una máquina electoral imbatible. Y tomaba de José Luis Romero la definición de "ideología de Estado Mayor" para caracterizar el estilo de liderazgo de Perón. Para quien la política se reducía a una técnica para obtener la obediencia: ordenar los patitos en fila y llevarlos al poder.Cada victoria electoral era, antes que una legitimación, la confirmación del genio innato de la conducción.A Cristina, siempre le sedujo más el estilo de martirologio que protagonizó Eva Duarte.Es posible que en las tribulaciones del presente crea que el arte de conducir se limita a subrayar la crueldad de sus supuestos perseguidores. Y que algún día volverá con su nombre como bandera de victoria.El peronismo conoce el final de ese relato. Incluso en el hoy improbable caso de que eso ocurriera, Cristina sería sólo un recuerdo antiguo.Otro sería el vencedor, que bautizaría con su nombre la nueva fase del movimiento.

