El riesgo de medir mal los tiempos
Las dosis excesivas de triunfalismo que se apropiaron del espacio opositor tras las elecciones primarias pueden transformarse en la única asistencia que encuentre el gobierno de Cristina Fernández en la campaña electoral que recomenzó.
Las dosis excesivas de triunfalismo que se apropiaron del espacio opositor tras las elecciones primarias pueden transformarse en la única asistencia que encuentre el gobierno de Cristina Fernández en la campaña electoral que recomenzó, bien que sus usinas de ideas y de propuestas parecen resignadas a un repliegue más forzoso que estratégico. No han sido pocos los dirigentes políticos que se dedicaron a contar los frutos del jardín de las delicias antes de la carrera de octubre, para la cual las primarias sólo definieron una grilla de largada. A su lado, referentes sociales de diferentes extracciones –desde el mundo del trabajo al más cauteloso del empresariado– han incurrido también en el apresuramiento por estrechar la línea de tiempo entre el presente y el recambio presidencial de 2015, como si fuese un trámite sencillo y sin trauma.Herido, el Gobierno nacional ensaya manotazos a ciegas, exprimiendo por aquí la bolsa de los recursos públicos y arrojando por allá algunos reparos ideológicos que ahora considera lastres.En ambos contendientes, se alcanza a entrever el rostro detrás de la máscara. La narrativa del progresismo kirchnerista ha alcanzado en su derrota el verdadero límite de sus avances: Daniel Scioli es la suma de sus esperanzas y también el contenido que le ha impuesto voluntariamente a sus reformas. Enfrente, el arraigo de Sergio Massa en las transformacionesdeclamadas de la década que pasó es un ancla en estado de abandono. Comienza a entreverse que su propuesta de moderación es un lento retorno a los orígenes, cuando el peronismo era también una promesa populista en alianza con el discurso de la revolución liberal.La contradicción entre Scioli y Massa es tan sutil que debería haberse resuelto en la interna de su partido. Una incógnita, sin embargo, les espera a los dos en la noche del 27 de octubre: una economía más rebelde con un gobierno más débil.Las variables cuya antigua dispersión justificó el esplendor del modelo kirchnerista están buscando ahora un nuevo punto de confluencia.El poder adquisitivo del salario, la competitividad del tipo de cambio, el nivel de las reservas y la expansión de subsidios y gasto público podían marchar alegremente por caminos separados, cuando los precios internacionales de los productos exportables subían sin techo y la depresión de principios de siglo ponía elcosto laboral en el subsuelo.Diez años después, diría Don Andrés, esa realidad no vuelve a mostrar el lado cortés. Ningún economista predice la probabilidad de un incendio, pero la mayoría arriesga un par de escenarios posibles para los dos años restantes del "pato rengo". En el primero de ellos, el Gobierno asume su responsabilidad en el tránsito hacia las nuevas legitimidades políticas y comienza a procurar los equilibrios perdidos. Ajustar cada variable implicará un costo, ya no en el momento de auge sino en el de declive. Una sola vez lo intentó Cristina: al comienzo de su segundo mandato, con la denominada "sintonía fina" sobre el costo de la energía. La simple percepción del malestar político inminente la disuadió. Esta vez, ese esfuerzo le será reclamado por otros, con mayor poder en las urnas. Le demandarán que afronte de esa manera su responsabilidad en la gestación de la tormenta y que no la deje como un legado tortuoso. En el segundo escenario posible, la Presidenta se planta en la decisión de no cambiar nada. ¿Por qué adoptar medidas impopulares si, en definitiva, es su propio Gobierno el que termina? Es el tablero más probable, si se considera la lógica de los antecedentes. Pero confrontará esta vez con dos limitaciones ineludibles: la progresiva licuación del poder político nunca favorece las obcecaciones, y alimentar lasdistorsiones de la economía pondría en sus narices el riesgo de una transición tumultuosa.Podrá observarse, a esta altura, que hay un hecho político desconsiderado de relevanciasuperior. Faltarán, después del 27 de octubre, dos procesos electorales más: las elecciones primarias para definir las candidaturas presidenciales y los comicios para renovar los poderes ejecutivos en el país y la mayoría de las provincias. Falta todavía resaltar ese horizonte ineludible que es la distancia restante hasta la verdadera elección de cambio de gobierno. Son cuestiones políticas centrales que se escapan del debate por la resistencia de los principales candidatos a aceptar un auténtico intercambio de ideas. En Buenos Aires, agonizan las posibilidades de un cruce entre Sergio Massa y Martín Insaurralde. En Córdoba, sólo Oscar Aguad y Carolina Scotto han actuado con la estatura admisible frente a esa obligación política. Juan Schiaretti la ha declinado sin justificativos verosímiles. Héctor Baldassi lo acompañó, si no en la misma decisión, al menos en la huida.

