El día del final para el sueño de Cristina eterna
Puede considerarse que el esquema argentino se acerca más a un sistema de partido predominante. Y con una estructura que concentra en torno de sí las herramientas para prevalecer y evitar alternancias.
Cuando pasado mañana evoque las tres décadas de la restauración democrática, el país tendrá en sus manos la más reciente cartografía para evaluar el trayecto realizado por su sistema de fuerzas políticas.
Desde aquel 30 de octubre de 1983 hasta el resultado de ayer, Argentina observará en un período –ya bastante cercano al de una generación completa– el recorrido del consenso de la recuperación democrática, sus percances y sucesos.
En el último capítulo, se encontrará con la presencia de al menos dos vastos espacios políticos que ahora se disputan el país de 2015.
De un lado, una nueva mutación de la tradición peronista. Del otro, un piélago de expresiones más o menos distantes de ese eje.
El peronismo , puede constatarse, es el oficialismo que ha gobernado –con muy breves interregnos– la treintena de años de la Argentina democrática.
A causa de ese partido oficialista resiliente, elástico hasta abarcar su propia contradicción, el sistema entero ha recibido en ocasiones la imputación de ser una matriz de partido hegemónico, e incluso de partido único, según el enojo de las miradas acres.
No parece ser una caracterización realista, aunque está claro que Argentina no es el caso de un sistema pluralista en sentido estricto y hace rato que abandonó la costumbre del bipartidismo.
Puede considerarse, entonces, que el esquema argentino se acerca más a un sistema de partido predominante. Con una estructura que concentra en torno de sí las herramientas para prevalecer y evitar alternancias. Y que se las arregla para resolver con artificios los desafíos de la distancia y la intensidad ideológica.
En ese camino, el peronismo perdió y se recuperó ante el radicalismo, se abrió a una coalición con el neoliberalismo después, y enfrentó a la alianza que se opuso a ese populismo conservador.
Cuando el derrumbe económico de principios de siglo conmovió los cimientos de la estructura social, se multiplicó en una triple oferta electoral en 2003. Admitió luego que su estructura fuese subordinada a otra, el Frente para la Victoria, para permitirse un nuevo giro ideológico. Y volvió a avanzar cooptando los restos de otras fuerzas estragadas por la crisis.
Nunca, en ese camino, el peronismo renunció a desobedecer el principio ordenador de la alternancia, según el cual las diferencias internas de los partidos no deben trasladarse al escenario de la elección general.
Al contrario, transgredir esa norma fue la llave que lo convirtió en la fuerza prevalente. En el último trecho, diseñó –para desconocer– un mecanismo de elecciones primarias con la misma obligatoriedad del voto universal.
Varios precandidatos presidenciales, herederos confesos de algunas de esas tradiciones de identidad peronista, se cruzaron ayer en la arena electoral. Juntos, además, sepultaron la ambición de otra postulante, recluida en Olivos.
Enfrente , tres emergentes distritales afirmaron su convicción de que otro sistema es posible. En el espacio no peronista, se lanzó Mauricio Macri y se consolidaron Hermes Binner y Julio Cobos.
Para bajarle el precio al triunfo de sus adversarios, pero sobre todo para simular templanza frente al colapso del proyecto de perpetuación que alguna vez imaginó, el kirchnerismo salió a recordar las ocasiones en las que los ganadores de elecciones de medio término se derrumbaron en la carrera final por la presidencia. Citaron numerosos ejemplos, en un país presidencialista donde ningún ciclo termina sin un relevo efectivo en el sillón de Rivadavia.
Argumentos que fueron menos que placebos, consuelos del primer día del resto de sus vidas. Pero falaces al fin: recién ayer, con el nuevo Congreso elegido, finalizó la íntima pretensión de Cristina. Aquella que nunca desalentó con decisión cívica, ni cuando recomendaba (a otros) desenredarse los rulos. El sueño de la presidencia eterna ha concluido. Tendrá el país poco para enorgullecerse si observa sus partidos políticos, pero podrá afirmarse en ese logro.
A tres décadas del prólogo rezado en las tribunas, la Constitución Nacional fue preservada por los argentinos de entonces y sus hijos.

