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El derecho a la desconfianza

Para responder a aquellas legítimas dudas, los argentinos se saben despojados de 
mecanismos que en democracias más avanzadas forman parte de la cultura política.

07 de octubre de 2013 a las 02:00 p. m.
El derecho a la desconfianza

¿Qué tan grave es la afección de salud de la Presidenta? ¿Le han recomendado el mejor camino para su recuperación, de la cual depende el normal desarrollo de los asuntos inmediatos del Estado nacional?

¿Cómo influirá esta novedad en las elecciones inminentes y en la transición por los dos años que le restan para 
finalizar su mandato?

El país se sumergió en tales incertidumbres desde el sábado, cuando la segunda pieza publicitaria preparada por la televisión estatal con la participación de un invitado mediático fue desplazada involuntariamente en la pantalla por un informe oficial sobre la salud de Cristina. Sin más detalles que un parte médico escueto y la versión de su reemplazo temporario por el vicepresidente, Amado Boudou.

Para responder a aquellas legítimas dudas, los argentinos se saben despojados de 
mecanismos que en democracias más avanzadas forman parte de la cultura política.

El Gobierno ha mantenido siempre un hermetismo –para decirlo con los adverbios de modo y de moda– “orgullosamente terco y eternamente
incorrecto” sobre la salud 
presidencial. Un traumatismo de cráneo, por ejemplo, es 
comentado dos meses después, cuando sus consecuencias fuerzan al relevo del mando.

El vocero oficial convocó a la prensa y leyó su comunicado, sin admitir ni las preguntas más relevantes. Quiénes y cómo cuidarán a la Presidenta y, sobre todo, quién y cómo
gobernará al país.

El repaso de los antecedentes es más grave aún. A poco de asumir su segundo mandato, la presidenta de la Nación reunió a los gobernadores 
para informarles que padecía una afección en la glándula 
tiroides y luego desplegó en público una reflexión que hizo temer que sufriera lo peor.

Aludió entonces a la fatídica secuencia de mandatarios de la región que enfrentaron tratamientos contra el cáncer: Lula, Dilma, Lugo, Chávez. Días después, un críptico diagnóstico de su elenco médico pronunció una fórmula incomprensible para las mayorías del país: “Falso positivo”.

El tumor indefinido fue 
todo un desafío para las lógicas polivalentes. Como el gato ni vivo ni muerto del experimento de Schrödinger. Por 
poco serio, el país lo olvidó un mes después, cuando se conoció el escándalo Ciccone y sus vinculaciones con el actual presidente interino de la 
Nación.

El nuevo episodio referido a la salud de Cristina se desarrolla en el contexto de una campaña en la que los sondeos preanuncian el fin de una etapa: la breve primavera oficial en la que todas las respuestas reposaban en un número de cábala, el 54 por ciento.

El mes de reposo que le han ordenado a la jefa del Estado la eximirá tanto de seguir participando en una campaña con destino de fracaso, cuanto de aparecer como el rostro del 
resultado, en la noche próxima del 27 de octubre. Se trataría, para quienes desconfían de la palabra del Gobierno, de un plazo muy conveniente desde la especulación electoral oficialista. Esa desconfianza, cabe aclarar, no debería escandalizar al kirchnerismo, que supo en su momento hacer de la conmiseración y el luto su más eficiente herramienta de campaña. Una dolencia física es un hecho connatural a la condición humana. Su utilización política es una decisión siempre controvertida, de 
sinuosa racionalidad instrumental.

Acostumbrado el país a
estos mecanismos que caminan del secreto al engaño, su escepticismo está justificado.

¿Qué será esta vez? ¿Falso o positivo? Acaso la respuesta más atinada sea una tercera excluida. Hay cuestiones 
estructurales de mayor relevancia para el país que la 
cefalea de sus gobernantes.

En 20 días, el voto de los 
argentinos dejará acaso en el pasado el audaz y obstinado proyecto de reforma de la Constitución para la perpetuidad presidencial. Entre tantas incertidumbres y zozobras habrá un motivo de satisfacción que no debería subestimarse. El consenso democrático que conformó la actual Constitución habrá sido preservado frente a una amenaza ejercida por una fracción en uso del vasto poder estatal. Y esa preservación no habrá sido mérito de ningún sector político en particular, sino de la movilización de millones de ciudadanos. De aquellos que dejaron su protesta pacífica en las 
plazas del país y que por ello sufrieron, desde los altavoces subsidiados, la desaprobación y la injuria. Ciudadanos que fueron desafiados a transformar su voz en voto, porque sus módicas pancartas no calificaban en las altas categorías de la filosofía oficial. Y que no
esperaron hasta hace dos días para que la Presidenta explicara, desde el escenario de una derrota y al chimentero más famoso, que nunca quiso la autosucesión sin fin.

Argentinos que empujaron al olvido aquel emprendimiento autocrático, para que no fuese más que otro rumboso y descartable “falso positivo”.