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El álbum de las figuritas repetidas

Nadie especula tanto como el Ejecutivo. Cada vez que devalúa nuestros billetes, el Central, como cualquier hijo de vecina que atesora dólares, “gana” en pesos. Y se los da al Gobierno para que los gaste.

11 de septiembre de 2014 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
El álbum de las figuritas repetidas

Para mi amigo Gustavo Dagnino, un problema peliagudo es que cada generación de argentinos parece condenada “a tener que completar su propio álbum de figuritas” del fracaso. Y es verdad: el nuestro parece un laboratorio hecho al cuete, una serie reiterada de experimentos de los que nadie guarda registro.

No nos vamos a aburrir con el perenne déficit del Estado (y la obvia fábrica de inflación o endeudamiento que ese rojo siempre tuvo). Ni con el lastre decadente de andar de default en default, como volverá a suceder el 30 de octubre, cuando se cumplan los 30 días de gracia para los vencimientos del 30 de septiembre, si se cumple la ley que en la madrugada sancionaba el Congreso.

Total, sobran las situaciones y experimentos en las que quedamos siempre atrapados, como tontos sin historia.

Especulación

La acusación de Cristina Fernández a las automotrices por “encanutar los autos” para “especular” con la devaluación del peso es enternecedora. Sí: toda actividad comercial, de cualquier tipo, implica especulación. Descubramos la pólvora: son las condiciones macroeconómicas, muy determinadas por la política oficial, las que llevan a la paradoja: por “h” o por “b”, a una fábrica de autos no le conviene vender autos.

Pero el gesto presidencial no es sólo tierno. También es muy cínico. El que está sentado sobre los dólares, por orden de Cristina Fernández y porque a esta altura no queda otra, es el Banco Central. Aunque usted no lo crea, cada vez que devalúa nuestros billetes, el Central, como cualquier hijo de vecina que atesora dólares, “gana” en pesos. Y esas “ganancias” son derivadas al Tesoro para que el Cristina Fernández siga postergando la racionalización de su desmadre administrativo.

En 2012 el Central “ganó” 32 mil millones de pesos, que puso en la billetera presidencial en 2013. En 2013 “ganó” 78 mil millones (hubo más devaluación), que ahora va girando al Tesoro. Eso es aparte de lo que el BCRA le “presta” al Tesoro insaciable.

Argentina ha sido así durante décadas de economía inflacionaria y devaluatoria. ¿No vamos a aprenderlo nunca? ¿Jamás lo vamos a enseñar en la secundaria, para que los ciudadanos no sean presa fácil de la Cadena Nacional de las Culpas Ajenas?

Aerolíneas

Aerolíneas Argentinas es figurita repetida. Por eso sorprendió que su presidente, Mariano Recalde, haya descubierto que es “insostenible” por la “irracionalidad” de los gremios. Recalde tenía sólo 18 años cuando Carlos Menem se sacó de encima ese añejo collar de bochas fiscal, luego de que Raúl Alfonsín no lo lograra. Después, con los mismos convenios laborales, fracasaron Iberia y Marsans.

Recalde ya tenía 37 cuando la Presidenta exhumó la fantasía Aerolíneas=Soberanía, estatizó la firma y lo puso de presidente. Y aunque todo el mundo no kirchnerista le avisó que estaba reviviendo un muerto devorador de dinero público, Recalde –que por supuesto nunca planteó cambiar convenios laborales– recién se dio cuenta ahora.

También acá hay mucho cinismo: hasta los gremios que se emocionaron con la estatización dijeron que 4.800 de los 12 mil empleados de Aerolíneas entraron con Recalde y que muchos son militantes de La Cámpora. Nada nuevo bajo el sol. Sólo la repetición.

Ganancias

Vamos a Mauricio Macri, que sorprendió al prometer que, si es presidente, “eliminará” la cuarta categoría del Impuesto a las Ganancias (la que pagan los asalariados) y bajará las retenciones al agro. También hemos tenido bajas de impuestos a la marchanta.

Se llama así pero Ganancias es, en realidad, un impuesto que grava en forma creciente los ingresos de personas físicas y jurídicas. Es uno de los tributos más justos y menos distorsivos que se conocen. No hay país moderno y desarrollado que no lo tenga como pilar. Macri podría proponer racionalizar la escala demencial que hoy la Nación aplica a los asalariados. Pero no debería tirarlo por la borda de la demagogia. Costó mucho capital político al gobierno que lo empezó a cobrar en serio (el de Carlos Menem, con Domingo Cavallo en Economía).

En cuanto a la baja de las retenciones a las exportaciones agropecuarias, la impone la necesidad, luego de que, en la mejor década, la Nación descapitalizara al campo y a buena parte del interior al quedarse, en total, con el 73,9 por ciento de su renta (última estimación, a junio, de la fundación riocuartense Fada). Y a cambio de nada: la Nación no invirtió en caminos, ni en autovías donde no haya que morir como moscas, ni en drenajes para una Pampa que se inunda con tres gotas, como ahora. Con más razón habría que bajarlas ante la caída de precios internacionales y la suba de costos internos.

Pero no es tan sencillo. Toda baja debería incluir la garantía de que el mayor ingreso relativo que obtuviera el campo sea incorporado sí o sí a la base de Ganancias y no se pierda en el arrabal de la economía en negro.

Tendría enormes ventajas: el productor que invirtiera pagaría menos y, el que no, pagaría más; incentivaría en serio la “industrialización” de la ruralidad; en lugar de fondo sojero, las provincias recibirían su porción de coparticipación de Ganancias; y ningún demagogo futuro reimpondría algo tan distorsivo: no valdría la pena el costo político de generar un nuevo ingreso a costa de disminuir otro.