Dios y el diablo en Cañada del Sauce
Las desventuras y el descanso de Echegaray y Kicillof no son el mayor de los problemas. La cuestión es menos lo que hacen con sus vidas que el modo en que arruinan las vidas de los demás.
Frente a su pródigo adversario Ricardo Echegaray, el ministro de Economía de la Nación, Axel Kicillof sacó ventaja con su excursión gasolera en las cercanías del rio Quillinzo. No hace mucho, en un puerto cercano de cuyo nombre prefiere no acordarse, aprendió con una silbatina la aritmética caprichosa que suele atravesar la razón política. Allí donde dos más dos puede no resultar cuatro y donde
para los inventores del cepo cambiario el crédito por capacidad contributiva para salir al exterior es un número natural cercano a cero. Aunque la cuenta bancaria amerite lo contrario.
En el caso del jefe de la Afip, ese registro financiero justificaría sobradamente una vida más que holgada en la Rusia de los zares, siempre que no se husmee en sus orígenes. Desde sus primeros tiempos como militante del neoliberalismo hasta su condición actual de recaudador del Politburó, el progreso no le ha sido esquivo. Y el Estado nacional todavía le adeuda, según sus cuentas, casi un año de vacaciones.
Las desventuras y el descanso de Echegaray y Kicillof no son, ni lejanamente, el mayor de los problemas que ellos le adeudan a la sociedad. La cuestión es menos lo que hacen con sus vidas que el modo en que arruinan, con todo éxito, las vidas de los demás.
Ambos son ahora las cabezas más poderosas del equipo económico de la Presidenta ausente. Se desprende de sus más recientes acciones que han recibido órdenes de reconocer la inflación sin mencionarla, aplicando un ajuste también anónimo a ser pagado por los sectores sociales más vulnerables. El Gobierno entiende que la inflación le conviene para solventar el gasto descontrolado del Estado y que los argentinos todavía pueden oblar ese impuesto en la caja del almacén.
Devaluación. Cristina disparaba anatemas contra los que mencionaban el retraso del tipo de cambio. Desde Kicillof, sin embargo, se ha producido el más notorio incremento de la devaluación de la moneda argentina de todo el ciclo kirchnerista.
Salvo para Echegaray, la incesante pérdida de valor del peso es un disuasivo harto más poderoso que el cepo para quienes prevén llevarse un dólar al exterior. Y además le garantiza al Estado mejor recaudación sobre la próxima cosecha.
Pero el efecto inflacionario de la constante devaluación del peso impacta de lleno en el bolsillo de los sectores de ingresos fijos.
Desde el primer trabajador –que en paz descanse– al último de los desempleados que cobran la Asignación Universal por Hijo.
Precios. El dólar así administrado en detrimento de la moneda nacional viene a ser el primero de los "Precios cuidados", según la nueva marca patentada por los herederos de Guillermo Moreno.
La flamante denominación del enésimo intento de congelamiento surgió tras otro capítulo del ajuste conducido por Kicillof. Sin mencionar la inflación, su equipo suscribió un acuerdo de precios de la canasta básica que blanqueó todos los aumentos que a ritmo frenético llovieron sobre las góndolas en diciembre.
Una vacuna importante. Sobre todo para los que no almuerzan en el Hotel Sofitel. El ajuste al bolsillo popular, no obstante, seguirá sin
llamarse ajuste. Y la inflación tampoco se llamará inflación: el Gobierno la informará con un nuevo índice de precios. Que como arranca este mes, en honor a su novedad no registrará ese blanqueo de los más recientes y nutridos incrementos. Estos quedarán sepultados en la deshonra del Índice de Precios al Consumidor, el jurásico IPC del Instituto Nacional de Estadística y Censos.
Valor. Augusto Costa, secretario de Comercio, ha explicado ayer que el ajuste será improvisado, largo y por no atacar las causas, inservible. Pese a ser su autor, Costa no cree que los precios cuidados sirvan para detener la inflación.
La canasta que acordó (sólo para Buenos Aires) tiene como modesto objetivo atenuar la pérdida de referencia de los consumidores sobre los precios relativos.
Por eso advierte: “El consumidor también tendrá que moverse, informarse, conocer”. Tanto keynesianismo de autoayuda tenía que desembocar en Lita de Lazzari.
Adviértase la confusión conceptual de quienes manejan la economía del país: no es la inflación desbocada la que corroe la noción social de valor. Es la incertidumbre social ante las ofertas diabólicamente dispersas de los súper aquello que provoca los aumentos de precios. Porque según el Gobierno, en la era de las comunicaciones informarse es caro y difícil.
Como para reconocer algún obstáculo en la cadena de formación de precios, Costa concluye, taciturno: “No nos podemos proponer, en un mes, llegar al tambero”.
En Cañada del Sauce, donde descansó Kicillof, o en los recónditos remansos del Quillinzo, Dios y el diablo habrán disputado quién se hace cargo del problema, antes de que los chicos lleguen al tambo. Nadie quiere el estandarte si es lunga la procesión.

