Son días de paz y de esparcimiento para la sociedad. Para el Gobierno nacional, son un bálsamo, tras el vendaval de denuncias contra Manuel Adorni y los números inquietantes de la economía.
Luego de las jornadas que imponen el calendario católico y el judío (este año coinciden las Pascuas de ambas religiones), la guerra en Medio Oriente tomará un curso decisivo, según advierte Donald Trump.
Occidente no es ajeno a la pronta resolución o no del conflicto, concentrado ahora en cómo se resuelve el paso por el estrecho de Ormuz, por donde circula el 20% del petróleo que se consume en el mundo.

En Europa, que carece de petróleo y de gas natural, las medidas de racionamiento rigen desde hace semanas.
España, donde vive la mayor comunidad de argentinos en el exterior, rebajó la carga fiscal a los combustibles. Aun así, las naftas y el gas aumentaron 10% y se espera un fuerte impacto en alimentos.
En Argentina, donde los combustibles subieron 20% desde el inicio de la guerra (28 de febrero), YPF anunció una controvertida medida, según el ideario libertario. Congelará los precios por 45 días, a través de un inédito mecanismo creado por sus autoridades.
Luis Caputo, quien admitió que el proceso de desinflación se frenó, está agradecido.
Economía sin paz
El anuncio de “una inflación que comience con cero” en agosto, según el presidente Javier Milei, o “en septiembre/octubre”, de acuerdo con estimaciones del ministro Caputo, asoma como una promesa de difícil concreción.
Los precios aumentaron en promedio en marzo en torno del 3% o más, con lo cual se completarán 10 meses de aquel lejano mayo de 2025, cuando el Gobierno festejaba 1,9% de inflación.
Los canales informativos y las redes sociales ligados al kirchnerismo no dejan de machacar a diario con la suba de los precios. La inflación de estos meses debiera ser una realidad incomparable para ese sector, si repasan sus últimas gestiones.
Es cierto, no obstante, que volvió a ponerse en marcha una cierta dinámica de aumentos que parecía haberse detenido meses atrás.
Analistas atribuyen ese empujón al alza de los servicios, que todos los meses reducen los márgenes de gasto de las familias y, por ende, de consumo, lo que golpea al comercio y, por traslado, a la industria y a la construcción.
Ese “efecto cascada” negativo se trasladó a la mora en los créditos. El 10% de los préstamos tienen atrasos en las entidades bancarias y financieras; en las billeteras virtuales, alcanza al 25%.
Ciertos bancos comenzaron a insinuar una refinanciación de las deudas; en especial, para pequeñas y medianas empresas.
La mora complica el nivel de actividad; origina previsiones en los bancos (lo que afecta sus ganancias), y preocupa al Gobierno, ya que la economía se ralentiza.
Un cóctel indeseado
El cáliz amargo que beben Caputo y su equipo es por la desaceleración de la inflación y un crecimiento raquítico en el último trimestre, que se registra en pocos sectores (petróleo, gas, minería y agro).
A ese cuadro se suma la apreciación del peso frente al dólar, que alienta las importaciones y los viajes al exterior: se espera un boom de argentinos en Estados Unidos para el Mundial de Fútbol, además de los viajes planeados para el verano europeo.
El Banco Central compró desde enero más de U$S 4.200 millones, pero las reservas apenas se movieron, por los pagos al exterior, por la liquidación de importaciones y por las compras de dólares realizadas por los argentinos, que los colocaron en el colchón, pese a los ruegos de Caputo.
La escasa acumulación de reservas es un tema que sigue con atención el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los acreedores, inquietos por saber si Argentina tendrá recursos para pagar sus obligaciones este año y en el desafiante 2027.
Los días de paz son apenas un bálsamo para Milei, quien está obligado a sostener a Adorni, el candidato natural para la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (Patricia Bullrich no es considerada “tropa propia”), y para el equipo económico.
Los precios en alza, una imperceptible mejora de la economía, la falta de reservas en el Banco Central y la apreciación del peso son un cóctel difícil de asimilar para el ministro y sus principales espadas.
No es esta la Semana Santa de 1987, pero los problemas existen y aguardan señales clave, para evitar una explosión.

