¿Deuda para la transición o para la continuidad?
Las coincidencias más genéricas aparecen cuando sugieren pasar con la topadora sobre los escombros de la década ganada.
No ha pasado tantotiempo. "Sin deuda, somos más libres", pregonaba en su sitio web el Ministerio de Economía de la Nación. En agosto de 2012, el entonces ministro Hernán Lorenzino había organizado, para el anuncio de la cancelación de un bono de deuda, un acto al que imaginaba como la declaración de la segunda independencia del país. Dispuso, a tal efecto, inaugurar un reloj con cuenta regresiva hacia el día y la hora en que concluyera el pago del Boden 2012, un título cuya emisión se amplió 15 veces durante la gestión del expresidente Néstor Kirchner, por unos 5.400 millones de dólares.Sin aquel tono heroico, tiempo después entró en pánico ante una periodista griega que le preguntó cuál era el índice de inflación oficial. Aunque todavía es funcionario, su última aparición fue como colaborador del canal Paka Paka, a pesar de Francisco de Laprida.Cuando la delegación argentina sondee desde hoy en Washington los ánimos de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos en torno de uno de los litigios que todavía pesan como legado del default de principios de siglo, el actual ministro, Axel Kicillof, estará pensando menos en aquella gesta emancipadora de 2012 que en las posibilidades de avanzar en la consecución de nuevos préstamos externos para el país.Argentina necesita saldar aquellos pleitos para volver a tomar créditos en condiciones normales. Según coinciden economistas de distintas vertientes de opinión, requiere de esos recursos para que el ajuste en marcha no se precipite con mayor gravedad.La estabilidad cambiaria alcanzada tras la devaluación y el freno al drenaje de reservas del Banco Central se sostiene todavía, de manera precaria, con una política monetaria muy astringente que induce a la retracción económica y al consecuente traslado a la discusión salarial de renovadas acechanzas de desempleo.Aun sumando la revisión incipiente de subsidios encarada por Kicillof, todo eso no alcanza para equilibrar los números. Antes que acometer una verdadera reducción del gasto público improductivo y resignar los grandes enclaves de resistencia fáctica que espera dejar sembrados en la administración como campo minado para un futuro gobierno, el kirchnerismo ha resuelto salir de nuevo a tomar deuda. Coincidencias Algunos conocedores de los mercados de crédito señalan una coincidencia riesgosa. De un lado, hay ahora una renovada expectativa de inversores por lo que viene en Argentina tras el fin de ciclo. De otro, Kicillof y compañía pujan esta vez por obtener una oportunidad de endeudamiento que antes denostaron y que sólo existe porque se ha consolidado la certeza de que se van.Al abandonar su prédica sobre el desendeudamiento, el Gobierno esta aplicando también un ajuste a su antiguo relato. Pero, al mismo tiempo, para preservar intactas sus estructuras se juega a conseguir fondos como una suerte de inversión en resistencia política de largo plazo. Financiada a valor presente neto por el conjunto del país y presentada en el foro como generosidad de la transición.Es lo queda del impulso inicial del cristinismo. La estrategia de retirada y un estado de ánimo que representó Luis D'Elía en su reciente conversión pascual hacia una nueva narración del amor. Distracciones La oposición, que es a esta altura casi todo lo que camina por fuera de la Casa Rosada, debería advertirlo. Pero permanece obsesionada con el debate de las reglas de juego para definir lo que vendrá. Daniel Scioli y Sergio Massa se disputan a brazo partido los residuos del PJ, que prepara para mayo la resurrección de su Congreso Nacional. Una de las discusiones es qué harán con el jarrón chino: el Frente para la Victoria, ya derrotado en las urnas.Enfrente, un enjambre de posiciones encabezado por socialistas y radicales lanzará una coalición cuya definición más controvertida es, en estas horas, si apoyará o recibirá el apoyo del partido de Mauricio Macri, en una eventual segunda vuelta. Un cubo de Rubik.Las coincidencias más genéricas aparecen cuando sugieren pasar con la topadora sobre los escombros de la década ganada. Una tarea para la cual el Gobierno insiste en tomar la delantera.

