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Desafueros, expulsiones y dignidades

En el caso  De Vido, sobresale el contraste con un antecedente histórico en el que el peronismo aprobó un desafuero por causas sideralmente distintas.

10 de julio de 2017 a las 12:01 a. m.
Desafueros, expulsiones y dignidades
Julio De Vido. Diputado nacional (DyN / Archivo).

En su empeño por asemejarse a Podemos, el populismo de centroizquierda en España, la alianza kirchnerista Unidad Ciudadana podría adoptar la tesitura de Pablo Iglesias sobre los aforamientos. Así le llaman en España a los privilegios judiciales en los cuales se vienen escudando los políticos de la derecha complicados en casos de corrupción. Podemos quiere cambiar la constitución de su país para eliminar esos privilegios.

Pero Julio de Vido y Cristina Fernández no están para sutilezas. Se juegan el pellejo en mantener fueros o conseguirlos.

La única ayuda les llegó del juez que denegó un pedido de desafuero y de un antiguo aliado, Sergio Massa. Quien renuncia a sus fueros cuando nadie se lo pide, pero difícilmente comparecería de modo espontáneo en Tribunales para contar lo que vio y oyó cuando era jefe de gabinete. En un equipo de ministros en el que De Vido era menos que él, pero más que él.

Cristina guardó silencio ante el reclamo de desafuero para que De Vido rinda cuentas ante la Justicia. Un silencio que contrastó con sus airados reclamos a Eduardo Angeloz para que abandonara su banca. Cuando ambos compartían el recinto en el Senado nacional.

Angeloz se sometió a una investigación de la que salió absuelto. Nadie reivindicó su voluntaria inmolación política.

Carlos Menem, en cambio, fue el candidato presidencial que venció a Angeloz. Cuando dejó el poder, fue juzgado por la venta irregular de armas a Ecuador y Croacia. Una operación triangulada, ejecutada con decretos secretos, para venderle material bélico a Ecuador, que estaba en tensión diplomática con Perú. Argentina, a la sazón, era miembro del grupo de países que mediaba para evitar un enfrentamiento armado. Lo mismo en el conflicto bélico en Croacia. Menem vendía armas a una de las partes contendientes mientras enviaba una delegación argentina a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas.

Por estos hechos, Carlos Menem ha sido condenado. El mandato que actualmente cursa en el Senado de la Nación lo obtuvo en alianza con el kirchnerismo. Intentará repetir en octubre. La Justicia federal riojana ya rechazó la impugnación a su candidatura.

Rápida de reflejos, Elisa Carrió vio que el juez Luis Rodríguez le evitaría a De Vido el purgatorio del desafuero y redobló la apuesta al reclamar la expulsión del exministro de la Cámara Baja.

Se trata de un procedimiento que Cristina conoce bien. En el año 2003 encabezó una iniciativa similar en el Senado para sacar al entonces legislador y gremialista Luis Barrionuevo. Cristina se enfrentaba con una alianza de menemistas y duhaldistas que defendían a Barrionuevo. Una entente liderada por los senadores Miguel Pichetto y Jorge Yoma.

Estuvo a un voto de conseguirlo. El duhaldismo salvó a Barrionuevo con el concurso de una ignota senadora que había ingresado como suplente de Raúl Alfonsín: Diana Conti.

En el caso de Julio De Vido, sobresale aún más el contraste con un antecedente histórico en el que el peronismo aprobó un desafuero por causas sideralmente distintas.

La mitología política más reciente sólo evoca el discurso de Ricardo Balbín en los funerales de Juan Perón. Pero es una lectura incompleta si no se recuerda el comienzo de la curva histórica que ese mensaje cerró como un círculo perfecto. Ese punto inicial fue otro discurso de Balbín, cuando la Cámara de Diputados, presidida en 1949 por Héctor Cámpora, aprobó su desafuero.

El motivo estaba lejos de cualquier causa de corrupción. Al contrario, era el presidente del bloque radical y lo echaban del Congreso por desacato a Perón. Porque pronunció un discurso crítico en una asamblea de su partido.

“Si este es el precio por haber presidido este bloque, han cobrado barato. Fusilándome, todavía estaríamos a mano”, dijo Balbín al despedirse de su banca. Minutos antes, había lanzado una advertencia: “No me detendré en la puerta de mi casa a ver pasar el cadáver de nadie, pero estaré sentado en la vereda de mi casa para ver pasar los funerales de la dictadura”. Balbín fue preso por su disidencia. Y aquella advertencia enardecida, un cuarto de siglo después, se transformó en la despedida del adversario al amigo.