A un año de la muerte de Francisco. "Cuidar", la palabra que definió a Francisco

A un año de la muerte de Jorge Bergoglio, el arzobispo Ángel Rossi traza un perfil de su legado. Sencillez evangélica y potencia gestual fueron sus sellos para hacer historia en la Iglesia.

20 de abril de 2026 a las 12:01 a. m.
Ángel Sixto Rossi, cardenal y arzobispo de Córdoba
"Cuidar", la palabra que definió a Francisco
El papa Francisco. (Domenico Stinellis)

Francisco era un hombre de profunda intimidad con Dios, un hombre de oración. Una intimidad que se convierte en servicio. Francisco es uno de esos hombres y mujeres que, en vida, montan el Evangelio “en pelo”, sin aperos, y que, por eso mismo, dejan al descubierto nuestras mediocridades y pretextos.

Otro mundo posible

El pontificado de Francisco fue gestual. Con sus palabras y, sobre todo, con sus gestos, nos hizo saber de manera rotunda que otro mundo es posible:

*Que el sistema económico basado en la idolatría del dinero es injusto, porque enriquece a unos pocos y convierte a la gran mayoría en “sobrantes”.

*Que la actitud de los países ricos de rechazo a los migrantes es una vergüenza.

*Que vivimos en la burbuja del consumo y, muchas veces, con el corazón anestesiado ante el sufrimiento humano.

*Que el ambiente “cortesano” es la lepra de la Iglesia; que los pastores han de “oler a oveja” y no convertirse en clérigos de despacho o coleccionistas de antigüedades, ni caer en el “carrerismo”; que la confesión no puede ser un “tribunal de castigo” sino un lugar de misericordia; que hay que evitar el autoritarismo en el gobierno de la Iglesia; que no hay que teorizar desde el laboratorio sino experimentar la realidad del pueblo.

*Francisco nos invitó a respetar la diversidad y a recordar que la Iglesia no es una “ONG piadosa”, sino la casa de Dios que ha de despojarse de todo lo mundano, y acoger a todos.

*Que son miserables las guerras; todas, y es miserable la muerte de los niños y de los inocentes en ellas.

*Que las confesiones religiosas del mundo deben aunarse para resolver el problema del hambre y de la falta de educación.

Gestos nítidos

El pueblo creyente y no creyente captó los gestos de Francisco: besar a un niño discapacitado; lavar los pies a una joven musulmana; elegir Lampedusa –donde el mar Mediterráneo se convirtió en un cementerio de migrantes– como destino de su primer viaje apostólico; usar sus zapatos viejos; no vivir en los palacios; viajar por Roma en un auto sencillo y pequeño; conceder entrevistas a periodistas no creyentes; sepultar en el cementerio para los cardenales del Vaticano a un hombre de la calle que falleció bajo la Columnata de Bernini, en la Plaza de San Pedro; llamar durante meses, todos los días, a la misma hora, al párroco de Gaza que cuida a los refugiados víctimas de la guerra; enviar ambulancias de última generación a Ucrania, entre tantos otros gestos concretos de amor. Gestos que no inauguró durante su pontificado, sino que los heredó de Jorge Mario Bergoglio, del padre Jorge, del cardenal Bergoglio.

Su pobreza personal no fue oportunista ni mediática. Todos saben que siempre fue austero hasta el sacrificio. Bergoglio fue coherente en serio con su sentida opción por una vida pobre.

Con una sencillez evangélica que descolocó muchas veces las prácticas y las costumbres vaticanas. Sencillo no sólo en la ropa y en el lenguaje (lejos de discursos abstractos) sino, también, en las costumbres, rechazando modismos palaciegos, algunos ritos y formalidades que no reflejan la simplicidad del Evangelio de Jesús.

Francisco abrazó a las viejas de las parroquias, besó a los pobres, visitó a los encarcelados, atendió y llamó a las personas más sencillas, “perdió tiempo” con gente que no tenía poder alguno; mostró una Iglesia despojada y en salida. Se cansó de pedir a los curas que estuviéramos disponibles para el pueblo, que nos mantuviéramos abiertos a la escucha y al diálogo, que en el Sacramento de la Reconciliación no fuéramos jueces implacables, que saliéramos a las periferias, que nos ocupáramos de los "descartables" de la sociedad.

Les gritó a los jóvenes: “Vuelen alto y sueñen en grande”, “no balconeen la vida”, “métanse en ella como hizo Jesús”, “hagan lío”, “no tengan miedo de cuestionar”.

El legado

Francisco nos previno de la autorreferencialidad, es decir, de una Iglesia que se mira el ombligo. "Salgan de las cuevas, salgan de las sacristías, salgan de los salones VIP. Prefiero una Iglesia herida por salir, que enferma por cuidarse”. Francisco fue audaz. No se echó nunca atrás por más que intentaron voltearlo con calumnias y ataques.

A los hombres de gobierno les recordó que su misión es "cuidar la fragilidad del pueblo. Y no aprovechar el poder para obtener beneficios personales, sino para cuidar a la gente, para sostener y promover a los más débiles”.

"Cuidar", en general, es una palabra que definió a Francisco. Porque eso es lo que Dios hace con nosotros. Francisco lo decía de esta manera: “Dejate misericordear por Dios”.

Los más frágiles siempre encontraron en él a un padre, poseedor de una magnanimidad con la fragilidad humana que marcó su papado. Los pobres, los frágiles son los que mejor lo entendieron, los que más lo disfrutaron y los que hoy, seguramente, más lo lloran y extrañan.

Nos toca, fieles a su legado, y a un año de su partida, gestar un mundo más justo y fraterno, una Iglesia más sencilla y comunitaria, más nazarena, que huela a oveja, a Jesús y a Evangelio.