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Cristina necesita un alquimista, pero Vanoli no es mago

Son dos legados de Fábrega: una deuda del Central con los depositantes de los bancos que creció 132% en 11 meses y una deuda en dólares oculta con proveedores externos de U$S 5.000 millones.

02 de octubre de 2014 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
Cristina necesita un alquimista, pero Vanoli no es mago

De tanto huir hacia adelante, al final Cristina Fernández llegó. Con la salida de Juan Carlos Fábrega del Banco Central, la Presidenta pierde al único funcionario de alto nivel que los agentes económicos en general consideraban portador de sentido común. Ahora, ella deberá ser su propio dique de contención.

En los mercados veían a Fábrega como un hombre con atributos modestos –no tiene título universitario, por caso, la carta orgánica del Central no lo exige– pero conocedor del sistema financiero. Cuando, en enero, tras la devaluación, Fábrega emprendió una típica política de banco central (aspirar dinero del mercado tomando prestado el dinero de los depositantes de los bancos) el mercado le puso un rótulo: dique de contención del desmán presidencial. Eso podía funcionar un rato, hasta que Axel Kicillof dejara de usar al Banco Central como gigantesca caja chica de un fisco desquiciado que, durante 10 años, le fue demandando cada vez más dólares (para pagar sus deudas sin recursos propios) y pesos (para pagar los gastos de una maquinaria política tan demagoga como improductiva). Kicillof prometió quitar subsidios, pero sólo lo hizo parcialmente con el gas.En las vísperas del último default parcial, el mercado ratificó que Fábrega era de los suyos. El titular del BCRA alentó que un pool de bancos comprara el juicio ganado por los fondos buitre y consintiera en esperar a cobrarlo hasta enero, con la cláusula Rufo vencida. Kicillof pulverizó su inspiración en una conferencia de prensa.Como Kicillof no hizo su trabajo y el Central tenía que seguir mandándole pesos en contenedores, Fábrega no tuvo otro remedio que seguir aspirando pesos. Eso demandó tasas altas de casi 30 por ciento, de niveles recesivos. Kicillof se enojó y lo forzó durante unas semanas a bajar las tasas. La inflación y el blue dieron otro obvio respingo.Como el Ejecutivo también le siguió exigiendo dólares, para no perder reservas el Central fue demorando la liquidación de dólares para pagar importaciones, incluso las autorizadas por Economía. También era recesivo.Son dos legados de Fábrega: una deuda del Central con los depositantes de los bancos que creció 132 por ciento en 11 meses y ya es una bola de nieve que amenaza exportar la crisis transformándola en bancaria; y una deuda en dólares oculta con proveedores externos que pasó de cero a más de 5.000 millones de dólares.Fábrega no pudo encontrar la cuadratura del círculo que exige la política elegida por Cristina Fernández con el manual de Kicillof. Esa política necesita un mago alquimista que convierta los pesos excesivos en los dólares que son tan escasos. Como eso es imposible –y, que se sepa, el sucesor de Fábrega es economista y no químico– Alejandro Vanoli tiene uno de estos dos destinos: Remontar todos sus antecedentes y demostrarles con paciencia a los agentes económicos que puede ser un nuevo Fábrega, un último dique de contención para una política descalabrada. Inventar nuevos métodos para demorar lo inevitable, con una colección de nuevos controles para cerrar aún más el cepo cambiario. Para lo primero, necesitará un tiempo cada vez más escaso. Para lo segundo, sólo necesita obedecer. Lo que no podrá hacer es magia.