Córdoba, sin liderazgos y sin Syngenta
Dos de las seis agrotecnológicas más grandes del mundo quisieron poner un pie en Córdoba. Pero los cordobeses somos vivísimos: no las dejamos.
Esta vez no hizo falta que el ambientalismo de cabotaje supiera que, en 1939, un investigador de Geigy descubrió las propiedades insecticidas del DDT. Tampoco hizo falta que esa militancia aplicara su primitiva propiedad transitiva del mal a Syngenta –que hoy engloba a aquella vieja compañía química suiza– para machacar con el DDT, como lo hizo en su momento con Monsanto y el agente naranja. No fue necesario porque, a partir del caso Monsanto, está claro que Córdoba es hostil a las inversiones agrotecnológicas. En esta provincia no se producirán semillas de maíz. Ni con Monsanto, ni con Syngenta, ni con nadie más. No tanto por culpa de su adolescente lobby ambientalista sino, sobre todo, por la cobardía de su elite política. Que actúa como Cristina Fernández: le encantó sacarse fotos en Estados Unidos para anunciar la inversión de Monsanto que no fue en Malvinas Argentinas y dar lecciones sobre la "industrialización de la ruralidad", pero calló para siempre ante la impugnación superficial de la corrección política.Lo mismo hicieron el gobierno de José Manuel de la Sota y sus funcionarios. A ellos también les gusta hablar del "valor agregado local", pero después se esconden sin dar la discusión. Está plagado de intendentes como Eduardo Accastello, al que le encantó sacarse la foto en la etanolera de ACA, en Villa María, pero no quiere a Monsanto "ni en Córdoba ni en el país".La Unión Cívica Radical viaja en el mismo bondi: dejó en banda al intendente de Malvinas, Daniel Arzani, y se silenció cuando el radical Juan Jure, apretado por 20 manifestantes en la plaza Mójica, de Río Cuarto, prohibió incluso un laboratorio donde nadie iba a procesar un solo grano sino apenas a realizar una fase primaria de investigación de unos cuantos kilos de maíz.Ni hablar de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), cuyo Consejo Superior, encabezado por el rector Francisco Tamarit, se dejó secuestrar por un grupito y abandonó al decano de Agropecuarias, Marcelo Conrero. Curioso espíritu científico.Hasta las cámaras empresarias faltaron a la cita. Se dieron por hechas con un par de comunicados temblorosos, que no le importaron a nadie.Fumigados con moralina, ninguno de todos los que consideran ridículo que preparar semillas de maíz sea más peligroso que almorzar con cianuro se animó a llamar por teléfono a los demás, para proponerles explicar entre todos a una sociedad que, con razón, no les cree nada. Podrían haber explicado: Que el maíz es vital para Córdoba. Por su volumen/peso comparado al de la soja, es un cultivo mucho menos rentable que la oleaginosa a medida que las tierras se alejan de los puertos. Así que Córdoba es el lugar en donde la soja más tenderá a ganarle al maíz en toda la pampa. El daño ambiental es obvio: siete hectáreas de soja por una de maíz significa que ya no se rotan cultivos. Que el maíz tiene más chances de industrializarse localmente. Tanto por la incidencia del costo de transporte como por su excelencia forrajera, su transformabilidad en etanol y su uso mucho más amplio que la soja en la industria alimentaria. La soja sólo tiene un destino: Rosario-su ruta-China. Sale como aceite, biodiésel o harina, todo industrializado al borde del Paraná, porque así le conviene a la estructura de costos de esa cadena. El maíz puede convertirse, en Córdoba, en carnes, cueros, lácteos, etanol, alimento para mascotas y de todo tipo. En las etanoleras de Río Cuarto, Villa María o Alejandro Roca, trabajan ingenieros. La soja sólo requiere camioneros. Que insume menos combustible. Al no tener que viajar en igual medida a Rosario, la cadena del maíz demanda menos camiones en las rutas y menos gasoil que la soja. Que por todo esto, hay pocos lugares en el mundo, aparte de Iowa, tan predestinados al maíz como Córdoba. La producción de la semilla implicaba un paso más para integrar, aquí, a todos los eslabones de la cadena agroindustrial más importante de todas. No en vano dos de las seis agrotecnológicas más grandes del mundo quisieron poner un primer pie acá. Pero los cordobeses somos unos vivos bárbaros: no las dejamos. Agrónomos, químicos y biólogos de la UNC y la Universidad Nacional de Río Cuarto y el Conicet: sigan tramitando visas. Eternamente. Monopolio... del atraso En cambio, hemos preferido seguir importando semilla. Un poquito más cara, desde Rojas, Buenos Aires, donde hace años las produce Monsanto, en una planta igual a las que tiene en Francia, Hungría y Rumania o a las siete que Syngenta tiene sólo en Canadá y Estados Unidos, sin que se hayan reportado terneros de tres piernas. Y desde Zárate traeremos los insecticidas que Syngenta fabricará allí en lugar de semillas de Villa María. En Buenos Aires son menos atávicos. Nosotros no queremos que una parte de la plata que ponen los chacareros cordobeses para comprar semillas quede aquí. Seguiremos pagando gustosos estas pequeñas pero numerosas contribuciones a nuestra kelperidad.Córdoba se ha pegado un tiro en el pie. Su elite política –si le cabe el rótulo– demostró que sólo le interesa controlar un monopolio: el de la vocación por el atraso. A sus miembros les faltan el nervio y la capacidad. No son líderes que puedan conducir nada. Ni siquiera son seguidores de encuestas. Son más medrosos que eso: cuatro pancartas sobran para amilanarlos.

