Congreso volátil, calor de sucesión
No hay certezas de cuál será la producción legislativa. Sería poco probable que el kirchnerismo se arriesgue a enviar leyes polémicas.
El nuevo Congreso que dejó la elección del domingo será más ecléctico, más dinámico y más impredecible que el actual.
A diferencia de los últimos 10 años, la división entre kirchneristas y antikirchneristas no será el único nomenclador de la realidad, como pasó en 2011 cuando la mayoría se alineó detrás de la hegemonía de Cristina Fernández y apabulló a las fuerzas opositoras. O como sucedió en 2009, cuando se armó un conglomerado de bloques no-K (el famoso “Grupo A”) para controlar las dos cámaras y relegar lo más posible al oficialismo.
Esta nueva realidad se explica porque los comicios dejaron en carrera, bien posicionados, a un puñado de dirigentes opositores y oficialistas que aspiran a convertirse en dueños del poder a partir de 2015. Por lo tanto, su actuación en el Parlamento –o la de sus legisladores– pasará a ser parte de la construcción de una opción electoral.
Los intereses personales se mezclarán, más que nunca, con la faena legislativa.
En este lote debe mencionarse a opositores como Sergio Massa, Mauricio Macri, Hermes Binner, Julio Cobos, José Manuel de la Sota, Elisa Carrió y a los oficialistas Daniel Scioli, Jorge Capitanich y Sergio Urribarri. Aunque no todos hayan quedado igualmente bien parados tras los comicios.
Si bien Cristina Fernández puede dormir unos días tranquila con la placa estática que dejaron los comicios, ya que mantendrá ajustadamente el control de ambas cámaras (133 diputados y 39 senadores), nadie espera que no haya fluctuaciones y reconfiguraciones en las diferentes bancadas en los próximos dos años.
La historia reciente de la política argentina está llena de ejemplos que grafican las fugas de un espacio a otro. Como la cooptación por parte del kirchnerismo, allá por 2005, del médico Eduardo Lorenzo, “Borocotó” (quien había ingresado por el macrismo a Diputados), lo que dio lugar a la creación del neologismo “borocotización”. O como la abrupta conversión en antikirchneristas de legisladores del riñón oficialista luego del conflicto con el campo en 2008 (es el caso del bonaerense Felipe Solá).
El riesgo para el Gobierno es que Sergio Massa avance más, empujado por la avalancha de votos bonaerenses. Ya le “arrebató” cuatro diputados luego de las Paso y ahora conversa con algunos legisladores del interior que el oficialismo contabiliza como aliados. Además, podría sacarle representantes a la UCR, al PRO y atraer a gran parte del PJ disidente. Aunque seguramente tendrá, por lo menos al principio, algunos límites en los sectores del PJ no oficialista que responden a líderes como Adolfo Rodríguez Saá, Mario Das Neves o José Manuel de la Sota, porque ningún caudillo tradicional está dispuesto a regalarle nada a la joven figura.
En la centroizquierda y la UCR, ven con buenos ojos la creación de un gran interbloque en ambas cámaras, seducidos por la idea de competir todos en las primarias de 2015. Pero esto es algo que está muy verde. Son los socialistas de Binner los más desconfiados, porque pasarían a depender de una relación de fuerzas de dos a uno, en la que los radicales tendrán más poder. Esta idea prematura implicaría la convivencia de las diferentes versiones del radicalismo, la Coalición Cívica de Carrió, Proyecto Sur de “Pino” Solanas y el conjunto de bancadas seguidoras de Binner (socialistas, Libres del Sur, juecistas, Unidad Popular y el GEN). Todas estas expresiones normalmente votan de modo muy diferente las leyes clave, lo cual no sienta un buen precedente.
El macrismo tiene por estas horas el panorama más claro: intentará plantarse como una opción opositora no-peronista y no-radical, dejando en el pasado su alianza electoral con el massismo, que expiró ayer.
En este nuevo esquema, no hay certezas de cuál será la producción legislativa. Como el kirchnerismo conserva por escaso margen el control de las dos cámaras, sería poco probable que se arriesgue a enviar leyes polémicas, que podrían quitarle apoyos clave. Pero la oposición tampoco tendrá número suficiente para sacar de los cajones los proyectos que el oficialismo durmió desde que consiguió, hace dos años, el 54 por ciento en las urnas.

