Lejos, la mayor preocupación que tienen los vecinos de Córdoba Capital en relación a su ciudad radica en el estado de las calles. Las encuestas que manejan en el Centro Cívico indican que en el primer puesto de los reclamos están los baches, con el 35%. Por primera vez, la inseguridad quedó en el segundo puesto de los reclamos urbanos, con el 30,5% y en tercer lugar lo sigue la iluminación, con el 22,3% de las consultas.
Recién después aparece con el 21% el transporte y con el 16%, la recolección de basura.
Es cierto, fue un verano intensamente llovedor. También sabemos que la ciudad es extensa, con una superficie de 576 km2, el triple que la ciudad de Buenos Aires. Son los dos argumentos que esgrimen siempre los funcionarios, no importa cuándo leas esto.
Daniel Passerini asumió como intendente después de haber acompañado como vice a Martín Llaryora, con un doble problema. Por un lado, una herencia pesadísima con pasivos que debió cubrir y de la que obviamente no podía hablar, y por el otro, un estilo de gestión abismalmente opuesto a su antecesor con poca inclinación a las fricciones.
Según su estilo, tampoco se aboca 24-7 a la diaria. Y hoy los cordobeses de la capital estamos en una crisis que no nos merecemos.
¿Por qué los cordobeses no merecemos estar en esta situación?
En primer lugar, porque el municipio recauda. Y recauda requetebien. Sólo en 2025, de ingresos propios que pagan quienes viven en la Ciudad, juntó $ 826.955 millones, la cifra resultó 56% más alta que la de 2024, superando en 25 puntos la inflación del año.
Eso significa que los 1.498.060 cordobeses que viven en Capital aportaron $ 552.017 promedio en el 2025, a razón de $ 1.512 por día. Si se suman los $ 449.166 millones de coparticipación provincial (que contiene los ingresos nacionales que los funcionarios dicen que no llegan), el esfuerzo tributario de cada cordobés fue de $ 1,27 millón al año. Casi un sueldo promedio de un laburante promedio, íntegro al municipio.
Por supuesto que siempre hay restricciones presupuestarias y que quien gobierna quisiera tener un presupuesto infinito, pero la plata que hay lejos está de ser despreciable. El problema está en las prioridades que se marcaron para el uso de esos fondos.
En segundo lugar, la crisis es inmerecida para los cordobeses porque mientras los ciudadanos la siguen remando, el municipio pareciera que vive en una realidad paralela, con empleados que trabajan sólo si les llega el módulo de horas extras y las bonificaciones salariales.

La Ciudad terminó el 2025 con 10.555 empleados en relación de planta permanente, pero además están los becarios, los servidores urbanos, los de la guardia urbana, los del COYS, los que quedan en la Tamse y los monotributistas, que le agregan 15 mil agentes más al municipio, algunos precarizados y otros con buenos contratos.
Hay 13 Centros Operativos –12 están en galpones alquilados cercanos a los CPC– que deberían funcionar como un relojito para atender las demandas vecinales. Se logró, después de 20 años, la famosa descentralización operativa, pero los resultados no se trasladan todavía en la calle. Si la respuesta fuese como dicen los funcionarios, la ciudad debería brillar.
Pero la app ciudadana exaspera a los vecinos y el estado de las calles y la falta de iluminación siguen al tope de los reclamos. El 18% del presupuesto se gasta en higiene urbana, la participación más alta desde la democracia a esta parte; más otro 15% que se va en subsidios varios al transporte.
El problema está lejos de ser estético. No es tampoco una demanda de bienestar, que bien legítima es. La ciudad para la enorme mayoría de los cordobeses es parte del trabajo cotidiano: no podemos laburar sin la ciudad. Un corte en la Mujer Urbana un lunes a las 10 que te atrasa media hora genera ineficiencia.
Un bache que te rompe el tren delantero, un corte que te obliga a modificar tu ruta y hacer más kilómetros, un colectivo que no pasa y te hace perder el presentismo o una cadena de semáforos mal sincronizados que te pone los nervios de punta.
El costo es casi invisible, tácito, pero está: la ciudad te patea en contra. La respuesta invariable de los funcionarios cuando se les piden explicaciones es correr hacia adelante: siempre es “estamos por”, sea licitar, encarar, anunciar, cambiar. La gestión local abusa del lenguaje en tiempo futuro, poco en presente.
Las culpas son ajenas
¿Y entonces? En público, Passerini dice que es porque la Nación dejó de enviarle plata y que la gestión de Milei fracasó. En privado, sus funcionarios admiten fallas en la gestión y ensayan varios argumentos: que el intendente no confía en nadie; que es imposible que con dos funcionarios en quienes descansa se pueda gestionar la segunda ciudad del país y que no hay chances de eludir eternamente el conflicto.
El Gobierno provincial ha salido al rescate del intendente, con un plan de reparación integral de las calles y con la reposición y mantenimiento de las luminarias de plazas vía Epec. La factura del enojo por Passerini le pega directo a Llaryora. Necesitan mejorar la performance en Capital para tener alguna chance de continuidad en 2027.

