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Cifras selectas en el “monodiálogo”

El discurso de ayer de la Presidenta no estuvo exento de ironías ni “chicanas”, pero no es justo –y menos aún conveniente– reclamarle a nadie que deje de ser quien es.

22 de agosto de 2013 a las 02:00 p. m.
Redacción La Voz
Cifras  selectas en el “monodiálogo”

Tampoco se puede todo. El discurso de ayer de la Presidenta no estuvo exento de ironías ni “chicanas”, pero no es justo –y menos aún conveniente– reclamarle a nadie que deje de ser quien es.

Comparada con su resentida aparición del miércoles –cuando despreció como “suplentes” de un supuesto poder en las sombras a quienes habían sido votados por el 74 por ciento de los argentinos–, la Cristina Fernández de ayer mostró al menos voluntad de plantear sus argumentos.

Una lástima que no pudiéramos escuchar los argumentos del resto. Primero, porque a quienes estaban allí como invitados al diálogo no les dieron micrófono público durante 56 minutos, como tuvo ella.

Segundo, porque los partidos políticos opositores siguen exiliados: por ahora, el Gobierno sólo hablará con algunos sectores de algunas corporaciones.

Aun así, para quien desde que preside el país ha dado sólo dos conferencias a estudiantes extranjeros, en el extranjero, lo de ayer fue casi revolucionario.

A la Patagonia o a la Siberia

La Presidenta defendió con solidez sus políticas ante quienes ella considera –se supone, porque no ha dado nombres– los “titulares” del poder: los directivos de algunas corporaciones empresarias y de las dos mitades oficialistas de las dos centrales sindicales. Hugo Moyano y el campo están en Siberia, con la oposición.

Atropelló con cifras. Eligió para comparar a Canadá y a Australia, dos países que muchos argentinos suelen considerar la utopía abortada de nuestro país. Con las variables y para los períodos que ella eligió, Argentina queda bien parada. Comparó la relación entre reservas internacionales y producto bruto e importaciones, los déficits fiscales y los superávits comerciales entre los tres países. Los números son verdaderos y esas variables, muy importantes.

Lo que sí, se podrían agregar otros datos, sacados todos de las estadísticas del Banco Mundial. Van varios ejemplos.

La inflación promedio en Australia en los últimos cinco años fue de 2,84 por ciento; en Canadá, 1,78 por ciento. La cifra oficial de Indec es de 9,04 por ciento y la inflación verdadera ronda unas 10 veces la inflación promedio australocanadiense. Se podría comparar con Chile (2,56 por ciento promedio anual en el quinquenio) o con Brasil (5,52 por ciento). Siempre resultará complicado explicar por qué la “kirchnernomics” es tan inflacionaria.

Capaz que tenga algo que ver con la impresión de dinero. En los últimos tres años, la cantidad de dinero en Argentina creció 31 por ciento promedio anual. En Australia, lo hizo al 8,4 por ciento. En Chile, al 7,28 por ciento.

Ajuste silencioso

El Estado argentino, voraz, no está pudiendo dejar de emitir y de fumarse reservas del Banco Central. Y ese es el problema clave, para el que la Presidenta debería tomar decisiones difíciles. Si no, la inflación hará el trabajo sucio.

La presión impositiva sobre la economía privada –que, encima, pierde competitividad por la inflación– es ya muy alta. Banco Mundial: en 2012, los impuestos totales pagados por las empresas como porcentaje de sus ganancias fueron del 108,3 por ciento en Argentina; de 47,5 por ciento en Australia; de 26,9 por ciento en Canadá; de 28,1 por ciento en Chile y de 69,3 por ciento en Brasil.

Al crédito también se lo chupa (desde hace décadas, no sólo ahora) el Estado. Los préstamos a privados en Argentina equivalen a apenas 18,4 por ciento del PIB, mientras que acumulan 123,3 por ciento en Australia; 128,2 por ciento en Canadá; 73,2 por ciento en Chile y 68,4 por ciento en Brasil.

Así, no queda mucho margen para la inversión privada. Máxime si las empresas no se sienten muy seguras (LAN, ¿te suena?). Según un índice del uno al 10 que compara la fortaleza de los derechos legales, el BM calificó a la Argentina con un promedio de cuatro en 2012. Australia sacó un 10 y Canadá tuvo que conformarse con un 7.

Números hay para todos los gustos. La cuestión es reconocer si se siente una piedra en el zapato o si se hará de cuenta que todo está genial como está.