Hay una palabra que une dos puntos no muy remotos: el cine teatro Sporting, de Laboulaye, y el Congreso Nacional, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Digresión, según el diccionario, significa “acción y efecto de romper el hilo del discurso y de introducir en él cosas que no tengan aparente relación directa con el asunto principal”.
Ese recurso –del cual abusó Javier Milei el domingo a la noche en la Asamblea Legislativa– es bastante parecido a aquel al que apeló Martín Llaryora cuando abrió las sesiones de la Legislatura en el sur provincial, un mes atrás.
Ambos tenían sendos discursos redactados con mucha prolijidad, donde ensalzaban los logros y prometían un futuro venturoso, pero terminaron suscitando la atención con las estocadas verbales hechas por fuera de la lectura.
El gobernador y el Presidente coincidieron en una postura gestual y política: la reelección como prioridad antes que la gestión.
Los dos buscaron esas cuestiones básicas de los manuales de campaña, que hablan de la construcción de un adversario y de la generación de un relato propio.
Milei dejó claro quién quiere que siga siendo su antagonista, el kirchnerismo, mientras va ajustando el relato en la medida en que espera que llegue al bolsillo el famoso ordenamiento de la macroeconomía.
En cambio, Llaryora está encontrando más dificultades en los dos objetivos.
En teoría, el rival debería ser el mileísmo, pero en Córdoba el Presidente conserva importantes índices de aceptación.

Ya ha sido dicho y repetido que el gobernador tiene escasos márgenes para hacer una oposición frontal a la administración libertaria, en especial en el Congreso, por la dependencia que tienen las provincias de las decisiones nacionales y porque un colapso de la gestión nacional puede arrastrar a los gobiernos distritales.
Entonces, ensaya con los socios locales de Milei, mientras les hace llegar todo tipo de propuestas para que dividan lo más posible la oferta electoral opositora el año que viene.
Cargos y votos
Además, sigue buscando una narrativa que vertebre su gestión y que lo aleje lo más posible de ser visto como la continuidad de un proyecto político que gobierna desde hace casi 30 años la provincia.
Todavía no la encuentra de manera clara. Es muy difícil mostrarse como parecido pero diferente; como nuevo, pero continuador.
Por eso, va jugando con las estructuras del Estado para ver si encuentra una herramienta electoral.
A fin de año fue sumar a dirigentes capitalinos en distintos niveles del gabinete provincial, para ver si podían levantar el aplazo de la gestión municipal.
Y como la figura de Daniel Passerini aparece íntimamente ligada a la de Llaryora en todos los sondeos que se encargan en el Centro Cívico, el gobernador salió con el intendente capitalino a tapar baches por las deterioradas calles de la ciudad de Córdoba.
Ahora, a la fase capitalina se suma la operación interior: traer a intendentes de distintos puntos a engrosar los sobrecargados ministerios para apostar a que –como supo ocurrir allá lejos y hace tiempo– los resultados de tierra adentro compensen los capitalinos.
Por cierto, esta ingeniería olvida que el voto ciudadano se ha transformado cada vez en más autónomo y hay una vasta cantidad de dirigentes (en todos los espacios) que no representan más que un voto: el de ellos.
Además, duplica o triplica el poder de decisión en cada cartera. Hay ministerios que tienen, por debajo del ministro, dos vices: uno del interior y otro de Capital.
Más cargos es más gasto, y no necesariamente más soluciones. De hecho, hay ministerios con fuertes ruidos por superposición de tareas, como también hay algunos donde los titulares de la cartera respiran aliviados por no tener que firmar algunos expedientes que pueden terminar bajo más de una lupa.

