
Relaciones: los jóvenes priorizan la conexión mental sobre lo físico, según un estudio global
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Redacción La Voz
¿Hay apatía entre los jóvenes? ¿Les interesa la política en este particular momento del país? Desde hace mucho tiempo, estas preguntas son claves para tratar de anticipar el futuro de la Argentina. Por estos días, la respuesta es que, al menos por el nivel de participación en las últimas elecciones, el interés ha decaído y el horizonte no es claro.
Lo dicen los números. En las elecciones legislativas de 2025, más de 3,4 millones de argentinos de entre 16 y 29 años no fueron a votar. Eso representa el 36,3% del padrón de ese grupo etario. Dos años antes, en 2023, la proporción había sido del 32%.
En apenas una elección, el segmento más joven del electorado argentino sumó más de 360 mil ausencias.
Los datos, más que coyuntura, parecen marcar una tendencia y deberían incomodar a cualquier funcionario que hable de democracia participativa. Pero, sobre todo, deberían preocupar a Javier Milei, quien ha tenido un fuerte apoyo de los sectores más jóvenes del país en su camino hacia la presidencia de la Nación.
No es una especulación. Son datos provistos por la Cámara Nacional Electoral (CNA) que sirven para un análisis comparativo realizado a partir de los padrones electorales de las últimas dos elecciones generales, desagregados año a año y por edad. Con eso en mano, es posible rastrear con precisión quién votó y quién no, según los diferentes grupos etarios.
Uno de los datos más llamativos del análisis no aparece en los extremos, sino en el corazón del grupo etario que, se supone, debería ser el más fácil de incorporar al sistema. Son los jóvenes de 19 años los que, en 2025, registraron la mayor suba de abstención de todo el padrón, ya que pasaron del 25,8% al 31,8%, un salto de casi seis puntos porcentuales en dos años.
No es un valor atípico, porque en el resto de las edades hay comportamiento similar. A los 23 años, el salto fue de 5,1 puntos; a los 26, también 5,1; a los 22, 4,8 puntos.
Es decir que en la franja de 18 a 29 años el deterioro es sistemático.
De esta manera, en 2025 uno de cada tres jóvenes de entre 18 y 29 años no fue a votar (34,4%). No porque la ley no los obligue, sino porque –y aquí se abren varias interpretaciones– el sistema no ha logrado que la obligación se transforme en convicción (y además, porque la multa por no votar es un chiste).
Para entender la magnitud del problema, sirve mirarlo desde el otro lado. Los argentinos con mayor tasa de participación electoral en las últimas elecciones fueron aquellos que tienen entre 56 y 65 años. En ese rango, la abstención se movió entre el 18% y el 19%. Es decir que apenas uno de cada cinco no concurrió.
Son personas nacidas entre 1960 y 1969, que vivieron su primera adultez bajo la transición democrática, que votaron a Raúl Alfonsín, a Carlos Menem, que atravesaron la crisis de 2001 y siguieron concurriendo a sufragar. Para ellos, es muy probable que ir a votar se haga cada vez más con cierta resignación, pero no se ausentan.
El contraste con los más jóvenes es brutal porque estadísticamente un argentino de 19 años tiene hoy el doble de probabilidad de no votar que uno de 60. Esa distancia no existía con la misma intensidad en las elecciones de 2023.

Hay otro dato que desafía el sentido común: en Argentina el voto es obligatorio entre los 18 y los 70 años; y a partir de los 71, es optativo. La lógica diría que la abstención entre los mayores debería ser más alta porque les cuesta más moverse, tienen problemas de salud o porque se hartaron de que no cambiara nada. Y efectivamente es así, porque en 2025 el 54,6% de los mayores de 70 años no votaron.
Pero lo notable es que esa cifra bajó respecto a 2023. Las mayores reducciones de abstención se registraron en personas de entre 79 y 86 años, donde varios grupos de esa franja mejoraron su participación en casi dos puntos porcentuales.
Una hipótesis podría decir que el voto, para quienes van a las urnas desde hace décadas, es un hábito incorporado y resiste mejor el desgaste de los fracasos. Y que, en cambio, para quienes están empezando a construir esa relación con la democracia, el primer empujón importa mucho.
A eso lo marca el análisis sobre la conducta de los jóvenes de 16 y 17 años. Como allí el voto es optativo, no sorprende que la abstención haya sido la más alta de todo (fue del 51,7% en 2025), lo que habla de casi uno de cada dos.
Lo que sí sorprende es que ese porcentaje haya crecido. Desde 2023 hasta 2025, los de 17 años pasaron de abstenerse en un 46,7% a hacerlo en un 51,1%, un salto de más de cuatro puntos. La leve baja entre los de 16 años (menos de 0,2 puntos) no alcanza para decir que la tendencia allí es positiva.
Traducido: más de un millón de jóvenes de 16 y 17 años están habilitados para votar, pero la mitad no lo hace. Mensaje también para el sistema político que en su momento celebró el voto a los 16 como un avance democrático (teléfono para el kirchnerismo) y que no logra convertir ese reconocimiento en práctica.
En ese contexto, y con la preocupación de la abstención, la CNE convocó la semana pasada a organizaciones de la sociedad civil, como el Cippec, Poder Ciudadano, Conciencia, Pulsar.UBA, entre otras, para discutir los desafíos de este escenario, pensando en 2027. El diagnóstico, a partir de la baja participación de los jóvenes, es que es urgente reforzar la formación cívica.
El encuentro, realizado el miércoles 6 de mayo, también abordó el desempeño de la Boleta Única Papel, que tuvo su estreno nacional en 2025 y fue evaluado positivamente. Sin embargo, algunos de los participantes advirtieron sobre un punto que los datos de abstención juvenil hacen más urgente: de poco sirve simplificar el instrumento si cada vez menos jóvenes se presentan a usarlo.
También fue motivo de preocupación el proyecto de ley para una reforma electoral, sobre todo en los cambios en la rendición de cuentas de campaña y el riesgo de perder el debate presidencial obligatorio. En un escenario donde la desinformación y la fragmentación del debate público son fenómenos reconocidos, eliminar uno de los pocos espacios de contraste directo entre candidatos parece, cuanto menos, inoportuno. Fue otra de las conclusiones.
¿Por qué es tan importante el dato de la abstención para Milei? Porque el apoyo de los jóvenes al libertario ha sido uno de los fenómenos centrales de la política. Ese fenómeno, que se venía manteniendo estable, ahora parece empezar a moverse. Si bien la fortaleza del oficialismo en ese segmento continúa siendo alta, especialmente entre varones jóvenes de nivel socioeconómico alto, hay señales de desgaste.

Por ejemplo, en el índice de confianza en el Gobierno (ICG), de la Universidad Di Tella, mostró en abril la caída más pronunciada del apoyo al Gobierno justamente en el grupo que había funcionado como núcleo duro del mileísmo. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, la confianza en la gestión cayó 25,8% y descendió a 2,22 puntos. El retroceso desplazó a los jóvenes del primer lugar entre los segmentos de mayor respaldo.
Sin embargo, otras mediciones exhiben que el oficialismo aún conserva allí su principal activo político. Una encuesta reciente de la consultora casatres3, de Mora Jozami, sobre percepción de gestión y dirección del país, revela que el grupo más alineado con Milei sigue siendo el de los varones jóvenes de nivel socioeconómico alto.
Entre los hombres de 16 a 29 años de clase alta, la evaluación positiva de la gestión alcanza el 67%, muy por encima del promedio general, que se ubica en 47. En el extremo opuesto aparecen las mujeres mayores de 60 años de nivel socioeconómico bajo, donde la desaprobación llega al 84%.
La diferencia etaria y de género también aparece en la percepción sobre el rumbo del país. Mientras el 41% de la población considera que Argentina va en el camino correcto y el 52% cree lo contrario, el respaldo sube con claridad entre los jóvenes.
En la franja de 16 a 29 años, el acuerdo con el rumbo del Gobierno alcanza el 51%, por encima del promedio nacional y también del registrado entre mujeres y habitantes del Amba.
Ese comportamiento no surge de manera aislada. Un estudio nacional reciente, titulado “Jóvenes, valores, política y democracia”, elaborado por Pulsar, de la Universidad de Buenos Aires, sobre 2.494 estudiantes de entre 16 y 19 años, muestra que allí se mantiene adhesión a la democracia como principio, aunque con una relación más distante y crítica respecto del funcionamiento del sistema político.
El informe describe una juventud que sostiene valores democráticos fuertes, pero que participa desde una lógica de baja intensidad y compromiso selectivo. El 54% considera que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, aunque también crecen la indiferencia y el desencanto en sectores de menor capital cultural y menores ingresos.
En paralelo, aparece una tensión relevante para entender el fenómeno Milei. Los jóvenes expresan voluntad de votar y respaldan el sufragio obligatorio, pero mantienen una mirada escéptica sobre la capacidad transformadora de la política. El 72% sostiene que votar es importante, aunque no alcanza para decidir lo que pasa en el país.
Ese clima de desconfianza hacia el sistema tradicional convivió en los últimos años con una fuerte receptividad hacia discursos de ruptura como el de Milei, quien logró capturar parte de ese malestar con un discurso contra la “casta”. En especial, entre hombres jóvenes, urbanos y de ingresos medios y altos, el libertario encontró un electorado que no se sentía contenido por la “grieta”.
Los últimos estudios, sin embargo, sugieren que el vínculo entre el oficialismo y ese segmento podría empezar una etapa menos automática. Y la abstención podría estar dando una respuesta más detallada.
Porque, aunque el apoyo sigue siendo considerablemente más alto entre los jóvenes que en otros grupos etarios, ya no muestra la homogeneidad ni la intensidad de los primeros meses de gestión. La caída registrada en la medición de Di Tella refleja que incluso el núcleo que aparecía más consolidado comienza a exhibir desgaste, en un contexto en el que el respaldo juvenil podría ser decisivo para el Gobierno el año que viene.