Aniversario. A 108 años de la Reforma, el abrazo celeste y las preguntas de Deodoro Roca y Arturo Orgaz

El Manifiesto Liminar reformista de 1918 puesto a la luz de la Universidad de hoy, con sus avances, sus reclamos y también sus deudas pendientes

14 de junio de 2026 a las 04:11 p. m.
A 108 años de la Reforma, el abrazo celeste y las preguntas de Deodoro Roca y Arturo Orgaz
Originales de la Reforma Universitaria de 1918 de la Universidad Nacional de Córdoba.

De tantos abrazos que se dieron y que se imaginaron en otro plano con el segundo gol del Uvita Fernández ante River, hay uno que tiene una dimensión histórica muy singular en las vísperas de los 108 de la Reforma Universitaria.

Alguien podría imaginar a Deodoro Roca y Arturo Orgaz regresando a Córdoba, recorriendo las calles de Alberdi, donde se gestó el movimiento reformista de 1918, y vestirse de celestes para celebrar el Julio César Villagra.

Muchos años antes de que ese predio fuera la cancha del Club Atlético Belgrano, Roca y Orgaz transitaban la zona.

Orgaz fue uno de los fundadores y primer presidente de Belgrano. Roca fue uno de los primeros socios del Celeste. A metros del Gigante de Alberdi, sigue estando el Hospital Nacional de Clínicas.

Fue en ese edificio donde comenzó a encenderse la chispa que desembocaría en la Reforma Universitaria de 1918.

Cuando las autoridades aprobaron un nuevo reglamento para el internado estudiantil y respondieron con sanciones a quienes protestaban, el conflicto dejó de ser un reclamo sectorial. Los estudiantes empezaron a cuestionar un régimen universitario que consideraban cerrado, aristocrático y ajeno a las transformaciones que atravesaban el país, que tenía en la gestión del radical Hipólito Yrigoyen su primera presidencia gracias al voto universal, secreto y obligatorio.

Imaginando

Pero vamos a seguir imaginando que Deodoro Roca y Arturo Orgaz caminan por las calles de Córdoba para llevarlos a la Ciudad Universitaria y evaluar la Universidad Nacional de Córdoba a luz de aquel movimiento del 15 de junio de 1918.

Imagen histórica de la reforma universitaria de 1918 en Córdoba.
Imagen histórica de la reforma universitaria de 1918 en Córdoba. (La Voz)

Es probable que se encuentren más de una razón para celebrar (como en Alberdi) y otras para cuestionar.

Entre los primeros, una universidad pública, gratuita y masiva; cientos de miles de estudiantes provenientes de sectores sociales que en 1918 jamás habrían imaginado pisar un aula universitaria; mujeres ocupando espacios de conducción que entonces les estaban vedados; científicos produciendo conocimiento de relevancia internacional.

Entre las preguntas incómodas, tal vez la más importante es que la Reforma Universitaria nunca fue una celebración del orden existente. Fue una impugnación. Un cuestionamiento profundo a las estructuras de poder, a los privilegios y a las instituciones que se volvían incapaces de revisarse a sí mismas.

Por eso, a 108 años de la Reforma Universitaria, quizás el mejor homenaje no sea preguntarse qué lograron los reformistas, sino qué estarían cuestionando hoy.

Seguramente defenderían la autonomía universitaria. Después de todo, fue una de sus grandes conquistas.

Pero también se preguntarían para qué sirve esa autonomía. Si es una herramienta para garantizar libertad académica, producción científica y pensamiento crítico, o si en ocasiones puede transformarse en una excusa para evitar debates necesarios sobre transparencia y rendición de cuentas.

También celebrarían la desaparición de los cargos vitalicios que combatieron con tanta fuerza en 1918. Sin embargo, difícilmente dejarían de observar cómo algunas estructuras universitarias tienden a reproducir liderazgos durante largos períodos y cómo la renovación efectiva de las conducciones sigue siendo una discusión abierta.

Cuestionar lo establecido

Quizás encontrarían una contradicción aún más preocupante en otro terreno. La Reforma fue una apuesta por la ciencia frente al dogma y por el conocimiento frente al oscurantismo. La universidad que imaginaron debía investigar, innovar y dialogar con las corrientes intelectuales más avanzadas del mundo.

En un contexto donde universidades e institutos científicos enfrentan dificultades presupuestarias crecientes, probablemente advertirían que no hay proyecto reformista posible sin inversión sostenida en educación superior, investigación y desarrollo tecnológico.

Y seguramente volverían a insistir sobre una idea que atraviesa todo el legado reformista: la universidad no existe para sí misma.

Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba, son Patrimonio de la Humanidad.
Manzana Jesuítica. El Monserrat, la Compañía de Jesús y la Universidad Nacional de Córdoba, son Patrimonio de la Humanidad. (La Voz / Archivo)

Existe para la sociedad. La extensión universitaria, una de las contribuciones más originales de 1918, surgió precisamente de la convicción de que el conocimiento debía salir de los claustros y ponerse al servicio de las necesidades populares. Más de un siglo después, la pregunta sigue vigente: ¿cómo dialoga la universidad con los problemas concretos de su comunidad?

La mejor manera de recordar la Reforma Universitaria no es convertirla en una estampita ni en una ceremonia anual. Es recuperar su espíritu crítico. Porque si algo caracterizó a los reformistas fue su negativa a aceptar que las instituciones, por prestigiosas que fueran, dejaran de ser discutidas.

Los dolores que quedan

Una de las frases más recordadas del Manifiesto Liminar de la Reforma es: "Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan".

¿Cuáles son los dolores que le quedan hoy a la universidad argentina?

● La dificultad de miles de estudiantes para sostener sus estudios.

● La precarización de docentes jóvenes e investigadores.

● La crisis presupuestaria.

● La concentración de poder en ciertas estructuras académicas.

Si los dolores de 1918 eran producto de una universidad cerrada a la sociedad, los dolores actuales parecen surgir de una universidad que logró democratizarse, pero que enfrenta dificultades para sostener las condiciones materiales a la vez que su propia misión y lugar en la sociedad está siendo cuestionado.

"La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando."

¿Hasta qué punto la universidad actual sigue promoviendo la renovación académica y el debate intelectual que reclamaban los reformistas?

"Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres".

En 1918 apuntaba contra profesores designados por vínculos personales y no por méritos académicos. Hoy podrías resignificarla preguntando: ¿Cómo se garantiza la excelencia académica en un contexto de salarios deteriorados, investigadores que emigran y jóvenes graduados que encuentran cada vez menos incentivos para desarrollar carreras científicas?

"La ciencia frente a estas casas mudas y cerradas pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático".

Los reformistas reclamaban una universidad capaz de producir ciencia y dialogar con el mundo. Más de un siglo después, la discusión ya no pasa por abrir las puertas a la ciencia sino por garantizar las condiciones para que la ciencia pueda seguir desarrollándose.

"Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclama el sentimiento y el concepto moderno de las universidades."

La autonomía universitaria sigue siendo una conquista irrenunciable. Pero los reformistas probablemente recordarían que la autonomía no fue concebida para proteger corporaciones ni estructuras permanentes de poder. Fue pensada para garantizar una universidad más democrática, más transparente, más científica y más comprometida con la sociedad.

Cada aniversario de la Reforma Universitaria de 1918 suele convocar los mismos homenajes. Se recuerdan el Manifiesto Liminar, la rebelión estudiantil cordobesa y la expansión de sus ideas por América Latina. Sin embargo, más de un siglo después, quizás el mejor homenaje no sea repetir consignas, sino volver a formular las preguntas que aquellos jóvenes se animaron a hacer.

Por eso resulta pertinente preguntarse qué significado tiene hoy aquella bandera reformista. La autonomía universitaria continúa siendo una conquista fundamental.

Sin ella sería imposible garantizar la libertad de pensamiento, la investigación crítica o la producción de conocimiento independiente. Sin embargo, la autonomía nunca fue concebida como un fin en sí mismo. La pregunta sigue siendo la misma que hace más de cien años: autonomía, ¿para qué?

Una universidad autónoma debe ser también una universidad capaz de rendir cuentas ante la sociedad que la financia. El debate contemporáneo sobre auditorías y mecanismos de control suele presentarse como una falsa disyuntiva entre autonomía y transparencia.