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Una vulnerabilidad de la que no se habla

Al hablar de los niños y jóvenes que crecen con altos niveles de consumo, un desarraigo marca el primer escalón de esa intemperie en que se traduce la vulnerabilidad. María Alejandra Lazzarini.

25 de julio de 2012 a las 12:01 a. m.
María Alejandra Lazzarini (Docente)
Una vulnerabilidad de la que no se habla

M ucho se lee acerca de la estigmatización de la infancia pobre, de los desafíos que la educación debe afrontar en torno de los niños que, por carencias de distinto tipo, se vuelven vulnerables, sufren desigualdades y recorren trayectorias irregulares, alternas y hasta obturadas dentro del mismo sistema. Sería un despropósito ético ignorar semejante realidad. También lo sería dejar de preguntarnos e intervenir en torno de ella. Sin embargo, aparece otra realidad en la que pensar. No son sólo esos niños y jóvenes los que necesitan ser mirados, porque hay una infancia y una adolescencia sumergida en la sociedad de consumo con altos recursos, que se vuelve altamente vulnerable. Y es la escuela el escenario de sus manifestaciones. Es posible pensar esta vulnerabilidad de un modo diferente a la de los niños pobres, aunque en términos de subjetividad pedagógica los fenómenos de arriba y de abajo terminen por provocar necesidades similares y cuestiones comunes de salvaguarda y protección.Al hablar de los niños y jóvenes que crecen con altos niveles de consumo, un desarraigo marca el primer escalón de esa intemperie en que se traduce la vulnerabilidad; una ligazón débil y fluida, poco consistente con el presente de respuesta inmediata y necesariamente satisfactoria, con imposibilidad de memoria en tanto conexión con el pasado y a veces de proyección al futuro. Hablamos no en el sentido de carencias de horizontes sino de una relación dominante entre demanda y satisfacción inmediata.En otro escalón de la vulnerabilidad aparecen sustituciones y abandonos que devienen de la ilusión que generan el consumo, la subjetividad mediática, la virtualidad del desamparo, la destitución de la categoría de ciudadanos, la individualidad extrema, la apropiación tecnológica y la despersonalización; todas formas del olvido "del otro", con la creencia engañosa de que "el otro está, siempre atento a mi sujeción narcisista"... Cuando la ficción se convierte en realidad, el "como si" es la expresión de esa realidad. Y la educación desactiva su potencial transformador para ser una fórmula repetitiva y reproductiva de ese desamparo. Los niños y jóvenes no sólo pierden el registro del "otro" sino el registro de "lo otro". Y entonces el ofrecimiento de la educación en torno del conocimiento se vuelve vacío, una tentación para la poquedad pedagógica, una interrogación sobre "de qué igualdad" hablamos. Finalmente, un tercer escalón de esta condición de vulnerabilidad es la carencia de deseo. Eliminar la vivencia de "la falta de lo que falta", anular la experiencia de "lo que alguien me pide", produce una inasible sensación de aburrimiento, de desconsuelo, de desinterés profundo. Aunque los discursos promuevan la igualdad, en las aulas y en las escuelas se observa y se viven las diferencias (que tampoco son las diversidades de las que el discurso educativo se apropia, necesariamente).La vulnerabilidad es cosa de la educación, porque interroga sobre la falta de sentido y la necesidad de construirlo y enseñar a construirlo; sobre el valor del conocimiento hoy; sobre el equilibrio entre tradición e innovación; sobre qué hacemos los educadores con las contradicciones planteadas entre la subjetividad mediática y la subjetividad pedagógica; sobre nuevas categorías sociales en las que pensar.Interroga la propia intemperie de los educadores cuando, estando frente a la clase, huimos... o permanecemos sin estar allí...