Días contados. Así es vivir en un motorhome

Entre el motor, la compu, las fotos y los libros, cada día se llena más, con los recuerdos de mi vida, mi lugar en el camping.

03 de julio de 2026 a las 11:42 p. m.
Así es vivir en un motorhome
Días Contados.

Un motorhome es un vehículo motorizado que integra una cabina de conducción con un espacio habitable. Es un hogar en movimiento, donde las personas construyen su vida, guardan sus recuerdos y llevan consigo todo aquello que las hace sentir en casa. Ahí trabajo, en un motorhome. O ese es el sobrenombre que le puso Pepe, mi jefe, a mi escritorio.

Mi vehículo tiene un motor, una caja negra que se encuentra detrás de dos pantallas. Mi motor tiene fotos con mis amigos de la facultad, del trabajo y con mis hermanas, y una postal que me trajo mi amiga, Mer, de su viaje a Roma. Todas estas imágenes están puestas sobre mi motor; con imanes, aunque no es lo recomendado.

Sobre mi motor, hay un autito amarillo que representa a Luigi, el Fiat 500 italiano, de la película Cars. También hay un colectivo que me compró mi tía en un viaje a Estados Unidos cuando yo tenía 6 años. No es un colectivo cualquiera: es de esos naranjas que aparecen en las películas y que al frenar les sale una señal de stop por el costado.

Del lado izquierdo –si lo ves de frente– hay ocho libros blancos que me traje hace un mes del departamento de mi abuela. Me los regaló. Me dijo: “Llevate los que quieras, Javito”. Adam Smith, Aristóteles, Descartes, Sócrates y Platón, Freud, Marx, Kant y Lévi Strauss. Nueve autores que en algún momento de mi vida leí o estudié. Ocho libros apilados de costado, en los cuales se pueden leer los nombre de los autores en horizontal.

Antes había más libros arriba, pero los saqué. Siento que hay más espacio con todos esos libros blancos. Sobre estos, hay dos rinocerontes: uno que robé de un regalo de Navidad para mis sobrinos y otro de madera que compré en un viaje a Chile con mi pareja. Los dos representan una idea que tuve sobre un libro que quería escribir. Un libro infantil. Algún día volveré a esa idea.

Al lado hay una figura de acción de Indiana Jones. Indiana fue una compañera con quien hice un taller de prevención de suicidio para adolescentes en un colegio en Mendiolaza. En cada taller se presentaba como: “Hola, soy Indiana, como Indiana Jones”.

El divisor que separa mi motorhome del escritorio de Clari –mi jefa– tiene un premio por los 25 años de LaVoz.com.ar. Una especie de base. Supongo que es de hace cinco años, porque ahora cumplimos 30 años. Ese premio es la base para un pizarrón que me dejó una amiga, conocida como Astrid Luna, cuando se fue del camping en el que estoy y trabajo hace dos años: la redacción de La Voz del Interior. Un pizarrón en el que anotamos indirectas, directas o chistes internos.

Continuamos.

Abajo de ese pizarrón blanco, hay un tablero de corcho con más fotos. Me gusta imprimirlas; son memorias de momentos. Mis cuatro sobrinos (por el momento) se sostienen con chinches amarillas. Una rosa sostiene un post it que me dejó Anita, mi amiga con quien compartí toda la facultad, para mi cumpleaños. Entremedio, una chinche roja que no sé bien de dónde salió pero es más grande que las demás. Ahí pongo las llaves del auto apenas llego al motorhome.

A veces, cuando llego, entre las dos pantallas hay un paquete verde de galletitas Maná; son las de sabor limón. Clari sabe que son mis favoritas. Clari también sabe que no me puede hablar cuando las como, porque se me pegan en el paladar. Algo parecido a cuando ibas a misa y recibías la hostia; bueno: así.

Del lado derecho, hay más fotos; por supuesto: viajes, amigos, pareja. En paralelo a esos libros, hay tres más apilados de la misma forma. Dos de Leila Guerriero. Recopilaciones de historias: una de ídolos y otra de mujeres feministas. Además, un tercer libro negro sobre el caso del violador serial de Córdoba, Marcelo Sajen, escrito por Claudio, el editor de Sucesos. Pasé meses con el libro en la mano viendo cuándo podía llegar a tener la suficiente confianza con él para que me lo firmara. Se puso rojo cuando se lo pedí.

Arriba de estos tres libros, la preocupación de todo el camping: una lámpara que prendo todos los días apenas llego. Es de madera. Imita a un nene leyendo y su cabeza es un foco enorme. Bien grande. Podría iluminar toda esta redacción, pero un día se me ocurrió ponerle un sombrerito hecho con diario. No hace falta preguntar qué diario… En su último pliegue, y mirándome mientras trabajo, está la opinión de Carlos, editor de Opinión y de Mundo. Todos me dicen que algún día el sombrerito se va a prender fuego, pero ya llevamos un año y seguimos acá.

Cuando llega diciembre, cambio ese sombrerito por uno rojo con un algodón en la punta. Para meter un poco de festividad navideña. Pero como cualquier persona con las decoraciones de aquella época, las guardo debajo del escritorio en una bolsa con guirnaldas y un Papá Noel de peluche.

La parte de abajo es tan importante como la de arriba. Ahí está esta bolsa, un ventilador negro que traje de mi casa para esos días. Sí, esos días. Y un “apoya pies”. Es algo que saqué de por ahí… Es una estructura que cumple su función. Nada más para decir.

Hace unos meses, mis cajones estaban del lado derecho del escritorio. Lo cambié de lugar y ahora compartimos tacho con la Cami –mi compañera–. También compartimos el ventilador, cuando es necesario.

Mis cajones –que ordené para escribir esto– son tres. El primero, con comida y tés. Me gusta mucho el té. Tengo distintos tipos de tés en mi cajón, y miles de tazas. Un paquete de azúcar y las galletas que van sobrando de cada día. En el mismo hay, por alguna razón, potes de pintura que alguna vez usé para pintar de rojo ese sombrerito de Navidad.

El segundo cajón es la farmacia del camping. Por cualquier emergencia, “dirigirse al cajón dos”. Tafirol, ibuprofeno, curitas, alcohol, algodón. Y en el último hay un poco de todo: frazadas, globos para los cumpleaños correspondientes y miles de fotocopias de casos que fui cubriendo en estos últimos años.

Ahora que lo pienso, mi escritorio sí es un motorhome. Mi motorhome se va construyendo a medida que pasa el tiempo; paso gran parte del día acá. Cada parte que lo compone es un recuerdo, un momento y una historia que contar; un hecho que me marcó lo suficiente para verlo todos los días. Es mi lugar.

Sin embargo, le faltan ruedas para moverse. Espero nunca tenerlas, porque no sé en qué otro camping dejar este motorhome.