“Vive enfermo”
Es normal que, en cada período invernal, los menores de 4 años sufran un promedio de ocho a diez episodios de estas infecciones. Aunque la mayoría se recupera bien, algunos padres sienten –y proclaman– que su hijo “vive enfermo”
El invierno se anuncia con días más cortos y temperaturas más bajas. El inexorable cambio condiciona, entre otros efectos, un aumento en el número de enfermedades respiratorias; no sólo en chicos, sino en todos.
Es normal que, en cada período invernal, los menores de 4 años sufran un promedio de ocho a diez episodios de estas infecciones. Aunque la mayoría se recupera bien, algunos padres sienten –y proclaman– que su hijo “vive enfermo”.
Es entonces cuando arrecian las dudas familiares sobre las “defensas”, la “alergia” o la insuficiente alimentación; comentarios bien intencionados, pero que preocupan.
La incidencia se reduce en la edad escolar a un promedio de seis episodios, y en la adolescencia, al igual que en adultos, de tres a cuatro por invierno.
Más allá de la edad de los hijos, el agotamiento paterno se acumula por noches en vela, consultas repetidas al médico, hartazgo de los chicos por los jarabes y los trastornos por ausencia escolar y laboral.
Para curarse, cada niño debería disponer de mínimas condiciones: un ambiente saneado, adultos que lo cuiden, abrigo, alimento y vacunas. Esto constituye el capital básico al que sólo falta el tiempo suficiente para la recuperación.
El niño superará los desafíos sólo si dispone de días de descanso, alimento sano y suficiente y la interrupción de sus actividades. Porque la recuperación del estado de salud la logra el propio cuerpo.
Los medicamentos, de los que usualmente se espera demasiado, colaboran apenas en aliviar síntomas o en destruir bacterias. La definitiva y total curación depende del niño.
Por ello sorprende un nuevo condicionante: el bajo umbral de tolerancia que muchas familias tienen para transitar las infecciones. No hablo de las familias sin condiciones mínimas para resguardarse del invierno, sino de las que no pueden (o no quieren) interrumpir sus agendas para curarse.
Algunos no soportan el mínimo reposo; otros rechazan alimentos que les serían favorables, y muchos se quedan “sin faltas”. Así, los síntomas persisten; o, peor, recurren.
Los médicos son demandados a “combatir” la fiebre, el dolor, la tos, para que el niño (la familia) retome rápidamente sus rutinas. Es necesario aliviar, pero también explicar que esos síntomas son alarmas primarias que el cuerpo utiliza para advertir peligro. No conviene apagarlas con drogas, sino investigar su origen. Si se enmascaran los síntomas y continuamos sin parar, algo más grave nos detendrá.
El concepto que subyace en tanto apuro es que algunas personas han dejado de considerar el malestar como parte de la vida normal. Plantean el placer como objetivo excluyente e imaginan una salud perpetua, sin adversidades. La realidad se encarga de modo contundente de mostrar que la infancia sin problemas es una idealización. Y, en general, en las idealizaciones no se crece.
Nadie podría criticar a padres que quieren aliviar a sus hijos. Pero si quitan todas y cada una de las piedras del camino, este dejaría de ser un camino. Suena más realista aceptar que los procesos de salud-enfermedad son ciclos alternantes necesarios para la constitución de una persona normal.
Por supuesto, las severas dolencias deben ser aliviadas, porque ningún niño crece en el puro disgusto de la enfermedad. Pero es ilusorio pensar la vida sin momentos de dolor.
Los chicos crecen en salud, pero también se fortalecen atravesando períodos de malestar (hablo de enfermedades infantiles comunes, no de la miseria, la ignorancia o el maltrato, sufrimientos intolerables).
Si el conjunto social facilita que todos vivan en ambientes saneados, con apoyo afectivo, abrigo adecuado, alimento suficiente y vacunas oportunas, sólo quedará, afortunadamente, lidiar contra síntomas invernales banales y transitorios. Los que aparecen con los primeros fríos y que tanto preocupan a los padres. Hasta hacerlos sentir, en algún momento, que sus hijos “viven enfermos”.

