Días contados. Hasta la vista, Austria
En cuanto a Austria, me daba lo mismo. Hasta que en esa tarde le ganó un partidazo al campeón del mundo, Alemania, después de ir abajo en el marcador.
Casi medio siglo después, otra vez Austria. El Mundial 78 es el primero del que tengo registro porque ya iba camino a los ocho años y porque, por todo, resultaba imborrable.
Allí está el viejo Estadio Mundialista Córdoba, que desde la bajada desde El Tropezón se veía como un inmenso plato playo, y en las afueras se asemejaba a una astronave, con sus torres de iluminación rasgando las nubes.
Es 21 de junio, debería sentir frío por el invierno y porque allí, hasta no hacía mucho, era un páramo desolado. Pero no es la baja temperatura lo que me hace temblar tomado de la mano de mi abuelo. Y él siente lo mismo, porque el calor de la Copa del Mundo nos enciende.
Van a jugar Alemania, el campeón del Mundo, y Austria, de la que yo contaba con vagas referencias.
Quizá haber escuchado algo sobre el impreciso imperio Austro-Húngaro (Imperio era el Romano, carajo, el de las películas) y que mucho tiempo atrás su seleccionado era de los supremos, un Wunderteam tan maravilloso que la Alemania de Hitler, cuando anexó a Austria en ciernes de la Segunda Guerra Mundial, lo absorbió con su propia selección. Salvo a su máxima figura, Mathias Sindelar, quien prefirió el suicidio…
Entre la tapitas y Rummenigge
Mi cabeza estaba en otra parte y lejos de eso, en hacernos lugar en la popular sur de un estadio repleto de bote a bote. Y mirar extasiado el Autotrol enfrente, mientras una cálida voz daba la bienvenida a todos los fanáticos de esa Babel, reunidos en las tribunas. Y queríamos ver al campeón que hasta allí no había aparecido en esa dimensión, y al que imaginábamos en una final contra Argentina (o mejor, no).
“Les falta Beckenbauer”, justificaba mi abuelo con su voz grave que volvía más poderoso ese apellido. Yo, en realidad, hubiera preferido un partido de Holanda, que todavía era la sensación, y porque, como me ocurría con La Pantera Rosa, en la televisión en blanco y negro no se apreciaba el real y restallante color naranja.
En cuanto a Austria, me daba lo mismo. Hasta que en esa tarde le ganó un partidazo al campeón del mundo después de ir abajo en el marcador. Me había costado engancharme y fijar la concentración en el campo de juego, porque estiraba el brazo para levantar las tapitas de Coca del suelo, que dejaban caer los vendedores y traían las banderas de los países competidores en el Mundial, que yo coleccionaba.
Un tipo de gorro de lana y bigotes como los de Luque hizo un brusco movimiento y le derramó la mitad del vasito de café a mi abuelo en el gol alemán, de un tal Rummenigge (ocho años después, apellido maldito en la final en el Azteca). Perdoné al tipo, por los bigotes. Pero comencé a hacerle la barra a Austria.
La vueltas del fútbol
Tenían un arquerazo, Koncillia, y en el campito muchas veces atajé jugando a que era él. Krankl metió dos para un 3-2 tremendo, y a mi abuelo le gustó un defensor, Pezzey, quien a los 40 años murió de un infarto jugando hockey sobre hielo.
Ya para el Mundial 82, en la absurda guerra en la que nos metieron los militares, y en la pelea por repetir el título en España, a Austria lo tenía más visto.
Seguían en cancha Koncilia, Pezzey y Krankl. Pero defraudó e indignó a todos al perder en la última fecha de la fase de grupos contra Alemania, porque ya estaba clasificada y los germanos necesitaban ganar sí o sí, tras la osadía de Argelia, de haberlos vencido días atrás.
Ese 1 a 0 de Alemania-Austria tuvo mucho olor a arreglo, en contra de los argelinos. Las vueltas del fútbol, en este Mundial 2026 Argelia se topará con Austria…
Arnold, “Toni” y Plaza Austria
Tal vez como castigo por ir para atrás, Austria perdió figuración en los mundiales. Y la aparté de mis afectos.
El anclaje quedó por Arnold Schwarzenegger, de quien tenía un afiche del cine por Terminator 2, y nacido en Austria (en Thal, un pueblito, hijo de un jefe de la Policía). Y por Anton Polster, delantero de los que me gustaban. “Toni” Polster lucía rulos, a lo “Pipo” Gorosito, y un look noventoso. Habría pegado en la pared un poster suyo, de haberlo conseguido.
Y no mucho más… Algún futbolista argentino, pasando al Salsburgo, o un partido puntual del Rapid Viena (club que suena a propuesta gastronómica). Quizás Plaza Austria, lugar que se puso de onda en esos años1990 en Córdoba y a las chicas les parecía top.
Por lo demás Austria se fue diluyendo. Como la espada de Damocles de un “hasta la vista, baby” de un Arnold ya muy californiano, y si un dejo de su cuna austríaca.
Ahora, casi medio siglo después, Austria reaparece tras 28 años de ausencias. Como rival de la Scaloneta, primer partido oficial contra Argentina en el historial de un Mundial, y en principio, el oponente más complicado en una fase de grupos que el campeón debería sortear sin contratiempos.
Sí, Austria sería el equipo a vencer, el más incómodo al menos por David Alaba entre otros; salvo que Argelia ajuste cuentas por aquella agachada de 1982.
Ese 22 de junio próximo en Dallas, lo más lógico sería que Argentina la despache con un “hasta la vista, Austria”.

