Pensar la infancia. Las ventajas de ser perro
La carga de actividades diarias de los niños es uno de los grandes problemas que deben afrontar los padres en la actualidad.
Padre y madre llegan preocupados a la consulta. Camilo –hermoso niño de 7 años, sonriente y de aspecto sano– “quiere ser perro”.
Me acomodo en la silla; esta consulta promete ser diferente.
–¿Tiene que ver con los therians? –pregunto enseguida.
–Noo, a él no le interesa ese tema. Antes de que apareciera esa moda, ya pedía ser perro.
–¿Desde cuándo?
Los padres dudan.
–Creo que fue al final de las vacaciones –arriesga ella.
–¡Sí! –confirma el padre–, al comenzar segundo grado.
–¿Y lo repite seguido?
–Casi todos los días, doc. También lo hace con los abuelos, con los tíos…
–A ver si entiendo. ¿Él actúa como perro? ¿Camina en cuatro patas? ¿Ladra?
–Noo, no, nada de eso. Cami no cambió, pero insiste en que quiere ser “un cachorro”. Esa es la palabra que usa: cachorro.
–Interesante… Para entender mejor, ¿cómo es un día normal de Camilo?
–Uff… ¡cargado! Se despierta (lo despertamos) a las 6:45. Por supuesto, no desayuna, porque entra al colegio a las 7 y media, y tenemos que salir disparando de casa. Almuerza en el colegio, también apurado, y vuelve cerca de las 4 de la tarde. Se cambia de ropa, busca algunas galletitas y vuela a otras actividades (hacemos pool con padres de compañeros). Apenas si podemos hablar de cómo está, porque vuelve a las 7, 7 y media de la noche, y le queda la tarea (¿hacen falta tantas pruebas en segundo grado?). Después cenamos, y Cami cae fundido a la cama. Y al otro día, todo igual.
–¿Y los fines de semana?
–Tampoco hay pausas. Es una maratón, doc –agrega la madre, con los ojos húmedos.
Camilo apoya su mano sobre la de la mamá.
–Entiendo... ¿Y con su hermano?
–¡Rebién! ¡Es su ídolo! Como tiene 3 años más, le copia todo.
–¿Hubo algún cambio importante en la familia? ¿Una mudanza de casa, de trabajo? ¿Alguna pérdida?
–Ahora que lo dice, sí. Los dos tuvimos que aumentar las horas de trabajo –explica la madre–. Los gastos aumentaron, usted sabe. Y cambiaron las rutinas… no tenemos tiempo para nada.
Camilo, hasta entonces en apariencia ajeno a la conversación, los mira. “Por fin”, dice con el gesto.
–Todo está difícil, doc –intenta excusarse el padre–. La plata no alcanza para cubrir el alquiler, la ropa, la comida, el colegio; además, no queremos que dejen fútbol ni inglés.
–Es por ellos; no tenemos nada más importante en nuestras vidas. Por eso nos angustia Cami; que tenga algún problema, usted sabe… psicológico o neurológico (Dios no lo quiera).
Camilo abre los ojos como platos.
–Tengo otra pregunta: ¿hay mascotas en la casa?
–Sí, el año pasado rescatamos un perro de la calle. ¡Hermoso! Pero está desparasitado y no duerme en la cama de los chicos, eh.
Camilo, siempre en silencio, sonríe.
–¿Y cómo es la vida de ese perro?
La pregunta cambia el ánimo de los padres. De pronto pelean por compartir sus relatos.
–¡Es un amor!… Tranquilo, ladra poco. Lo sacamos a pasear tres veces al día; ¡él lo pide! No le gusta estar encerrado. Marca cada árbol, y nosotros ya aprendimos que tenemos que esperarlo, no apurarlo. Le dejamos comida en el plato y él come cuando tiene hambre. Es tan inteligente y mimoso… Antes de dormir, pide que lo acariciemos. Eso lo tranquiliza…
Ilusionado, Camilo mira a sus padres y ruega: “Ojalá se hayan escuchado”.
Médico

