Debate. La urgencia está matando nuestra capacidad de pensar

Pensar estratégicamente requiere tiempo, análisis profundo y capacidad de sostener conversaciones incómodas.

24 de marzo de 2026 a las 12:02 a. m.
Luis Guastini*
La urgencia está matando nuestra capacidad de pensar
Más de la mitad de los adolescentes pasa cuatro horas o más por día frente a pantallas.

Agendas saturadas, una línea de llegada que cada vez está más lejos, y esa sensación permanente de que el día no alcanza.

Respondemos mensajes en segundos, encadenamos reuniones sin pausa y medimos la productividad por la velocidad de reacción. Todos padecemos estos síntomas, que son el emergente de un nuevo código social: la cultura de la inmediatez.

Estudios recientes muestran que la compulsión por responder de inmediato ya no es una señal de eficiencia, sino que está asociada a la necesidad de pertenencia y validación. Neurológicamente, la respuesta inmediata reduce la ansiedad y activa circuitos de recompensa que refuerzan el hábito. Ese alivio es breve, pero adictivo, y termina colonizando nuestra manera de pensar y actuar.

El impacto no es menor. En Estados Unidos, más de la mitad de los adolescentes pasa cuatro horas o más por día frente a pantallas, y a partir de ese umbral se observan mayores niveles de síntomas de ansiedad y depresión, según datos recientes de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (2024).

En la Ciudad de Buenos Aires, un estudio del Observatorio de Prácticas de Riesgo Adictivo (UCA y Ministerio de Desarrollo Social) indica que seis de cada 10 jóvenes usan el celular más de cinco horas diarias.

La conexión permanente y la expectativa de respuesta inmediata impactan directamente en el bienestar. Tanto, que una parte creciente de la llamada generación Z impulsa movimientos de “desintoxicación digital”, como el llamado dumb phone movement (“movimiento de teléfonos tontos”), que propone volver a dispositivos básicos para reducir estímulos y recuperar el foco.

El problema es que este patrón cultural ingresa, casi sin filtro, en todos los espacios de nuestra vida, como el trabajo.

En la Argentina actual, el término que más resuena en los ámbitos empresarios es productividad. La presión por ganar competitividad, optimizar recursos y acelerar resultados es comprensible en un contexto económico exigente. Sin embargo, pocas veces se discute cómo la cultura de la inmediatez y la interrupción permanente afecta la calidad de nuestras decisiones.

Pensar estratégicamente requiere tiempo, análisis profundo y capacidad de sostener conversaciones incómodas. Confundimos agilidad con aceleración constante, cuando en realidad son conceptos distintos. La agilidad estratégica requiere foco, prioridades claras y capacidad de análisis profundo. La aceleración permanente, en cambio, produce dispersión, ansiedad y decisiones reactivas.

Mientras que los últimos estudios de Gallup muestran niveles récord de estrés diario en empleados a nivel global, el Global Talent Barometer de ManpowerGroup indica que el bienestar emocional se convirtió en una de las principales preocupaciones de los trabajadores.

Pedimos más innovación y líderes capaces de gestionar la incertidumbre, pero diseñamos entornos que premian la respuesta inmediata por encima de la reflexión.

Probablemente el mayor desafío estratégico que enfrentan hoy nuestras empresas no es sólo tecnológico ni organizacional. Es cultural. Si no generamos condiciones para que el pensamiento vuelva a ocupar un lugar central en la agenda de los líderes, corremos el riesgo de construir organizaciones altamente activas, pero poco estratégicas.

*Director general y presidente de ManpowerGroup Argentina