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Unidos o insignificantes

En la realidad, las llamadas “coaliciones” no son más que tribus, grandes o pequeñas, alineadas detrás de un cacique deseoso de apoderarse de otras tribus.

04 de enero de 2014 a las 02:01 p. m.
Unidos o insignificantes

Salvo que irrumpa un líder providencial, de esos que Argentina siempre anhela, este año obligará a la dirigencia política a rendir la materia pendiente: conformación de coaliciones.

Aunque no parezca, a nivel nacional jamás un partido aprobó ese examen, tan bien resuelto en países vecinos. Aquí todos hablan de frentes y coaliciones; incluso, muchas fuerzas políticas usan esas palabras en sus denominaciones. Pero mienten.

En la realidad, las llamadas “coaliciones” no son más que tribus, grandes o pequeñas, alineadas detrás de un cacique deseoso de apoderarse de otras tribus.

Esos caciques suelen trazar ridículos límites para descalificar a otros cacicazgos; como si la coyuntura y la sociedad les demandaran purezas que dudosamente tienen, en lugar de efectivas construcciones. O como si no fuera evidente que alambran la quinta propia para reinar en el pequeño feudo.

Jamás hubo una verdadera coalición gubernamental. El peronismo de los tiempos de Juan Perón fagocitaba a sus socios políticos. Y ningún partido salió indemne del aparato digestivo justicialista. Por el contrario, se descomponía inexorablemente, porque no se trataba de genuinos acuerdos programáticos, sino de dirigentes que entregaban sus partidos y sus identidades políticas a cambio de cargos públicos.

Lo mismo hizo el Frente para la Victoria (FPV), cuyo frentismo se queda en el nombre, porque se trata de una organización monárquica y verticalista. Los que vienen de afuera dejan en la puerta la identidad política a cambio del cargo o la posición que se les concede, en tanto acaten el deber de alabar al liderazgo personalista.

El Gobierno nacional terminó grogui el 2013 y, si no reacciona, podría llegar a 2015 como un zombi y sin resolver la decapitación que le provoca quedarse sin monarca ni sucesor dinástico para la candidatura. Aun así, la oposición no peronista está obligada a lo que ha intentado poco y mal en el pasado.

El radicalismo nunca volverá a ser el de la “Lista 3”; aquel gran partido de la clase media, entre liberal y socialdemócrata, que podía llegar al poder cuando el peronismo se equivocaba mucho o cometía un estropicio.

De aquí en más, para ocupar el lugar político que ocupó y abarcar la porción de sociedad que abarcó, deberá ser eje de un arco de fuerzas que vaya desde el centro moderadamente liberal hasta el centroizquierda moderadamente keynesiano. En rigor, debiera también abarcar centroderecha e izquierda trotskista.

Paso obligado

En Brasil, el Partido de los Trabajadores (PT) es en sí mismo una coalición que va desde el progresismo de matriz liberal hasta la izquierda trotskista. Y siempre ha gobernado en alianza con partidos de centro-derecha.

Era centroderechista José Alencar, el empresario del partido de la Iglesia Universal que ocupó la vicepresidencia con Lula; y lo es Michel Temer, el vicepresidente de Dilma Rousseff.

Para convivir en un espacio tan amplio, al componente trotskista le bastó, igual que en Uruguay, aggiornarse siendo leales al legado de León Trotski, quien criticó tanto a la dictadura de una burocracia como a la de un solo hombre.

Fiel a su pensamiento, el fundador de la IV Internacional enfrentó al estalinismo, describió su idea en La revolución permanente y murió asesinado en el exilio.

Coherentes con su legado, los trotskistas jamás apoyaron dictaduras comunistas. Y, como novedad, se sumaron a espacios como el PT y el Frente Amplio (en Uruguay), donde pueden hacer lo que predican: construir autosuficiencia en los sectores más débiles de la sociedad.

El otro ejemplo está en Chile. Los eternos rivales democristianos y socialistas no sólo supieron aliarse para forjar el referéndum que sacó a la dictadura y para vencer en las urnas a la derecha pinochetista.

También supieron gobernar unidos durante dos décadas que consolidaron la marcha hacia el desarrollo que ahora entrará en una nueva etapa ensanchando la equidad social a partir del sistema educativo.

De este modo sigue el trayecto que planteó Ricardo Lagos, inspirándose en Nueva Zelanda y no en Cuba ni en el chavismo.

En Argentina está el fracaso de la Alianza como mal antecedente. Pero también está la exitosa experiencia del Frente Progresista que gobierna Santa Fe, integrando a socialistas, radicales y otras fuerzas afines.

Una reciente reunión que dirigentes nacionales de esas fuerzas mantuvieron en Rosario revela la intención de nacionalizar el modelo santafesino.

Tienen buenos elementos para hacerlo: la respetabilidad y experiencia gubernamental del socialista Hermes Binner, la estructura del radicalismo, la capacidad negociadora de Humberto Tumini, el vigor y la honestidad que irradia Margarita Stolbizer.

Lo que falta es entender que si se mezcla rojo y amarillo es para hacer naranja y no para que el rojo se fortalezca disolviendo adentro suyo al amarillo o viceversa. O sea, entender que la suma da como resultado algo diferente a cada una de las partes.

Eso entendieron democristianos, poscomunistas, socialistas y liberales italianos que, guiados por Walter Veltroni, se unieron en el Partido Democrático.

Radicales, socialistas y afines están obligados a una coalición. Y deben lograrla lo antes posible. Si lo hacen en 2015, será visto como un rejunte de último momento, sin más horizonte que los comicios.

Para esa dirigencia, no hay otra alternativa que superar veleidades disfrazadas de purismos. 2014 será fundacional o será otro año perdido.