Un fallo con efectos
La resolución de la Corte Internacional de Justicia en el diferendo entre Chile y Perú puede representar una esperanza para que Bolivia recupere la salida al mar que le corresponde.
El fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) que otorgó a Perú dos tercios de las aguas en disputa con Chile abre interesantes perspectivas para el final de una diferendo que, al cabo de l40 años, luce como causante de una injusticia inaceptable para la hermana república de Bolivia.
Si bien la resolución de la CIJ no afecta un metro de territorio de ambas naciones, despeja el camino para que estas se dispongan a remediar el aislamiento que el país del Altiplano padece desde 1879.
Como se recordará, la llamada “Guerra del guano o del salitre” enfrentó a Perú y Bolivia con Chile desde 1879 a 1883, como consecuencia de la demarcaciones territoriales pendientes desde la época de la colonia y los fuertes intereses económicos en pugna, derivados de la explotación del guano como fertilizante primordial y el salitre para la producción de explosivos.
Si visto a la distancia luce casi trivial, no lo era entonces, al punto de que el conflicto –una guerra de rara modernidad que enfrentó por primera vez a barcos acorazados en esta parte del mundo– dejó decenas de miles de muertos y enconos persistentes.
La derrota y gobiernos débiles tuvieron como resultado la firma de tratados que dejaron a Bolivia sin Antofagasta y 400 kilómetros de costa pacífica, mientras Perú cedía Arica. El tratado de 1904 entre Bolivia y Chile, primero, y el de 1929 entre Chile y Perú, luego, consagraron estas mutilaciones territoriales.
Para colmo de males, el último de los tratados aludidos establece que, para que Bolivia tenga un corredor de salida al mar a través de Iquique (Chile) y Arica (Perú), ambos países deben estar de acuerdo. En palabras de un excanciller boliviano, “un país tiene la llave y otro el candado”.
Debe recordarse que, en 1976, Chile ofreció a Bolivia una zona de soberanía tripartita al norte de Arica, lo que La Paz rechazó, porque implicaría consagrar la situación actual como definitiva. No se trata de un cuadro sencillo de afrontar, máxime al estar en juego fuertes prejuicios nacionalistas.
Al haberse presentado a su vez Bolivia ante el mismo tribunal internacional para que su caso sea contemplado, debería considerarse que nada será posible mientras Chile y Perú no acerquen posiciones. Ambos tienen la llave y el candado y les resta la vocación de abrirlo.
Bien entrado el siglo 21, este diferendo significa mucho más de lo que muestra: no sólo mantiene a un país cautivo de una injusta insularidad, sino que implica en los hechos mantener un clima de desconfianza mutua entre países a los que cada vez se les hace más difícil explicar la carencia de una mirada adulta para encuadrar sus problemas.
Es de esperar que estemos transitando los años finales de este antiguo diferendo.

